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Este no es un blog de partos, de maternidad o de crianza solamente, sino que parte de mi experiencia de mujer, de lo vivido, de lo sentido, de lo que me llega... para seguir hacia lo que queda por hacer, hacia lo que puedo y quiero realizar.

Mi evolución como mujer que acompaña a otras mujeres, me muestra un camino del que cada día aprendo y gracias al cual mi sentido de la Vida se amplía y evoluciona en una dirección sin retorno.

Por y para las mujeres. Por y para todos los seres. Porque confío y doy Gracias.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Más RESPETO, por favor.



El que ser Doula no sea una profesión ni reconocida ni homologada no quiere decir que quienes lo somos no merezcamos respeto, hacia lo que hacemos y hacia nuestra persona en sí.
Porque en este papel de Doulas estamos justo al lado de la madre que nos ha escogido libre y conscientemente para que la acompañemos en SU proceso de maternidad, sea cual sea.

Recientemente he tenido varias entrevistas con madres y padres que buscaban una Doula… Y al preguntarme sobre el acompañamiento hospitalario en el momento del parto, me vino a la mente este hecho pasado.
Vuelvo a este blog-confesionario para relatar algo que sucedió hace algún tiempo. Reconozco que me dolió en cuanto al desprecio hacia la voluntad de unos padres, hacia mi figura de Doula y  por el menoscabo que sufrí como persona acompañante con una parte física y terrenal innegable.

Hago un inciso para comentar que, aunque pueda parecer extraño, bastantes más hombres de lo que se cree NO quieren estar presentes justo en el momento del nacimiento de sus hijxs, por muchos y variados motivos. Desde esta corriente en la que se pretende que madre y padre compartan a partes iguales una serie de obligaciones y responsabilidades, algunos padres se sienten obligados a presenciar el parto de su compañera sin ser capaces de decirles que no por temor a no ser comprendidos. Pero también bastantes mujeres NO quieren que sus parejas estén presentes y no son capaces de verbalizarlo… 
Esto ES una realidad.

Cuando contactó conmigo esta futura madre, me dijo que, entre otras cosas, esperaba de mí que estuviera con ella en el parto pues su marido NO quería estar presente y ella TAMPOCO quería que él estuviera a su lado. Ambos lo tenían muy claro, hablado y requetehablado. Y así lo hicieron constar en SU plan de parto que habían entregado en el hospital y donde figuraba que yo (con nombre y apellidos) estaría con la madre hasta que el bebé hubiera nacido que sería cuando entraría el padre.

Desde que llegamos al hospital, estuvimos los tres en la habitación. El padre entraba y salía, yo permanentemente junto a la mujer, para lo que ella pudiera demandar. Simplemente aportando presencia y tranquilidad, pues era que ella necesitaba.

Cuando la bajaron a la sala de dilatación-paritorio, yo estuve con ella y como las horas transcurrían lentas, su pareja entró en una ocasión mientras ella estaba todavía bastante serena, saliendo al poco para que entrara yo y permanecer allí hasta el final acordado.

La madre estaba llegando al final del proceso de parto, la matrona pendiente del bebé que estaba coronando y yo con ellas. De pronto entró una mujer con batablanca, altiva y maleducada, pero nunca supimos quien era –pues tan siquiera se presentó ante la mujer que estaba siendo protagonista del nacimiento de su hijx- y se puso a darle conversación a la matrona. Ésta, muy discreta, intentaba no seguirla pero aquella otra insistía y le hablaba de cosas que nada tenían que ver con la situación, y además, lo hacía a voces.

El bebé no terminaba de descender y el ginecólogo decidió trasladar a la madre al paritorio-quirófano por si había que instrumentar (ventosa). La madre les pidió que me permitieran ir con ella, pero yo sabía, por experiencias en circunstancias similares, que no puede ser hasta que confirman que todo está yendo bien, que no es necesario intervenir y entonces sí que me permiten el acceso junto a la madre.
La matrona le dijo que enseguida me llamarían, pero la susodicha batablanca, me dijo de forma tajante usted se queda”  y supe que NO volvería a estar junto a la madre en lo que restaba de parto.

Apenas habían pasado cinco minutos cuando batablanca  vino a preguntarme por el padre y a decirme que la madre quería que estuviera con ella. Sinceramente lo puse en duda y le pregunté a la mujerencuestión  si esas eran palabras de la parturienta, y me dijo que si, tajante ella. Yo insistí ¿está usted segura de que esas palabras han salido de su boca? Y me dijo “sí, dígame donde está el padre porque va a entrar él en el paritorio”.
Le respondí que estaba en la habitación, esperando según lo acordado.
Se fue, lo llamó por teléfono, el bajó asustado, nos cruzamos por el pasillo, me preguntó nervioso qué estaba pasando, le dije que lo desconocía y desapareció… pasados unos 20 minutos, como no sabía nada de qué estaba sucediendo, me marché a mi casa.

Cuando volví por la tarde, la madre me relató la versión de los hechos. Esta batablanca le preguntó a la madre en el paritorio quien era yo y ella le dijo que su Doula y pidió que me dejaran entrar. La señoraequis le insistía en que si no prefería que entrara su marido… y la madre le decía que no, que su Doula… pero terca cual mula ella a lo suyo…”pues es mucho mejor que entre tu marido…”

La madre estaba en el momento del expulsivo, se sentía sola en cuanto a la presencia de personas conocidas y queridas, no sabía qué estaba pasando con su bebé que no terminaba de salir ¡y esta mujerbatablanca insistiendo, machacando en que era mejor que estuviera el marido… ! Finalmente, la madre, cansada y asustada le dijo que entrara alguien, quien fuera, pero por favor que entrara enseguida pues no estaba para discutir más…

Cuando aclaramos lo sucedido, no podía dar crédito. En primer lugar nunca supimos quien era esta señora ni qué autoridad tenía para infantilizar de esta manera los deseos de una mujer de parto, deseos que además estaban por escrito en un documento que tiene cierta fuerza pues es donde se expresan los deseos de unos futuros padres en cuanto al nacimiento de un hijo.

