.

Este no es un blog de partos, de maternidad o de crianza solamente, sino que parte de mi experiencia de mujer, de lo vivido, de lo sentido, de lo que me llega... para seguir hacia lo que queda por hacer, hacia lo que puedo y quiero realizar.

Mi evolución como mujer que acompaña a otras mujeres, me muestra un camino del que cada día aprendo y gracias al cual mi sentido de la Vida se amplía y evoluciona en una dirección sin retorno.

Por y para las mujeres. Por y para todos los seres. Porque confío y doy Gracias.

martes, 29 de abril de 2014

Mi espejo, mi reflejo.



A veces pienso que no sé qué narices hago metida en este mundo de maternidad cuando estoy tan alejada de la crianza, cuando mi tiempo es otro y mi momento es bien distinto. Como mujer cíclica a pesar de no tener ya menstruación, me hundo en los pensamientos cual espiral sin final hasta que pasado el tiempo justo y necesario, me recoloco. Y habiendo salido de este vórtice,  curiosamente, soy consciente de que sigo en el mismo sitio aunque quizás con un nuevo chute de seguridad y confianza. Y pienso que será porque ES donde tengo que estar…

Pero… ¿qué pensará la gente al verme metida en estos menesteres? No es que realmente me importe ni que por ello vaya a cambiar o dejar de hacer lo que hago, pero sí es cierto que me pica un poco el gusanillo de la curiosidad.

Si es por mi familia, he de confesar que ellos son mi apoyo más incondicional. Porque me ven feliz, porque saben que lo que estoy haciendo llena una parte importante en mi vida, esa parte que ya, a cierta edad queda al margen de la vida laboral. Esa parte íntima de persona, de mujer madura en una nueva etapa… Gracias al resto de mi familia directa y a su apoyo, hago todo lo que puedo hacer. Y más. Y gracias a Laura, mi hija, soy Doula.

Si es por las mujeres a las que he acompañado y sigo acompañando en sus embarazos, partos, pospartos, lactancias… me siento fuerte y segura.  No es cuestión del tan temido ego, sino que se trata de ser objetiva y aceptar esa realidad, porque la relación establecida entre nosotras ha propiciado que ellas consiguieran su objetivo.  Y esa sensación es satisfactoria y agradable.

Si es por la opinión de algunas de las amigas y conocidas de mi quinta que tengo cerca  “qué necesidad tendrás a tu edad de andar metida en estos líos”, me dicen cuando insisten en quedar a tomar un café o en vernos un fin de semana y les respondo que tengo “douleo”,  o que voy a acudir a dar una charla, o a un cursillo. O que me voy a Madrid a recibir una formación…

Me muevo bastante en la red y veo que la mayoría son mujeres jóvenes en etapas de maternidad temprana,  mujeres con niños pequeños, personas muy puestas en temas tecnológicos,  en  manejo de redes sociales y de información internauta. Mujeres que se abren camino, que tienen muchas herramientas  y que llegan lejos, lo cual me parece fenomenal si lo que transmiten es positivo y socialmente bueno.

 Y no es que yo no sepa manejarme en este mundillo porque gracias a mi curiosidad y a mi empeño, soy autodidacta y aprendo aquello en lo que me meto. Pero se me escapan muchas cosas, tanto técnicas como humanas…

Me pierdo cuando veo que alguien intenta caminar por encima y pisoteando a quien aparezca en su camino. Me indigno cuando leo que para sobresalir hay que mentir. Me extraño cuando el afán de protagonismo supera la realidad personal. Me entra pena cuando veo que siguen habiendo manipuladoras y manipuladas. Y muchas veces, no sé qué hacer. 

