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Este no es un blog de partos, de maternidad o de crianza solamente, sino que parte de mi experiencia de mujer, de lo vivido, de lo sentido, de lo que me llega... para seguir hacia lo que queda por hacer, hacia lo que puedo y quiero realizar.

Mi evolución como mujer que acompaña a otras mujeres, me muestra un camino del que cada día aprendo y gracias al cual mi sentido de la Vida se amplía y evoluciona en una dirección sin retorno.

Por y para las mujeres. Por y para todos los seres. Porque confío y doy Gracias.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Dudas, información, refuerzo y apoyo: Doula.



Aunque la figura de la doula no está ni reconocida ni homologada, cada año salen bastantes nuevas doulas a consecuencia de las distintas ofertas de “formaciones” (aquí no voy a entrar pues no es el tema que me ocupa ahora),
Y a pesar de que cada vez se escucha más la palabra y somos más las que nos hacemos visibles a través de las redes sociales, el desconocimiento en torno a lo que somos y lo que hacemos, sigue estando patente aunque, por fortuna también, quien nos conoce nos llama sabiendo bien qué es lo que espera obtener.

De vez en cuando, se pone en contacto conmigo alguna madre para que acuda a prestarle mis servicios en el posparto. La llamada comienza por algunas dudas de lactancia… pero la realidad es que, casi siempre, se trata de una necesidad de información, de refuerzo a sus instintos, de confirmación a que lo están haciendo bien. También hay casos de problemas serios con la lactancia, pero una vez detectados (y para ello tengo la suficiente in-formación) los derivo inmediatamente el profesional competente: a mi hija IBCLC.

A grandes rasgos, una madre puérpera (suelen llamarme con bebés de alrededor de un mes de vida) tiene dudas que necesitan ser escuchadas con seriedad, sin que la juzguen, sin que le den una lección… sin que sean minimizadas.
No voy a entrar si los padres se deberían de haber informado antes o no, no es esta la cuestión, sino que se encuentran con un bebé en los brazos y en muchas ocasiones, no saben qué hacer.
Temas en torno al sueño, al paseo, al baño… a la frecuencia de las tomas, a si han de eructar, a cómo ponerlos en la cuna… sobre porteo, colecho, crianza en brazos, alimentación complementaria, vuelta al trabajo… cualquier cosa simple pero que en estos momentos supone un mundo para algunos padres primerizos e inexpertos.

Y llaman a una doula porque ¿a qué profesional pueden acudir?

Me contaba una mami que, cuando su nene tenía diez días se sentía desbordada. Le dolían los pezones, no dormía, creía que todo lo hacía mal… Con su madre no podía comentar porque estaba en la época de cuando ella nació, y no era eso lo que ella quería hacer con su hijo. Sus amigas aún no eran madres y en su pueblo no había grupos de apoyo ni nada similar.
No conocía a nadie que pudiera ir a su casa y en la intimidad del hogar, comentar estas “naderías” que le estaban agobiando. Y a su pareja, también.
Acudió al pediatra y éste le dijo que “no podía perder el tiempo en esas tonterías, que si el niño estaba sano, lo demás qué importaba y que se apañara como pudiera”.
Pidió cita con su matrona en el centro de salud y ésta le dijo que “tenía su tiempo ajustado para atender casos de necesidad real”.

Me decía que buscó en Internet. Y le apareció la palabra doula. Y supo que eso era lo que ella estaba necesitando. Y contactó conmigo.

Cuando fui a visitarla estaba con su pareja, pasé con ellos casi dos horas, escuchando, viendo las tomas, la postura... preguntas que en condiciones normales el sentido común nos lleva a solucionar, pero que en un estado de vulnerabilidad tal como es el puerperio, tal vez no somos capaces de resolver: la temperatura de la habitación, si utilizar jabón para el baño, si usar pañales de tela o de celulosa… Cuestiones que, puede que para alguien no sean propias de una doula pero que desde la escucha, la información y la experiencia se resuelven fácilmente, con empatía y desde ese apoyo emocional al que SIEMPRE hacemos referencia.
Casi dos horas en su casa, el tiempo del trayecto y billete de ida y vuelta en el tren, a unos 30 km de Valencia… algo que evidentemente merece un tratamiento económico. Y que me llega a través de menos de 20 €/hora.

No sé si algún profesional de la salud, de la relación de ayuda,  está dispuesto a invertir su energía, su tiempo, sus palabras a cambio de esta cantidad…  No tengo ni idea a cómo se cotizan las horas de profesionales universitarios, cualificados y colegiados. Pero desde luego que debe de ser una cantidad sustanciosa, por prestigio, por caché de la profesión en sí.