La normativa en los hospitales (excepto en algunos del País Vasco y de Cataluña, más avanzados en cuanto a la humanización del nacimiento) permite que la madre de parto este acompañada por una persona, por la que ella desee.
En esta ocasión yo había sido la persona elegida, y soy Doula, pero podía haber sido una amiga, su madre, una vecina… o la panadera de la esquina. Eso es algo que NO concierne a los sanitarios siempre que la persona en cuestión sea respetuosa con el personal, con las instalaciones, con el proceso, con la madre… y yo lo soy, siempre lo he sido. Por tanto, ha sido esta buenaseñora  quien no ha respetado las normas pero sobre todo, quien no ha respetado a las personas.  Ni a los padres, ni a mí, alguien que acompaña.

Afortunadamente este ha sido un hecho aislado, no me había pasado antes y desde entonces no se ha vuelto a repetir.

Los padres no quisieron hacer averiguaciones de quien había sido este personaje y es algo que a mí tampoco me corresponde. Pasó… y pasó. Lo tomo como una experiencia más, de las que forman grupo junto a las poco agradables.

Cuando se habla de respeto hacemos mención a lo que queremos para nosotrxs mismxs pero difícilmente se puede dar aquello de lo que se carece.  RESPETO es una palabra muy manida, se utiliza muy a la ligera sin pensar en todo lo que puede encerrar. Respetar a una persona es tomarla en consideración, es valorarla y amarla, es aceptarla como es y en sus deseos. Es, en definitiva, tratarla como a una misma le gusta ser tratada.

Por fortuna las cosas están cambiando en el ámbito hospitalario, algunxs profesionales están tomando conciencia de las necesidades de quienes allí acuden por cualquier motivo. Mucho personal sanitario acude a talleres de formación emocional, de tratamiento y de crecimiento personal…

Ojalá que llegue el momento en que cuando alguien entre a un hospital sea atendido con la amabilidad, la dulzura, la atención y el RESPETO que merece.

Yo, en ello confío.


domingo, 21 de septiembre de 2014

Adiós verano. See you later, family!





Mi temperamento y mis características físicas me llevan a gozar más del verano que del invierno, a pesar de que en mi ciudad los veranos son muy húmedos y los inviernos no son demasiados fríos.


Aún así me siento mejor con el calorcito, con llevar poca ropa, con el sol y los baños de agua… y especialmente conviviendo con familia de otra forma mucho más intensa.



Tenemos la gran suerte de poder disfrutar de una vivienda familiar en un pueblecito cerca de la ciudad donde, a pesar de la poca distancia la mayor altura sobre el nivel del mar hace que la temperatura sea distinta, más seca, menos húmeda,  por lo que las noches son más frescas y se duerme mejor. 
Allí hemos pasado los veranos varias generaciones de mi familia por parte de madre, ya que esta casa la construyeron mis abuelos en 1957.

Es la casa familiar que también acoge a mis hermanas cuando vienen de visita con los suyos, a mis primxs que viven en otra Comunidad y que también aparecen de vez en cuando para pasar algunos días con nosotros, especialmente si está mi madre.

Los últimos veranos están resultando muy importantes. Este agosto de 2014, ha sido muy especial: ha nacido mi nieta Vera y ya por eso va a ser uno de los que van a quedarse en el pódium de los principales. Como en agosto de 2009 cuando nació mi otra nieta, Naia y en julio de 2010, cuando nació Adrián, mi segundo nieto varón.

Este año, a mediados del mes de julio ya estamos allí parte de la familia. Mi nuera Esther está muy embarazada y soporta mal el calor, así es que Marido y yo nos marchamos al pueblo con ella, con mi nieto Adrian y con su papi, mi hijo, quien está en plena actividad laboral debido a su ocupación de bombero forestal en el cuerpo de emergencias.

También mi madre permanece con nosotros unos días.

Al poco,  acude mi hija Laura con los niños, Ibai y Naia. Mi yerno Natxo también está trabajando, con lo cual son inevitables las idas y venidas a la ciudad.


La casa se convierte en un cuartel general… rápidamente se llena de juguetes por doquier, patinetes, muñecos, bicicletas, cocinitas, cochecitos, puzles, cromos, peonzas, pinturas, cuentos, piezas de construcción… amén de pelotas, gafas y demás cacharritos para jugar dentro de la piscina, todo de los niñxs. Pero también ando recogiendo camisetas, bañadores, gorras, chanclas... de los adultos.

No puedo evitar acordarme de mi padre cuando me decía que él lo tenía todo ordenado y cuando llegábamos nosotras con los niños la casa se convertía en un gallinero… ¡ja, ja, padre!  De nuevo te doy la razón,  la historia se repite. Es el ciclo de la vida…

Los niños se lo pasan en grande jugando con la tierra, haciendo hoyos en el huertecillo, utilizan mis utensilios de jardinería para plantar y  regar con la manguera quedando calados hasta los huesos…

Filomena la tortuga y Órnix la cobaya, comparten espacio, agua  y comida…

Inevitable pasar las primeras horas de la mañana recogiendo trastos del medio e intentando poner un mínimo de orden… al menos hasta que los niños estén levantados.

Aprovechamos el buen tiempo para hacer salidas familiares, para hacer excursiones pero especialmente para disfrutar de los niños y aunque siendo muy sincera, muchas noches termino agotada… son momentos que yo atesoro, que Marido vive intensamente, ya que los niños están en otro papel, en otro momento porque son ellos los auténticos protagonistas.



Los ratos en la piscina, las subidas al Penyagolosa, al Montrotón nuestro monte totémico que los chiquillos esperan ansiosos para subir con el yayo año tras año…

Las comidas familiares fuera de casa, los juegos en el campo, celebrar el cumpleaños de Naia en el jardín, con los primitos hijxs de las primas de mamá… generaciones tras generaciones…

El nacimiento de Vera que a poco que nos descuidamos tiene lugar en el jardín…  Y los primeros días de su vida, del puerperio de su madre vividos en tribu.