En mi fuero interno una voz me dice que no haga caso, que “cada cual… es cada quien”. Pero no quita para que salga esa pequeña parte de salvadora que durante mucho tiempo dominaba mi yo interior. Y viene aquello de que cada persona es portadora de su realidad y como tal se manifiesta…

Otra voz me dice que hable, que diga lo que siento, que denuncie lo que veo. Y viene aquello de quién soy yo para juzgar, para denunciar lo que no es mío…

Así es que en medio de este debate interno que alimenta a mi Pepito Grillo, soy consciente de que realmente soy como soy. De que hago lo que quiero hacer y me gusta. De que realmente me importa un rábano lo que cada cual piense. Y de que si estoy aquí es porque este es mi camino y todavía me queda mucho por hacer…

Aún así… ¿tú qué piensas que hago aquí?




viernes, 25 de abril de 2014

DOULAS






   "Cuerpo de mujer, Sabiduría de mujer"   Dra. Christiane Northrup.   Evidencia  que NO se puede negar.



lunes, 21 de abril de 2014

Renacer de las cenizas



¿Es lo mismo hablar de mobbing que de bulling?

Utilizamos estos anglicismos para definir que una persona está siendo acosada personal o laboralmente.  Yo no sé si quieren decir lo mismo, sólo sé que las consecuencias sí lo son.

Los términos definen un tipo de maltrato tan severo que llega a comprometer la salud de una persona, haciendo peligrar su carrera laboral y volviendo tensas las relaciones con el resto de personas de su alrededor.  Se trata de un comportamiento abusivo que tiene un impacto negativo dentro y fuera de la vida laboral y personal de alguien.

Aunque se suelen utilizar cuando se trata de un superior hacia un subordinado, este fenómeno también se da entre compañeros de trabajo en el mismo nivel,  empleando las mismas tácticas hacia su propósito: no permitir que los demás resalten o consigan realizar su trabajo alcanzado sus objetivos.  Y añadiría que también sucede entre grupos, entre asociaciones sea cual sea su finalidad y por muy honrosa que parezca, entre amigas… aunque en estos casos se le llama de otra manera que no voy a mencionar.

Por norma general, las personas que actúan de esta forma están llevadas por sus propias inseguridades lo que les conduce a despreciar a otras con el fin de obtener cierto estatus y control del poder, a pesar de que no lo quieran ver e incluso lo nieguen. 
Amenazas personales, humillación pública, exclusión a conciencia de discusiones y de reuniones, tácticas de intimidación, comentarios despectivos…

No deja de sorprenderme la actuación del ser humano, del supuesto “animal racional” quien, en situaciones como estas me demuestra que de racional tiene demasiado y en cambio carece de la parte emocional tan necesaria para empatizar con causas ajenas.

Para poder expresarme en estos términos, he tenido que pararme, respirar y poner distancia porque cuando se vive tan de cerca el dolor, es difícil ser objetiva.

Ahora, tras la tempestad solo deseo que llegue la calma y que cada cosa se ponga en su lugar. Que no solamente se escuche a quien más habla, a quien más grita… sino que la justicia del Universo devuelva ciento por uno a quien ha sufrido desde hace un tiempo esta situación de acoso y derribo por distintos canales. Y que se tenga en cuenta sus palabras de defensa, porque hemos de recordar que ante cualquier conflicto siempre hay dos versiones... 

Y que el renacer de las cenizas re-fortalezca cual Ave Fénix, a quien ha salido más perjudicada para que pueda volver a brillar con luz propia. Como ha de ser.

   
   


lunes, 14 de abril de 2014

Territorio comanche



Si fuera un avestruz, probablemente estaría buscando un agujero donde meter la cabeza y sacarla pasado un tiempo, para ver si las cosas habían cambiado lo suficiente como para seguir mirando al horizonte.
Pero no lo soy y como ser humano, he de convivir con lo que existe, me guste o no.  No hay más.  Porque viendo lo que hay por ahí, a veces me dan ganas de transformarme en semejante ave… 

Lo cierto es que estoy triste y, además, enfadada ¡por qué negarlo! frente a los despropósitos a los que las mujeres somos capaces de llegar. Y si no fuera porque estoy muy feliz de serlo, renegaría de mi sexo.
¿Dónde queda aquello de vive y deja vivir? Esta frasecita que repito a menudo en mis escritos parece que no alcanza al pensamiento de algunas mujeres.