Cuando se comenta por ahí que las doulas estamos ocupando el puesto de ciertas profesiones, me gustaría unir a todas estas personas, a estas madres y padres que no han sido atendidos “por no hacerles perder su tiempo” y que han recurrido a una doula.  Y a quienes directamente han elegido a una doula por las características de esta profesión.
Nadie va a convencerme de que lo que hago no está bien. Por “suerte” hay personas, madres y padres que me recuerdan que el sitio donde estoy es el correcto. Y que si soy doula es porque… ¿tal vez hacemos falta?

Y no es ego,  ni falsa modestia, nada de eso.  
Ayer, cuando salí de visitar a unos papás con un bebé de 15 días, el padre me despidió con un abrazo y estas palabras “con el papel tan importante que hacéis las doulas,  no comprendo cómo no estáis en la Seguridad Social y en todos los hospitales”.
Ni él ni su pareja son tontos, no estaban coaccionados, ni fueron engañados. Buscaron a una doula porque sabían lo que les podía ofrecer.

No han sido los primeros en llamarme, ni serán los últimos... espero.   A todos ellos, a los que han venido y a los que vendrán, gracias. 


lunes, 11 de agosto de 2014

El nacimiento de mi nieta Vera.



Tenía prisa por llegar, no sé a dónde. Había cogido un avión muy grande, muy rápido. Rojo.  Abro una portezuela y veo a un bebé (la carita, perfectamente). Me agacho y le digo “¡pero qué preciosa eres, chiquitina!”

...Estaba soñando cuando justo en ese momento me llamó mi hijo: “Mamá, Esther tiene contracciones muy fuertes”. Cuando me despertó Manuel, eran las siete de la mañana.
Vera, su hija,  iba a nacer en Acuario, en Beniarbeig, a poco más de hora y media de donde estábamos, donde había nacido cuatro años antes su hijo Adrián.

Como todas las noches venía haciendo antes de irme a la cama, le pregunté a Esther cómo estaba, si necesitaba algo. Me dijo que tenía contracciones como las noches pasadas (hasta entonces, al dormirse se paraban…). Ella sabía que podía llamarme en cualquier momento que lo necesitara.

Estábamos en la casa familiar del pueblo y ella permanecía sola en su nido, casi en penumbra, en la habitación más alejada de todas, en medio del huertecillo. Se la había decorado con los elementos que cuidadosamente había escogido: unas velas, una lamparita con una suave luz roja, la mariposa que le dibujaron sus compañeras durante un precioso ritual… la pelota, su música, sus piedras de colores, su péndulo… aquello con lo que se sentía a gusto.

Me acerqué y le pregunté cómo estaba. Me dijo que no lo sabía, pero que las contracciones eran muy fuertes. Su pareja las había estado controlando y eran muy irregulares, aunque con intervalos cortos.

Le dolía la zona lumbar y le puse la almohadilla tibia. Me pidió agua. Tenía calor y salí un momento a por el abanico. Mientras, ella a cuatro patas, entonaba los cantos que había practicado durante el embarazo.
La abaniqué unos minutos pero estaba muy inquieta, no encontraba la postura. Al levantarse, rompió aguas. Y eran un poco oscuras…
Su cuñada (mi hija y Doula también) se quedó con ella mientras Manuel y yo preparábamos las cosas para marcharnos.

La frecuencia y la intensidad de las contracciones cambiaron drásticamente. Laura habló con la matrona y con Enrique Lebrero, quienes iban a estar con ella en Acuario. Dadas las circunstancias aconsejaron que fuéramos directamente al Hospital de Manises, a 45 km de donde nos hallábamos.

En ese momento, Esther,  dijo que no se quería ir ¡había entrado en el planeta parto y no quería salir de él! pero no estaba previsto que Vera naciera en casa. 
Y mi hijo encaminó en coche hacía Manises. Eran las 7:34 h.

Dada la hora, la carretera nacional estaba vacía… el coche, volaba.
Esther comenzó a tener ganas de pujar a los pocos kilómetros de salir de casa. A cuatro patas en el asiento de atrás, vocalizaba, gemía, gritaba… se mostraba como la maravillosa mamífera que es, como cualquier mamífera a punto de parir a SU cría…

En un momento gritó ¡Mamá! Mencionó a su madre y supe que el momento estaba muy cerca. (Esta escalofriante y potente experiencia la he vivido con otras mujeres muy a punto de parir…) Le quité las bragas, le subí la falda y le dije que no se preocupara, que si Vera decidía nacer, sería bien recibida.
En unos minutos llegaríamos al hospital… el bebé estaba coronando. Llevó la mano a su vagina y me dijo “le he tocado la cabecita”. No podía parar de empujar, su cuerpo se lo pedía… Vera había decidido que había llegado la hora.