Momentos familiares, algunos mágicos, otros cansinos, unos de tensión y muchos de auténtico disfrute. Así hemos llegado hasta finales de agosto, donde el agotamiento comienza a hacer huella e inconsciente (o muy conscientemente) cada cual necesita volver a recogerse en su casa, en la unidad de su familia, en las características de sus rutinas... 


Septiembre se inicia y los niños comienzan sus escolarizaciones encantados.
Marido ocupa parte de su tiempo gozando mientras descarga las fotografías a nuevas carpetas en el ordenador, algunas de ellas pasándolas a papel para cambiar las de los portarretratos donde vemos cómo van creciendo los niños año tras año…  
Mis hijos e hijas retoman sus compromisos laborares.
Esther se dedica casi en exclusiva a vivir su posparto, amamantando a Vera y a atender la llamada de Adrián.



La Universidad también ha comenzado, Pau terminará este año su carrera y María continua con su doctorado.
Y así va trascurriendo el mes, yo voy reorganizando casa y armarios acompañando a la mami a sus médicos, atendiendo a nuevas llamadas y poniendo a punto mi agenda.



El otoño comienza en un par de días a pesar de las altas temperaturas que aún tenemos en Valencia.  Y como dice Marido, cuando menos nos demos cuenta estaremos en Navidad. Y otro años más. Con mucho vivido, con mucho compartido, con más aprendido, con más arrugas y algún kilo acumulado.

Pero recordando dar Gracias a la Vida porque tengo motivos para ello.


Y gracias a Marido por ser el reportero oficial de la familia y por sus magníficas fotografías, testimonios de valor incalculable.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Dura historia de juventud y desarraigo.



Anoche fuimos al cine. Vimos una película de espionaje en la que aparece, en Hamburgo, un chaval huido desde Chechenia… No voy a contar más. Baste decir que cuando salimos de la sala, Marido y yo hicimos un comentario en el que coincidíamos…

Sucedió unos cuantos años atrás, la verdad es que había perdido la cuenta de cuántos exactamente, pero anoche se activaron en mi mente una serie de recuerdos que ahora intento plasmar aquí. Será cerrar otro capítulo…

A pesar de la suciedad que llevaba encima, se podían ver sus ojos azules y facciones de bondad en su rostro. Era muy joven, luego supimos que de la edad de mi hijo el mediano, veintidós años. Era el final del verano y él estaba en mi barrio, por las calles y por los jardines, mendigando.
Siendo de la edad de mi hijo Manuel,  la primera vez que lo vi me dio un vuelco el corazón… y le di unas monedas.
Lo veía prácticamente todos los días, ya por la mañana, ya por la tarde. A veces, entraba en el horno y le compraba algo; otras, le daba una moneda para que se lo comprara él, siempre pedía para comida. No podía evitar darle algo, ni quería hacerlo…

Uno de los días en que Marido volvía de trabajar, al atardecer, me comentó que había hablado con él. Le preguntó de dónde era, por qué estaba mendigando siendo tan joven. Me dijo que si le podía preparar un bocadillo, que se lo iba a bajar pues estaba sentado en un banco en el jardín que tenemos frente al patio de la vivienda. Y le preparé una barra de pan, con mucha mezcla. Y le añadí una manzana y un zumo.

Marido subió impresionado. El chaval había huido porque en su país, una ex- república soviética, estaban en guerra y reclutando a críos de su edad. Él no quería ir, terminaba de morir uno de sus mejores amigos. Y estaba aterrado. Había cruzado Europa como había podido. Su padre se había enfadado mucho y no quería saber nada de él. Solo tenía relación con su madre y con su abuela a través de un teléfono móvil al que de vez en cuando le cambiaba el número de la tarjeta… ellas no sabían en qué país estaba. Y nosotros no quisimos tener más datos de él, con eso era más que suficiente.

Marido le animó a que buscara un trabajo a pesar de no tener papeles, a que intentara regularizar su situación. A que se valorara como persona…
Durante varios días estuvimos hablando con él. Noches en que le bajaba la cena y alguna vecina también le proporcionaba alimentos.

Llegó el otoño y comenzó a refrescar. Había conseguido una habitación compartida en un piso donde había otros inmigrantes, así es que le preparé un bolsón con ropa de abrigo y calzado de mis hijos, pues eran de la misma altura y tallaje.

Ya no venía tan a menudo por el barrio hasta que un día nos llamó al timbre desde la calle. Marido lo invitó a subir a casa…
Lo vimos muy mejorado, iba limpio, peinado… pero nos hablaba agitado. Estaba ayudando a una señora en una verdulería, a cargar y descargar, recibiendo a cambio alguna cantidad que le permitía alimentarse y malvivir, pero ahora se había quedado sin sus cosas y sin cobijo.
Una noche, al volver a casa, le habían robado todas sus pertenencias. Además, el piso donde estaba era alquilado y el inquilino, a su vez, lo realquilaba a inmigrantes cobrando pequeñas cantidades. Pero él no pagaba al propietario, así es que éste en un momento en que no había nadie en el piso, cambio la cerradura. Y ya nadie pudo entrar.
Marido le dio dinero para que fuera a dormir a una pensión esa noche y que viera la posibilidad de quedarse allí ya que el invierno entraría en breve.