Y es que vaya tela como está el patio. Mujer contra mujer y no precisamente en una bonita historia de amor, sino todo lo contrario.

Matronas contra Doulas y lo que es casi peor, matronas contra compañeras que apoyan a las Doulas. Asesoras de lactancia contra IBCLCs. Feministas de un tipo contra feministas de otro. Buenas madres… contra malas madres, o sea, madres contra madres.
Palabras, textos, acusaciones y demás, y como dice mi querida amiga Paz, ojiplática estoy sin apenas poder creerme que todo esto ocurre en un mundo donde la maternidad es supuestamente… respetada.

Mujeres contra mujeres por pensar de forma diferente, por sentir cada cual lo que siente, por hacer de manera distinta…
Me parece terrible que en lugar de llegar a acuerdos, o no porque tampoco es necesario que los haya en todo, se ande lanzando ataques y difamaciones. Y creando mal rollo desde una clara lucha de poder…

¡En fin! Creo que voy a desaparecer una temporada y quedarme en mi territorio comanche, a ver cuando terminan estas guerras.

Pero que nadie me haga creer que este es el concepto de cambiar el mundo cambiando la forma de criar… porque ya no me lo creo.  
Insisto: vive y deja vivir.


miércoles, 9 de abril de 2014

DOULA. Un movimiento imparable.



Transcurren las seis y pico de la madrugada y llevo un rato sin pegar ojo. Son cosas de la edad… y he sentido la necesidad de expresar la emoción que habita en mí al despertar en esta hora intempestiva.

Me refiero al movimiento Doula como algo imparable porque, a pesar de las trabas y de las dificultades que encontramos en el camino hacia la normalización de esta profesión, cada vez son más las mujeres que desde su propio empoderamiento y a pesar de lo manida de esta palabra, son conscientes de qué es lo que quieren en sus procesos hacia la maternidad.

Conocí a P.S. hace dos años a través de Internet.  Se puso en contacto conmigo porque estaba interesada en la formación para ser Doula. Por sus circunstancias profesionales desistió de ello pero, de algún modo, habíamos comenzado a tejer un hilo…
Al cabo de un año, más o menos, se interesó sobre lactancia materna. Y coincidimos en una formación y después en unas prácticas en el hospital. El hilo se estaba fortaleciendo…
Posteriormente y debido al tema en que ella trabaja,  la he contactado en un par de ocasiones para pedirle información. Siempre se ha mostrado atenta y amable, facilitándome cuanto le he demandado.

Hace poco recibí un mensaje suyo. Está embarazada y quiere que la acompañe en este camino. Realmente sorprendida y muy emocionada, la llamé para darle mis felicitaciones.

No es su primer bebé. Ella es madre de dos chiquillos de 11 y de 6 años y su planteamiento ahora respecto a lo que quiere en este embarazo, en este parto, es bien distinto a cuando nacieron estos niños.
Cuando tuvo a su primer hijo y posiblemente debido a su juventud y falta de información se llevó todo el “pack” de intervenciones, pero no se cuestionó nada. Supuso que así debía de ser… 
Cuando nació el segundo, además de todo eso y aunque tenía más información, la profesional que la atendió en el parto y desde el poder que le confiere la bata blanca,  la hizo callar… ¡CÁLLATE! le dijo, lo cual recuerda con gran dolor.

Pero ahora ha pasado el tiempo y es una mujer madura. E informada. Y sabe bien qué es lo que quiere.