Cuando llegamos a urgencias, salieron a por ella con una silla de ruedas… corriendo por los pasillos ella le decía al celador que se diera prisa que la niña iba a nacer. Tranquila y segura. ¡Impresionante!

Mientras, su pareja intentaba aparcar el coche y yo dar los papeles en recepción. Cuando llegué al paritorio (menos mal que me conozco los pasillos) no pude entrar. Salió el auxiliar y me dijo que la niña YA HABÍA NACIDO… que estaba bien y la madre también. Ni un desgarro, ni un punto. ¡Eran las ocho de la mañana! Pregunté por las matronas… ¡Jo, no conocía a ninguna!
Al poco llego el papi y le dije que la niña había nacido y que las dos estaban bien. Soltó su adrenalina… y nos abrazamos, llorando juntos la emoción contenida.
Enseguida salieron a por él. Y a los minutos, vinieron a por mí. Grandísima la fortuna al haber cambiado el turno de matronas y haber dos que sí me conocían. A partir de ahí, maravilloso todo.
En la nueva habitación diseñada para los partos naturales sin medicalización, en silencio, en penumbra, la madre reía con un colocón de hormonas que daba gusto verla. Francamente, preciosa.
La niña enganchada a la teta de su madre y mirándola fijamente. Mi hijo, junto a ellas, emocionado y feliz.
Y yo, en un rincón,  pensando para mis entrañas ¡Gracias, Dios!

Volvió la matrona y le dijo que primero le tomarían la tensión y si quería se podía levantar, orinar  y ducharse,  y poco a poco se fue incorporando.
Vació su vejiga y sentada en una silla se dio una agradable y gratificante ducha. La ayudé a vestirse… y salió a continuar tomándose su zumo de manzana.
Vera estaba sobre el pecho desnudo de su padre, ambos piel con piel envueltos en oxitocina…
Eran las diez de la mañana y ya en la habitación, bajé a comprarle una napolitana de chocolate…

Hacia medio día dejé a los tres en la habitación. Con las persianas casi bajadas y solos, era la hora de descansar. Me volví al pueblo y aquí estoy, escribiendo, soltando todo lo contenido…


En varias ocasiones he comentado que NO todas las mujeres necesitan una Doula. Pero cada vez estoy más convencida de que, hacer un viaje bien acompañada es mucho más agradable y seguro, para la madre y para el bebé.

Ya me ha dicho alguna persona que vaya “suerte” ha tenido Esther, que su hija no dilataba, que su nuera no tenía leche… y de verdad que me cuesta morderme la lengua. Porque si realmente se conociera la fisiología de una mujer embarazada, del proceso de parto y de la lactancia, todas estas personas, incluso las que justifican una cesárea innecesaria, sabrían que una mamífera (y la mujer lo es) para parir, necesita una situación concreta: intimidad, privacidad, seguridad, no sentirse ni observada ni invadida, algunas incluso necesitan soledad, que se respeten sus tiempos… añadido a una buena información y un trabajo personal de concienciación y de conexión con el bebé que nacerá. Y el embarazo es el tiempo para todo esto ya que llegado el parto, lo que no se ha hecho,  se queda por hacer. 
También es cierto que muchas mujeres paren sin problemas y sin ningún tipo de preparación aparente, pero solamente ellas saben qué hay en su interior...

Esther tomó la decisión de que este viaje lo hiciéramos juntas. Ella misma había estado haciendo la formación para ser Doula, por tanto, información tenía un montón. También realizó un buen trabajo personal y de conexión con Vera, incluso el día anterior a su nacimiento. 

Hasta última hora, ella no decidiría si completaría el acompañamiento con mi presencia en el parto, pero siempre le dije que yo estaba a lo que ella quisiera: que era su momento, que era el nacimiento de su hija. Yo la acompañaba hasta donde quisiera.