Ya no lo veíamos por el barrio, pero de vez en cuando nos llamaba por teléfono (Marido le había dado el número del suyo por si necesitaba algo). Venía de tarde en tarde a por algo de dinero, cuando estaba muy agobiado, había encontrado unos protectores…

Aún sin querer saber nada más de él, nos contó que él en su país vivía bien. Su padre era el director de una fábrica y su situación económica era buena. Tenía novia y una hermana más pequeña, a las que no había vuelto a ver. Adoraba a su madre y a su abuela. Al salir del país, su madre le transmitió el disgusto de su padre diciéndole que no quería volver a saber nada de él y que lo había "desheredado". Pero eso a él no le importaba…

En una de las ocasiones que vino, nos dijo que se iba a Madrid a encontrarse con su madre… y nos pidió dinero para el viaje. Marido se lo dio e Ivan, que así se llamaba el chaval, le dijo que cuando trabajara se lo devolvería…

Cada vez que desaparecía por una temporada, Marido y yo pensábamos si lo volveríamos a ver, si nos estaría tomando el pelo, si sería una farsa todo lo que nos contaba, pero al final accedíamos a prestarle ayuda ¿qué motivos teníamos para dudar de él?

Pasado un tiempo volvió a llamar al timbre y lo invitamos a subir a casa. Venía con una chica, muy joven, preciosa. Una rubita de ojos azules que nos presentó como Olga, la novia de su país que había venido con su madre y se quedaba con él. Ella no hablaba ni papa de castellano, pero él nos tradujo sus palabras: estaba agradecida por todo lo que habíamos hecho por él, y se puso a llorar. Les invitamos a cenar, comieron poco y se marcharon al finalizar.

Pasó bastante tiempo hasta que volvimos a saber de ellos. Un día vinieron a decirnos que se iban a casar  y que nos invitaban a la ceremonia ortodoxa, dándonos lugar, día y hora del acontecimiento. Les dimos dinero para que se compraran ropa para la ocasión, pues nos comentaron que habían visto algo en una tienda de segunda mano… Pero un imprevisto nos impidió acudir. 

Hacía días que no sabíamos de ellos y Marido le llamó por teléfono ¡había encontrado un trabajo! Estaba llevando el mantenimiento de unas máquinas en una pequeña empresa (era lo que él había estudiado en su país) y aunque no tenía contrato, se llevaba bien con el jefe, con lo que le pagaba un sueldo que le permitía sobrevivir junto a Olga.

Pero pronto acabó su alegría. Una noche vino muy nervioso y nos contó que su jefe llevaba un tiempo acosándolo sexualmente pero que esa tarde se había pasado y él le había dado un puñetazo que le había tumbado. El jefe ¡malbicho! le había dicho que si no cedía a sus deseos de abuso sexual, lo denunciaría a inmigración… así es que salió zumbado . Y volvía a estar asustado y sin ingresos.

Muchas veces me cuestiono si realmente hay personas que nacen con el pie izquierdo, porque me cuesta aceptar que la Vida le presente a una misma persona tantas dificultades…

Ivan nos llamó al timbre de bajo, estaba llorando, y le hicimos subir. Había recibido una llamada de su abuela: sus padres se habían matado en un accidente de tráfico, pero además, la anciana, no podía hacerse cargo de su hermana. Estaba destrozado, no tenía consuelo… y cuando consiguió serenarse, estuvimos mirando opciones sobre qué podía hacer pues de alguna manera tenía que traer a la chiquilla a España. Sería Olga quien iría a por ella, la traería para quedarse aquí a vivir…
Pero Ivan tenía otro miedo que nos confesó… tenía miedo a las mafias de su país ya que su padre era un hombre adinerado en aquel país de relativa pobreza y ahora, la heredera de lo que hubiera era su hermana menor de edad… Tenía que traer a la niña y marcharse de España.

Y así lo hicieron. Ya nos los volvimos a ver pero recibimos una llamada diciéndonos que se habían embarcado en un barco mercante, que él tenía trabajo en las máquinas y que iban rumbo a algún país donde quedarse a vivir. No nos dijo dónde, ni se lo preguntamos. Y nos comunicó que Olga estaba embarazada…

Por primavera recibimos una llamada de él desde otro número de teléfono, la última. Nos dijo que estaban bien, que él seguía embarcado, que tanto Olga como su hermana estaban en una casa alquilada, que esperaban a que la nena cumpliera 18 años para recoger su dinero… y que Olga había perdido al bebé que esperaban.
Hablé con él, me despedí emocionada deseándole una buena vida y él me dio las gracias llorando también.

Esta fue la última vez que supimos de ellos, han pasado más de diez años y quiero creer que por fin la Vida ha sido generosa con él y con su pequeña familia.

Esta historia solo la saben mis hijos y fueron los dos chicos quienes la compartieron, de alguna manera,  con nosotros, ya que mi hija estaba en el extranjero y no vivía en casa.
En algún momento, Marido y yo nos cuestionamos la veracidad de todo cuánto nos contaba Iván, sinceramente, pero como he dicho antes no teníamos motivos para dudar de él.
Era un chico muy joven, extranjero, sin casa ni comida, viviendo en la calle… y de alguna manera veía en él a mis hijos por lo que se me partía el alma.

A veces se juzga a las personas que están en la calle mendigando, a los inmigrantes, a los sin techo… pero tras haber conocido a Ivan y vivir estos meses su historia, me pongo en alerta cuando veo a alguien en esta situación. Aunque se habla de mafias en torno a la mendicidad, me duele aceptar que alguien viva mendigando y esté durmiendo en la calle por propia voluntad. Ahora sé que detrás de cada indigente, de cada persona desarraigada, hay una historia.

¿Y quién soy yo para juzgarlo y condenarlo?


domingo, 14 de septiembre de 2014

La AMISTAD y el dolor de la separación.


Que la Vida nos pone personas en el camino para que compartamos algún tramo, es algo que con el tiempo vas reconociendo. Hay algunas que tal como entran, salen, sin pena ni gloria. Pero otras dejan una huella que es difícil de borrar.
Hoy me he levantado algo meláncolica pues han venido a mi recuerdo algunas personas con la que compartí mucho y que se marcharon dando un portazo, o mejor dicho, dando una patata. Y eso duele.