Quiere vivir su embarazo sin miedo, en la confianza de que es un proceso fisiológico natural. Quiere informarse de cuántas pruebas son necesarias y de cuáles son evitables. Desea conectar con ese ser que ha decidido habitar su vientre. Desea ser consciente de cada minuto, de cada segundo en que esa criatura se desarrolla en su interior. Y quiere ofrecer el mejor de los nacimientos a este tercer hijo suyo, desde la seguridad de su hogar con la compañía de su pareja y de la matrona que ella elija. Y con SU Doula.

Porque sabe que esta figura de mujer que va a estar a su lado en este nuevo caminar no va a cambiar el trayecto de sus decisiones y va a facilitarle una información basada en la evidencia pero contemplada también desde lo que la emoción supone en el cuerpo de una mujer embarazada. Porque su Doula estará junto a ella para escucharla desde la ausencia de juicio, sin aconsejar y sin intervenir. Con la reflexión conjunta y con el apoyo a sus elecciones. Porque necesita que nadie le haga callar cuando estando pariendo vaya a expresar lo que siente, bien sea cantando, gimiendo, llorando… y que su espacio sagrado sea cuidado con el mayor de los sigilos. 

Y es que esto es lo que "hace" una Doula. Parece que cuesta entender lo que significa acompañar, que cuando decimos que acompañamos no termina de comprenderse que es tan sencillo como no variar el rumbo de lo que esa madre tenga que vivir desde sus decisiones informadas y conscientes.

Por suerte, el caso de P.S. no es el único. Cada vez son más las mujeres que recopilan información, que buscan el mejor hospital o a la matrona que les pueda ofrecer un parto respetado en sus casas, cada vez las madres deciden con más confianza y seguridad. Cada vez son más conscientes de la necesidad de estar acompañadas y de cómo facilita el proceso del parto sentirse seguras y protegidas.


Por eso estoy convencida y por ello digo que el movimiento Doula es imparable y no solo en nuestro país. Espero que los profesionales que nos movemos en torno al nacimiento seamos conscientes de hasta qué punto es necesario el trabajo en equipo, confiando en el buen hacer (o no hacer) de cada cual y teniendo muy claro que, quienes salen beneficiadas en todo esto son las mujeres y los hijos que vayan pariendo.




jueves, 3 de abril de 2014

Vejez, cuando la vida se escapa...




Aparece difusamente por mis recuerdos la imagen de una anciana. Triste y gruñona; pequeñita y delgada. Veo cómo la peinan con un moñete recogido en la nuca. Y el vaso con su dentadura postiza en la mesilla de noche. Era mi bisabuela y vivía en la casa donde yo nací, con su hijo y su nuera que eran mis abuelos.

A poco de morir mi abuelo, mi madre se llevó a la suya a su casa. Yo no vivía con mis padres, estaba casada y ya tenía dos hijos. Pero recuerdo a mi madre y esa época que pasó cuidando de la suya como una etapa oscura, dura… para ella. Y para mi padre.

Mi madre navegaba entre dos mares: su hogar y su marido, con su forma de vida, sus costumbres y necesidades.  Y una anciana que reclamaba su parte de atención.

Llegó un día en que mi abuela enfermó.  Fue un periplo de médicos y hospitales, y permaneció ingresada hasta su muerte…  Mi madre estaba con ella. Y yo con ambas, pues la clínica donde mi abuela fue internada estaba en la montaña y puesto que yo tenía coche y conducía, me encargaba de llevarla y traerla. Todos los días.

Fueron horas interminables. Al sufrimiento de mi madre por ver a la suya en la situación que estaba y que inevitablemente la conducía hacia un final doloroso, se añadía la situación de abandono –por llamarlo de alguna forma- que vivía el hogar familiar, que sufría mi padre. Mi madre no llegaba a más, físicamente no tenía descanso y estaba hecha polvo moralmente. Casi se originó un cisma familiar…

En uno de sus momentos de tocar fondo, mi madre me dijo: “No os haré pasar lo que estoy pasando con mi madre, cuando sea mayor me iré a una residencia”.  En aquel momento no supe que decir pero, egoístamente pensé que era una suerte que tuviera las ideas tan claras…

Y el tiempo ha pasado sin piedad. Todavía no hace dos años que ha fallecido mi padre y mi madre ha dado un bajón muy notable y aunque ha sido una mujer muy independiente y que nunca se ha quejado –ni se queja- de nada, en estos momentos la decadencia física y mental hace mella en su pequeño cuerpo.