Aunque pueda resultar extraño,  he sido SU DOULA, no su suegra, ni tan siquiera la abuela de Vera. He sido su acompañante, dejando atrás egos y apegos. He sabido y he podido separar, ya que he guardado mis emociones para que no interfirieran con las suyas. He resguardado mis sentimientos para que no interrumpieran los suyos. He protegido mis dudas, mis miedos (sí, una Doula también los tiene) para no desequilibrar la seguridad y la confianza…  Una vez todo había pasado y en la habitación, ya me sentí suegra y abuela.

No, el parto de Esther, el nacimiento de Vera, NO ha sido fruto del azar.

Infinitamente agradecida por esta tribu mía, mi bendita familia. A Manuel, a Esther y a Vera por permitirme estar junto a ellos en estos preciosos momentos. A mis hijos Laura y Pau que han sabido escuchar y respetar sin interferir, que incluso les han pedido permiso para ir a conocer a su nueva sobrina.
A mis hermanas y a mi madre, que siempre me apoyan y refuerzan.

Infinitamente agradecida a “mis” mujeres de la formación de doulas, compañeras de Esther, por sus velas, por su Luz.
A mis compañeras doulas de Al Caliu, por el apoyo con sus mensajes a través del washapp.
Y a Nuria Otero, por su escucha y sus palabras a través del teléfono.


Vera llegó al mundo el día 10 bajo la Luz de la preciosa Luna Llena de Agosto. Cada nacimiento es un regalo y en cada uno que estoy presente, mi aprendizaje y mi humildad frente a tan magnos acontecimientos, se incrementan.
De nuevo, y desde el corazón, Gracias a la Vida… que me sigue dando tanto.

NOTA: Este relato ha sido publicado con el permiso de Esther.




miércoles, 6 de agosto de 2014

Cada vez me gusta más: DOULA.


Las Doulas somos mujeres que acompañamos a otras mujeres durante su maternidad, a lo largo de todos o algunos de los siguientes procesos:

Antes de la concepción: Preconcepción, concepción y/o in-fertilidad.
Embarazo - Parto - Posparto (inmediato, extenso). Pérdidas y duelo.

Este acompañamiento consiste en ofrecer apoyo y soporte emocional y en aportar información cuando es requerida, siempre de modo complementario al de el/la profesional que atienda a la mujer (preferentemente la matrona).

Las Doulas nos situamos siempre junto a la mujer, a su lado y de su lado, siendo conscientes de nuestras propias emociones, capacidades y limitaciones.
Acompañar es ser testigo de momentos únicos en la vida de una mujer y esto implica respetar sus decisiones y no emitir juicios sobre ellas. Acompañar no es dirigir, ni guiar, ni interferir, ni asesorar, ni buscar un final diferente para ningún proceso.

Acompañamos con honestidad y con humildad. Honestidad sobre la propia experiencia y formación. Honestidad sobre lo que se puede y no se puede conseguir, sobre lo que se puede o no se puede prometer y comprometer de una misma y de su tiempo. Humildad para no convertirse en protagonista y para no intervenir e interferir con las decisiones de la pareja nunca, incluso cuando pensemos que podríamos mejorar el desenlace de la situación que se plantee.

Para ser Doula se necesita tener vocación de servicio y ayuda a los demás, y es importante tener las heridas propias cerradas para que no se reabran frente a las heridas de las mujeres a las que acompañamos. Para ser Doula es necesario saber escuchar sin imponer, sin exigir, y es importante saber que nuestra profesión se basa en el acompañamiento y la escucha desde una posición imparcial, ajena a nuestras propias vivencias y criterios.

Reconozco que es fácil dejarse arrastrar creyendo que una va a ser mejor Doula si acumula formaciones, talleres y cursos varios basados en las corrientes espirituales-místico-esotéricas que, finalmente, envuelven con un halo de irrealidad a las prestaciones de muchas de las mujeres que se han dedicado al acompañamiento como Doulas.
No digo que a título personal una persona deba de renunciar a aquello en lo que cree. Está bien que cada cual desarrolle su parte religiosa o mística,  de cualquier creencia, o se mantenga en su ausencia de fe,  pero eso forma parte de su vida privada, no es algo que deba extrapolarse a la profesión de Doula… de la misma forma que ningún otro profesional lo hace.

¿Con qué herramientas contamos para esto? Contamos con la escucha activa  y el profundo conocimiento de cada uno de los procesos que se acompañan, así como nuestra propia experiencia como mujeres y como acompañantes. Sólo conociéndolos en profundidad es posible no interferirlos, no intentar acortarlos o suavizarlos y acompañarlos con confianza. Sólo entendiendo y comprendiendo la naturaleza de cada proceso puede ser éste respetado.
Por esta razón es necesario que las Doulas nos formemos sobre fisiología y anatomía de la mujer, sobre las emociones que la embargan y las características sociológicas que la rodean. En este sentido, más allá de la formación teórica, es necesario un continuo trabajo personal de manera que el acompañamiento no sea sólo “un trabajo”, sino también una actitud, una manera de comprender, respetar y estar al lado de las mujeres.