Me remonto a cuando mis hijos eran pequeños. En su colegio se creó una de las primeras Escuelas de Padres de Valencia y, marido y yo, nos apuntamos ilusionados. El grupo era bastante numeroso, pero como suele suceder, poco a poco hubo una selección natural y nos quedamos unas diez parejas.
Lo coordinaba el psicólogo del centro, un hombre joven, encantador, con mucho carisma. Todavía recuerdo muchas de las cosas que él decía respecto a los hijos y la crianza llamada hoy respetuosa. Estamos hablando de hace más de 25 años.

Como suele ser habitual también, por afinidades, fuimos cinco las parejas que empezamos a compartir tiempo y actividades fuera del colegio. Quedábamos con los niños para pasar el domingo, los fines de semana, incluso las vacaciones. Durante muchos años celebrábamos juntos la Nochevieja y la entrada de año. Entre nosotras cinco se comenzó a crear un bonito lazo de amistad, de sinceridad. Los maridos también se llevaban genial. Salir con ellos era garantía de pasarlo bien, y de reírme. Nos reíamos muchísimo, de hecho al volver a casa marido siempre me decía “qué gusto da verte con tus amigas, qué bien te lo pasas”.

Como he dicho, compartíamos muchas cosas. Situaciones de alegría, pero también de dolor, ya que tantos años ha dado para mucho.

Dos de las parejas pasaron por una situación de ruina económica en la crisis del 92. Lo perdieron todo: negocio, casa, coche…
Con hijos pequeños todavía, los momentos fueron realmente duros. Y ahí estuvimos todos en una piña, apoyando de forma moral, especialmente.
Otro tipo de dolor se posó en nuestras almas. A una de nosotras le diagnosticaron un cáncer de mama. Era precisamente la más extrovertida, la más divertida, la que siempre nos aglutinaba, la que para ella todo estaba bien…
El transcurso de la enfermedad fue largo, con recaídas, con aparición de metástasis por varios órganos. Finalmente, falleció.  Y su ausencia pesaba cual oscura losa sobre el resto de nosotros.

Su viudo continuó saliendo con el grupo cada vez que nos veíamos, no quería que lo dejáramos fuera. Y así lo hicimos.
En alguna ocasión acudía con una “amiga” y esperaba nuestro visto bueno ¡cuántas veces le dijimos que no nos gustaba para él y ya no volvía a venir con ella!

Lxs hijxs ya habían salido del colegio, se hicieron mayores, y comenzaron a casarse. Y compartimos también estas alegrías. Cada cual, en su momento, celebró el enlace con un banquete dentro de sus posibilidades. Motivo también para pasarlos bien, para compartir ilusión y alegría. Nos sentíamos fenomenal, éramos AMIGOS. Para lo malo, y para lo bueno.

No había semana que no habláramos por teléfono entre nosotras. No se nos pasaba un santo, un cumpleaños, un acontecimiento nuestro o de nuestrxs hijxs. Siempre había un motivo para comentar, para compartir. Y entre ellas, yo tenía una especial afinidad con A. con quien además, compartíamos temas más profundos, más… espirituales. Realmente la quería, era mi AMIGA.

La última en casarse de la primera tanda de los niñxs, fue mi hija. Ella junto a su pareja, decidieron cuándo, cómo y dónde lo harían. Ellos asumieron todos los gastos. Y ellos invitaron a quien quisieron.
Fue una ceremonia civil en una masía cerca de la ciudad y mi hija y su pareja escogieron estar acompañado por la familia más íntima y, especialmente, por SUS amigos.

Reconozco que me disgusté cuando me dijeron que este grupo de amigos míos no iban a estar invitados, que mis amigos los de la escuela de padres iban a quedarse fuera… pero no tuve más que aceptarlo. Era SU decisión y era SU boda.

Con cierta pena se lo comentamos al grupo y parecieron entenderlo. Aún así, y a los pocos días del acontecimiento, marido y yo los invitamos a comer a un buen restaurante en Valencia para compartir también con ellos la alegría por la boda de nuestra hija. Hablamos de hace nueve años.

Con el paso del tiempo, las salidas se fueron distanciando. No quedábamos tan a menudo… o al menos, yo no me enteraba de ello.

Nuestro amigo el viudo conoció a una mujer con la que entabló una relación seria. Algo increíblemente sorprendente es que esta mujer era una réplica de la que fue su amor de toda la vida, de la que había fallecido. Es como si la Vida la hubiera creado para él. Físicamente y por carácter eran como dos gotas de agua. Tanto, que decidieron casarse. Eso nos lo comunicaron en una cena que hicimos por las navidades.

A lo largo del año siguiente, apenas nos vimos. Las llamadas telefónicas se distanciaron. Apenas una llamada para desear feliz comienzo de año y aunque no tuve nunca motivo de sospecha, no encontraba sentido al por qué este alejamiento…

Y el verano pasado, estando en el pueblo, mi hija me comentó que se había encontrado con el hijo pequeño de nuestro amigo el viudo, que además era compañero de curso de ella. Y le dijo que su padre se había casado y que le había extrañado no vernos en la boda, ya que el resto de amigos sí que estaban…

Marido y yo nos quedamos a cuadros cuando nos lo contó Laura ¿qué había pasado? ¿Por qué nos habían excluido de la celebración? Por más que intentamos encontrar sentido a aquello, no lo pudimos ver. Pensé en llamarle y preguntarle, pero con el razonamiento sereno de marido, decidimos dejarlo estar. Había sido su decisión y aunque no lo entendiéramos, era algo que ya había sucedido.