Me resulta difícil seguir escribiendo porque apenas puedo contener las lágrimas…

Porque de alguna manera, la historia se repite aunque con algunas diferencias, porque mi madre está y quiere estar en su casa. 
Porque mi madre ha olvidado sus palabras y yo no tengo ningún derecho a recordárselas… pero sí que siento esa necesidad moral, esa responsabilidad de cuidar de ella como ella cuidó de mi cuando era niña, cuando la he necesitado…

En alguna ocasión, comentando esta situación con algunas compañeras más jóvenes, me han dicho que no se ven preparadas para afrontarla… que ojalá les tardara en llegar muchos años. Pero a pesar de que el tiempo pase y se encargue de recordarnos que vamos irremediablemente a ser testigos de  esta decadencia en nuestros seres queridos, lo cierto es que nunca estamos preparadas para enfrentarnos a ella. Y que conciliar el cuidado a una persona anciana con la vida personal, con la estructura familiar, laboral y social, conlleva a un desgaste notable. Físico y emocional.

La situación es la que es. De la misma forma que pude cuidar de mis hijos cuando eran pequeños por no trabajar remuneradamente fuera de mi casa, ahora puedo atender a las necesidades de mi madre...  porque sigo siendo un “ama de casa”.  Pertenezco, en estos momentos, a una generación sándwich. Estoy entre nietos, de los que no puedo disfrutar tanto como me gustaría, y entre ancianas. Mi madre con 87 y mi suegra con 92 años, no pueden ser dejadas de la mano.

Y aunque están proliferando las residencias para mayores, somos muchas las mujeres de mi generación que estamos en esta misma situación. Y lo único que podemos hacer es hablar y contarnos –entre nosotras- nuestras historias como si nos sirviera de válvula de escape, pues lo tristemente cierto es que esta sociedad no está preparada para ofrecer un buen final a sus mayores, porque cada vez son más las mujeres que trabajan fuera de casa y no pueden atenderlos como deberían… y tener que ir a terminar la vida a este tipo de lugares debería de ser una decisión propia y consciente.

Es la otra cara de la moneda. De nuevo el yin y el yang. La alegría y la pena. La juventud y la decrepitud. La vida y la muerte…  algo de lo que no se habla, algo que se oculta, que se evita y que cuando llega, no sabemos cómo afrontar porque parece que aquello de lo que no se habla, no existe.

Yo que me muevo entre maternidades recientes, entre la alegría que supone un embarazo y tener un bebé, las ocupaciones que conllevan la crianza, la satisfacción de ver crecer a los hijos con la recompensa de verlos felices, me cuestiono tantas cosas en torno a estos temas, que a veces siento estallar la cabeza… y rompérseme el alma.

Me cuestiono qué va a pasar conmigo… porque ahora sí tengo la mente clara y la suficiente lucidez para entender con la razón (no con el corazón…) que cuando llegue el momento en que mis facultades físicas y/o mentales no me permitan ser autónoma… tendré que marchar a un lugar donde me puedan cuidar, donde mis necesidades mínimas estén cubiertas. Para no ser una carga para nadie, sin esperar nada y sin pretender esfuerzos ajenos. 
Ahora, y con cierta congoja, puedo entenderlo porque lo he visto y lo vivo día a día… pero ¿qué pasará cuando llegue el momento? Ciertamente no lo sé, ni lo puedo predecir. Ojalá que la Vida siga siendo generosa conmigo y permita que mi cerebro no pierda sus facultades hasta que llegue el final que, irremediablemente, ha de llegar.