Con toda sinceridad, creo que sería honesto hacer una introspección antes de tomar esta decisión de ser Doula, incluso si es necesario, realizar una terapia propia y sumergirse en aquello que nos dejó dolidas tras nuestros experiencias, aquello que, aún sin diagnosticar pudo haber supuesto una depresión pos parto en toda regla y que, tal vez,  no escuchamos y sanamos por no saber reconocer o por no tener a dónde acudir.
Algo tan emocional como es el acompañamiento a una mujer en un estado máximo de vulnerabilidad como es un parto, como es una maternidad recién estrenada, no puede depender solamente de nuestra propia experiencia, de nuestra situación laboral o económica. Sinceramente, creo que ha de ser algo puramente vivencial y vocacional para poner el alma en ello. Creo, también, que hay que ser realistas y valorar la situación de disponibilidad con que se cuenta para poder atender en caso de llamada.

Cuando Michel Odent se refiere a las Doulas nos nombra como las protectoras de la mujer de parto porque para él (y confirmo mi acuerdo en esto también)  la Doula NO interviene en el proceso, sino que vigila de manera atenta y silenciosa a la madre, sabiendo leer los signos y señales que ésta emite, sabiendo anticiparse a sus deseos y necesidades. Claro que él concibe a la Doula como la MUJER experta en partos (en los suyos propios ya que él considera que una Doula ha de ser madre) y en los de otras mujeres a través de la experiencia adquirida…
Las Doulas nunca realizamos actuaciones de índole sanitaria. La matrona ES la persona cualificada para atender los partos normales.  Y la Doula es la persona preparada para acompañar EMOCIONALMENTE a la mujer de forma continua y permanente, algo que una matrona –salvo sea un parto domiciliario- no puede realizar debido a cómo está estructurada la sanidad, tanto a nivel de atención primaria como en los hospitales, con sus horarios rígidos, con sus turnos estresantes, con su falta de personal y apoyo, con las presiones que les vienen desde “arriba”…

Un tema caballo de batalla entre las asociaciones de Doulas, o al menos en  las que pertenezco, es conseguir una definición exacta y concisa de qué es una Doula. Y velar por el cumplimiento de unas normas dentro de una estricta rigurosidad.  Porque desde este batiburrillo de conceptos, y viendo algunas ofertas… temo que alguien puede pensar que somos “chicas para todo”. De ahí que algunas madres lleguen a confundir o no lleguen a tener claro si una Doula cubre sus necesidades reales, esas que la desbordan y la dejan en una situación de extrema vulnerabilidad,  o anda en busca de una Doula porque alguien se lo ha recomendado, o porque, simplemente… “se lleva”.

Cuando una mujer está informada y acompañada, cuando habla de sus miedos y de sus dudas con otra mujer cercana que le inspira confianza, manifiesta abiertamente sus emociones,  las mira a la cara, les pone nombre… las escucha, las acepta y las trasciende, el cambio que experimenta es total. Es una liberación que tiene incluso efectos físicos. La mujer está pletórica, feliz, fuerte y empoderada. Y de eso se trata para poder hacer frente a todo cuanto vaya llegando en este periodo, alcanzando el mejor de los finales con el nacimiento de su bebé.

Amiga, mujer, que estás leyendo estas palabras: para un momento a escuchar tus emociones, conecta con tus necesidades… estudia la situación desde tu realidad y mira qué es lo que necesitas. Si crees que tal y como te sientes estás bien y no contemplas la presencia, durante una parte de tu trayecto, de otra mujer por muy Doula que sea... sigue adelante sin ella, porque está bien lo que tú sientes.
Si por el contrario sientes miedos, inseguridades y/o dudas respecto a tu posible o incipiente maternidad, si necesitas alguien a tu lado con quien compartir aquello que ronda tu mente y encoje tu alma, si sientes que llegado el momento del parto, el acompañamiento y la contención emocional de una mujer con experiencia en partos te puede ser de ayuda, si prevés que cuando llegues a casa con tu bebé recién nacido te sentirías mejor con la presencia de una mujer que puede estar a tu lado, sin juzgarte y escuchado tu posible llanto como consecuencia del gran cambio que se ha producido en tu vida… si por todo ello SIENTES que vas a necesitar del apoyo de una Doula, entonces sí, busca la que mejor se adapte a ti, a tus deseos, a tus expectativas…

Pero ten siempre presente que la Doula NO es personal sanitario, ni es tabla salvadora de nadie… la Doula es la mujer que te acompañará en el camino que TÚ, y solamente tú, decidas elegir.





lunes, 4 de agosto de 2014

¿Son "tontas" las futuras madres?