Pasado el verano, en el que no nos vimos con el grupo, mediante una llamada mi amiga A. nos dice que han quedado para cenar… que si queremos acudir. Marido y yo, como si no supiéramos nada del tema boda, acudimos a la cita. Pero la cena ya no tenía nada que ver con las de antes… se palpaba un silencio extraño, una distancia que no pude entender…

La recién casada pareja estaba feliz, ella comentó en varias ocasiones con el resto de mis amigas, lo bien que lo habían pasado en la boda… algo que francamente me pareció de muy mal gusto pues yo no había estado presente. Aún así, tanto marido como yo no entramos en el tema. Terminamos la velada y volvimos a casa. Pero yo volví realmente muy tocada. No comprendía nada, no sabía por qué…

Así es que esa misma semana llamé por teléfono a A. la que yo había considerado durante tantos años a una de mis mejores amigas. Y le pregunté directamente si ella sabía por qué nos habían dejado al margen durante la celebración matrimonial, durante todo este tiempo…

Menos mal que estaba sentada porque de la impresión las piernas comenzaron a temblarme. Con cierta altivez, algo muy extraño en ella, me dijo que sí, que claro que lo sabía y que en parte había sido por ella ya que el viudo, les había pedido opinión sobre si invitarnos o no, y ella apoyada por el resto de mujeres decidieron que NO lo hiciera.
¿El motivo? Porque no les habíamos invitado a la boda de nuestra hija OCHO años antes. Y no nos lo habían perdonado, a pesar de nuestros razonamientos, a pesar de haberles confesado los motivos…

Mis oídos no daban crédito, una taquicardia apenas me permitía respirar, las lágrimas acudieron a mis ojos y con la voz entrecortada le dije que cómo podían haber estado fingiendo durante tantos años, que cómo no habían tenido el valor de haberlo hablado desde el primer momento,  qué cómo habían permitido que ese hecho tan terrenal, que no dependía de mi voluntad, hubiera echado por tierra la amistad de tantos años…

Me dijo que TODXS estaban muy ofendidos, que se habían planteado no volvernos a llamar nunca, pero que de vez en cuando lo hacían porque les dábamos pena…

Y ya no hemos vuelto a saber nada de ellos. Hace un año… ellos no han llamado, yo tampoco he querido hacerlo.  No hay NADA que compartir ahora.

Estoy escribiendo y aún no puedo evitar que las lágrimas me empañen la visión. Jamás hubiera pensado que esto pudiera suceder. Siempre había pensado que nos queríamos y que nuestra amistad era sincera, especialmente después de haber compartido tantos y tantos momentos de dolor.

Pero no, la vida en ocasiones puede ser cruel y nos pone pruebas para ir superando.
He dicho al principio que no sé porqué me he levantado melancólica y ahora que termino de escribir, le encuentro un sentido. Esto sucedió a finales de septiembre del año pasado y quizás todavía está en ese espacio de tiempo en el que los archivos personales quedan pendientes.

Como comentaba en una de mis anteriores entradas, este blog es mi confesionario. No sé a quien llega pero estoy segura de que a ellos no les va a llegar nunca ya que desconocen mi situación actual, ya que ahora entiendo tantas cosas entre ellas el hecho de que no les haya importado en estos años saber qué hago, saber si estoy bien, en qué me muevo…
Y como confesionario, o como terapeuta virtual, aquí dejo estas palabras liberando este dolor que quiero trascender, porque pasado el tiempo de duelo, ha llegado el momento del borrón y cuenta nueva.

Han sido muchos años de compartir momentos con ellos. Hemos reído y llorado. Hemos aprendido y crecido. Con eso me voy a quedar. Y a pesar de todo, volveré a dar Gracias a la Vida por haberlos puesto en mi camino.




jueves, 11 de septiembre de 2014

CABREO



NO soy pesimista por naturaleza, pero en ocasiones me da el bajón, he de reconocerlo. Quizás porque tengo un puntito idealista y no quiero ver la maldad en las personas. Hoy he tenido unos momentos de sombras a pesar de ser afortunada por muchas cosas. Y es que me voy dando cuenta que, a poco que quite capas, no es oro todo lo que reluce.

Parece que ser solidaria es darlo todo por bueno, parece que cuando una habla y expresa sus sentimientos, sus sensaciones y éstas son opuestas a las de la mayoría, está entrando en un juicio ¡el tan temido! Pero desde que comencé este blog hace casi cuatro años, es un poco como mi confesionario. Escribo lo que me viene, sin saber quien me lee y sin esperar una absolución. Mi deseo AHORA es simplemente verter aquello que me ronda, expresar.   Y punto.

Esta mañana, volviendo de un douleo, en el tren, estaba mirando en facebook a través del teléfono y he leído algo que me ha removido. Cuando he llegado a casa, estaba mi hijo pequeño, Pau, con su novia, María, quienes habían venido a comer con nosotros. Me conocen muy bien ya que disimulo muy mal. Me han preguntado y les he contado.
Les decía yo, que en ocasiones pienso si es que realmente soy tonta o es que las personas honradas no tenemos posibilidades en este mundo donde una parte se aprovecha de la otra parte. Donde se espera sacar tajada… aunque sea a costa de tus amigxs.
Insisto en que trabajando con honradez conseguiremos que se nos reconozca como Doulas. Hago hincapié en que siendo honestas no tendrá nadie nada que reprocharnos. Y aún así, siento que es una batalla perdida, porque tal vez la batalla es solo mía.

Si algo tengo es que soy bastante “larga”, pocas son las cosas que se me caen en saco roto. O quizás es que tengo una facultad especial para “ver”. No sé, en cualquier caso, cuando descubro algo que no me parece ético me entra un rebote que he de digerir…

Y es que las teóricas me las sé todas. Que cada cual es quien es.  Que no se debe de juzgar lo que los demás hacen. Que si algo me rechina es porque es mi espejo (muy discutible esta creencia…) Y bla, bla, bla… teorías, solo son eso. La realidad es bien otra.

La realidad que veo es que vamos empujándonos a codazos, que vamos a quitar el puesto al otro, que nos importa un carajo las situaciones de los demás porque lo que quiero es ganar por encima de todo… prestigio, posición, dinero…

Estoy cabreada, si, lo sé. Y tal vez no debería de escribir en este momento, pero necesito sacar lo que me reconcome y liberarlo, darle rienda suelta y trascenderlo. Porque lo que se queda dentro es lo que duele y no quiero terminar con úlcera de estómago.