Se me hace duro pensar que mujeres que trabajan con y para otras mujeres crean que algunas congéneres son tontas, que las hagan incapaces por tomar ciertas decisiones. En concreto y por mantenerme en lo que me ocupa, me refiero a que digan que las madres que eligen a una doula para que las acompañen en algún proceso durante su maternidad, no tienen criterio. O les has comido la cabeza. O están engañadas…
Por suerte, las mujeres que toman esta decisión –al menos las que yo he conocido- la han tomado a conciencia, sabiendo lo que hacían, y muy bien lo que querían y necesitaban.

Recuerdo ahora el primer parto hospitalario que acompañé. Era el primer bebé de la pareja y la mujer tenía muy claro que quería a una doula a su lado. Estuve con ella durante todo el embarazo, empezamos muy pronto a tener encuentros en los que comenzó a fluir la confianza.

Llegada la fecha, estuve a su lado casi desde las primeras contracciones, pues así lo quería ella. Una vez en el hospital, en la habitación, estuve también con su pareja. Llegó el momento de bajar a la sala de dilatación donde pariría a su bebé y prefirió que fuera yo quien estuviera junto a ella. Los papás habían acordado que llegado justo el nacimiento, yo me saldría para que entrara el padre de la criatura.

La comadrona entraba y salía. En ningún momento me preguntó quien era yo. Me dijo que si necesitaba algo que la llamara. Le pregunté si le podía dar agua y me dijo que sí, que por supuesto…

Esta fase fue muy larga pero permanecí a su lado en todo momento, velando su sueño, acercándome cuando me llamaba, dándole agua si pedía… escuchaba sus quejidos y los sentía en mi piel. La veía deambular, agacharse, mover las caderas… y ella, viéndome cerca, a su lado,  se sentía segura.

Cada vez que la comadrona entraba, me miraba en silencio. Veía que todo estaba bien. Y se volvía a marchar.

Llegó el momento del nacimiento. La comadrona ya estaba preparando todas las cosas, la mamá se había acomodado de la forma que le apetecía en una cama articulada que esta profesional, cariñosamente, iba acoplando a sus indicaciones.

En un momento dado me dijo “asómate y le verás la cabecita” pues yo permanecía junto a la cabecera de la parturienta.
Y justo entonces pensé que me tenía que salir para que entrara su marido. Pero para sorpresa mía, la comadrona me dijo que permaneciera junto a la madre y que ella iba a salir a por el papá.
Cuando él estuvo dentro, nos quedamos mirando… en silencio. A los pocos minutos, nació la criatura. La parió sin epidural, de forma natural a pesar de su agotamiento.

Me alejé un poco de la pareja para que disfrutaran de ese momento, me quedé en muy tercer plano… pero los recién estrenados padres me llamaron para que cortara yo el cordón umbilical. Todavía tenía que contener mis emociones, hasta que saliera del paritorio: yo era la que acompañaba, yo era la que contenía…

Cuando la comadrona terminó de coser un pequeño desgarro, le di las gracias por haberme permitido estar todo el tiempo. Y entonces le dije que era SU DOULA porque era necesario que lo supiera.

Para mi sorpresa me dijo que lo había sabido desde el primer momento, que veía entre nosotras complicidad, que veía en la mamá la confianza y la seguridad que yo le estaba aportando, y que por todo ello, no había sido capaz de hacerme salir.  Me dio las gracias por mi colaboración. Buena profesional y humilde, esta mujer.

La madre que pidió mi acompañamiento es una mujer inteligente, informada y comprometida con la Vida.  Su marido siempre estuvo de acuerdo con las decisiones que ella había tomado.

Como esta mujer, ha habido otras a las que he acompañado, hay otras a las que estoy acompañando...  Y aseguro que no son para nada tontas, ni influenciables, ni han sido engañadas, ni por mi ni por nadie.

Reivindico el derecho a que cada mujer elija por quien quiere estar acompañada durante su maternidad, sea el proceso que sea. Y por ello voy a seguir trabajando.