Pero en momentos como estos me planteo mandarlo todo a paseo y quedarme a solas, como Doula independiente, sin que se me relacione con nada ni con nadie, ya sea persona, colectivo, asociación o pensamiento.

Me ha costado llegar hasta aquí, tengo poco tiempo para perderme en naderías y cada vez, por ley natural, puede que menos energía para malgastar. 
Y lo bueno –o lo malo- es que me conozco, y cuando algo me ronda…


martes, 9 de septiembre de 2014

Ejerciendo como MADRE. Y como padre.



HOY hace dos años que falleció mi padre y cada vez más me acuerdo de lo que me decía, especialmente de aquellas frases hechas que utilizaba como sentencia y que a mí me daban tanta rabia.  Hoy me acuerdo de ti padre, de cuando me decías… “cuando tú vas, yo he ido y he vuelto”...

Mis padres, creyendo siempre que hacían lo mejor (como todos los padres) y a pesar del sacrificio que supuso en algún momento para ellos, me llevaron a un colegio de monjas del que salí con casi 18 años.  Me considero una mujer muy abierta, liberal, respetuosa, para nada mojigata en temas de sexualidad, tolerante con las opciones de vida que cada cual escoja. Soy una mujer con muchas inquietudes, con curiosidad por un montón de cosas, con ganas de vivir y de aprender… Hago deporte, acudo a Círculos de Mujeres, ayudo a mis hijos cuando lo necesitan, atiendo a mi madre mayor. Soy Doula…
Digo todo esto para manifestar que, a pesar de haber tenido una educación patriarcal y represiva por un padre niño de la guerra, por una madre ama de casa y sumisa, por un colegio de monjas católico y conservadorNO estoy frustrada ante la vida, ni deprimida… ni me considero una desgraciada. Que estoy donde estoy gracias a todo lo que me dieron,  a mi trabajo personal y a la toma de conciencia, a mis elecciones responsables. Porque cada persona es ella y sus circunstancias (¡me encanta esta frase!)

Seguramente, mis padres, cuando yo era pequeña, verían que era una niña lista, inquieta, curiosa, puede que incluso pensaran que era “mala”… Porque yo era una niña que peleaba con mis hermanas cuando jugaba con ellas, que discutía por tonterías cuando éramos adolescentes, porque era respondona y cuestionaba mucho la autoridad…
Mis padres no fueron a talleres para saber manejar nuestros enfados. No acudieron a escuelas de padres. No nos dieron educación sexual ni emocional. Ellos nos enseñaron mayormente con su ejemplo, con su trabajo día a día, con su presencia,  y a pesar de que no lo hicieron todo bien y se equivocaron muchas veces, como TODOS los padres, hoy tienen a tres hijas adultas que se quieren, son amables, amorosas, y son tolerantes y respetuosas con las opciones que cada cual escoja.

Hace unos días, conversando con unas amigas -de esas que generalizan en todo- , les decía que las cosas no son así (hablábamos sobre la vida de la mujer hoy en día) que yo no pensaba ni hacía como ellas comentaban… una me increpó varias veces diciendo que no personalizara, que no hablara por mi… y tal vez tuviera razón pero SOLO puedo hablar de lo que desde mi experiencia conozco.  Aunque esto parece no gustar a personas más jóvenes, ya que en varias ocasiones me lo han echado en cara.   Y no es que me las dé de sabelotodo, no, para nada, sino que vamos a aquello de que el diablo sabe más por viejo que por diablo (que también me lo decía mi padre…).

Estamos en un momento en que parece que no existe un término medio en muchas cosas.  En educación, las corrientes educativas se ven altamente diferenciadas: una educación “con respeto” y la otra, la tradicional, la de toda la vida… que se supone es siempre sin respeto, por lo que se da a entender.  Algo similar en cuanto a escolarización: escuelas libres muy minoritarias y con tasas económicas muy elevadas, escuelas Waldorff y Montessori (también para privilegiados por lo elevado de sus precios), homeschooling… frente a la escolarización tradicional en escuelas públicas y/o privadas.
No voy a ser yo quien diga lo qué es mejor y lo que no es bueno, para ello hay estudios e investigaciones realizados por quien vive de esto. Yo doy mi punto de vista desde fuera, la opinión de una simple mujer, madre y abuela, persona de la calle…  sin emitir juicio hacia quien elige una determinada opción. Porque, insisto, cada cual hace lo que cree mejor para sus hijxs.  Que lo acierte o no… solo el tiempo lo dirá.

Porque ¿acaso tenemos la garantía al cien por cien de que lo que estamos haciendo es lo que nuestrxs hijxs necesitan?  Como adultos, tomamos elecciones hacia un camino o hacia otro, pero no son ellos quienes consciente e informadamente elijen debido a su edad e inexperiencia, y lo hacemos porque los padres somos tutores de lxs hijxs hasta que son capaces de decidir por ellxs mismxs, hasta que tienen edad de ser responsables, al menos, ante la ley…

Cuando se habla constantemente de lo maravilloso que es un hijx de pocos años, de las conversaciones tan lúcidas y los hechos tan responsables, de que todo es tan fácil… cuando se trata de un hijx únicx, en una familia situada bien económicamente, con una vivienda digna y un entorno favorable, con unos padres con formación y tiempo para dedicarle… me parece maravilloso por esa personita, por la suerte que ha tenido de nacer en ese ambiente.  Pero TODXS los niñxs NO están es esas condiciones.

Cuando se habla del amor incondicional que demuestra una criatura de pocos años, del enamoramiento que produce en su madre que, lógicamente,  no ve más allá, sería más sencillo entender que los niños a esa edad y por naturaleza propia, son así. Evidente que cada hijo o hija es especial y único para su madre, pero en ocasiones hay cosas que me hacen saltar una sonrisa… y no precisamente por graciosa, sino porque TODXS los niñxs NO están en esas condiciones.

Hablamos de amamantar, de colechar,  de llevarles en brazos hasta que ellos quieran, de protegerles frente a otros niños de su misma edad cuando discuten en un parque, de que no compartan sus juguetes si no quieren, de que no den besos y abrazos si no les apetece, de que hagan lo que les de la gana. Todo eso está muy bien, yo soy la primera que adoro y respeto a lxs niñxs y no les obligo a hacer cosas… pero de eso a no poner límites en nada, hay una brecha.  Y son muchas las veces que me pregunto si permitir que lxs niñxs en una edad temprana en la que todavía no son capaces de diferenciar hagan lo que realmente les apetece… es educar con amor incondicional… o es tener miedo a decir que NO, a enfrentarse a la PROPIA frustración,  porque todas las cosas que los niños piden no son siempre oportunas, o apropiadas, o saludables…

Y vuelvo a hablar desde mi experiencia. Porque lxs niñxs son unos seres muy inteligentes. Ellos (y me refiero a criaturas mayores de tres años aproximadamente) saben en todo momento en qué entorno están, con quién se pueden mostrar de una forma u otra, a quién le van a sacar una chuche y quién les va a contar el cuento que más les gusta. Porque están conectados a su instinto más primario: al instinto de conservación. Y saben obtener lo que quieren frente a unos padres que se muestran excesivamente… tolerantes. Sea bueno para su crecimiento o no lo sea.

No querer ver ciertas actitudes de los hijxs es engañarse, es pensar en un utópico mundo maravilloso, en un mundo donde lxs pequeñxs son las únicxs protagonistas de la vida de sus padres. Cuántas parejas rotas, cuántas madres y/o padres criando en solitario por no alcanzar acuerdos adecuados para la familia. Cuántos niños que crecen en soledad interior a pesar de escuelas públicas, de educación en casa, de manejo de rabietas, de educación libre, de padres tolerantes y respetuosos… de padres que no están en el lugar que les corresponde.

Me muevo mucho por ahí, hablo con muchas mujeres,  me relaciono con abuelas que crían a sus nietxs y ni todo es tan idílico, ni todo es tan reprimido.   Hay mujeres que han sido educadas de manera represiva y son tan “tolerantes” con sus hijxs que éstos traspasan la línea de la mala educación y lo insoportable.  Madres que han tenido carencia de maternaje y no son capaces de ver que, con su excesiva protección están haciendo hijxs inseguros y dependientes, digan lo que digan algunos estudios de psicología. Porque una cosa es la teoría y otra la realidad en la individualidad de los mortales.

Éste sería un tema interminable, así es que voy a ir concluyendo. Cada persona, cada familia tiene una realidad que ha conformado arreglo a su propia experiencia de infancia.
Cada vez son más las mujeres que NO desean ser madres, opción total y absolutamente respetable, por ello, a menudo me pregunto qué nos lleva a querer tener hijos.
Creo que hacerse cargo de una criatura cuando no se tiene una vida emocional equilibrada, cuando no se tienen las heridas de infancia sanadas (heridas que toda persona tiene, las pueda ver o no), cuando se decide tener hijos porque toca, porque se “pasa el arroz”, porque mi pareja quiere pero yo no… criar hijxs en estas condiciones es una empresa difícil, complicada, porque no se puede dar aquello de lo que se carece.

Lxs hijxs merecen ser acompañadxs por el mejor camino, pero el hecho de que los padres elijamos por ellos no está exento de reveses. Se trata de sortearlos de la mejor manera, sin sentirse culpable y sin culpabilizar, sin exigirse perfección y sin exigirla a los demás.

Cada persona conforma su vida en torno a sus experiencias de infancia principalmente, ya lo he comentado antes.  Querer borrar esa historia para hacer lo diametralmente opuesto puede ser un error. Y desear para lxs hijxs aquello que por circunstancias no obtuvimos ofreciendo todo tipo de capricho y tolerancia, también.

Ser madre, ser padre, ha de ser una actitud en constante revisión teniendo en cuenta la personalidad, la idiosincrasia de cada vástago en particular, por lo que hay que ir ofertando y concediendo en la medida de SU necesidad y demanda,  ajustándose a los tiempos, al crecimiento… ¡cuántos padres frustrados porque no han comprendido y aceptado que, en su proceso interior, aquellas maravillosas pequeñas criaturas razonables y de amor incondicional luego han sido adolescentes rebeldes, jóvenes inmaduros, incluso adultos frustrados…!

Como he dicho al inicio, el diablo sabe más por viejo que por diablo. No, a veces no resulta fácil ejercer de padres, pero ¿acaso he dicho yo que lo fuera?


lunes, 8 de septiembre de 2014

Una relación muy curiosa



Nunca imaginé que un reptil y un pequeño mamífero, un roedor,  llegaran a ser amigos.

Este verano, entre otros habitantes en la casa familiar del pueblo, hemos tenido a mi Filomena (ya os he hablado de ella en otras ocasiones) una chelonoidis carbonaria, tortuga terrestre nativa de las sabanas y los bosques, y a Órnix, la cobaya de mi nieto Adrián.

Evidentemente sus costumbres son muy distintas… aunque no lo son tanto sus alimentos, a juzgar por el descubrimiento que hicimos.

Me llamaba la atención que Filomena terminara tan rápidamente  la comida que le dejábamos: pimiento, pepino, tomate… hasta que me di cuenta de que el buen olfato de Órnix le ponía en alerta enseguida que había alimento fresco en la tierra.

Finalmente, por lo que se puede ver, decidieron compartir la comida. Y se hicieron amigos.

Órnix ya está en casa con sus dueños y Filomena todavía está en la casa del pueblo, en la tierra y en sus escondrijos, hasta que haga un poco más de frío.


Y la verdad –puede que esté sugestionada- es que este fin de semana la he encontrado un poco triste ¿Echará de menos a su amiga la cobaya?