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Este no es un blog de partos, de maternidad o de crianza solamente, sino que parte de mi experiencia de mujer, de lo vivido, de lo sentido, de lo que me llega... para seguir hacia lo que queda por hacer, hacia lo que puedo y quiero realizar.

Mi evolución como mujer que acompaña a otras mujeres, me muestra un camino del que cada día aprendo y gracias al cual mi sentido de la Vida se amplía y evoluciona en una dirección sin retorno.

Por y para las mujeres. Por y para todos los seres. Porque confío y doy Gracias.

lunes, 31 de agosto de 2015

Los niños NO se portan igual cuando NO están sus madres



He tenido la gran suerte de contar con una tribu real durante la crianza de mis hijos, especialmente por parte de mis padres. Poder contar con una casa en un pueblo ha sido importante para todos, para los niños que han crecido y jugado al aire libre durante sus vacaciones, para los abuelos que han disfrutado de ellos, y para mi, su madre, al sentirme segura y tranquila por lo que mis padres, desde su saber y hacer, les ofrecían.

Mi madre ha sido permisiva y tolerante con los niños, en cambio mi padre, fue más gruñón y más “mandón” pero siempre estaba al quite de lo que los chiquillos necesitaban.

Una de las cosas que recuerdo y que me molestaba un montón entonces era que me decían que los niños se portaban mucho mejor cuando nosotros, los papás, no estábamos. Me molestaba mucho, muchísimo. Mis hijos eran unos niños normales, estaban a gusto con sus abuelos, no eran de grandes trastadas…  yo le decía a mi padre que no me lo creía porque mis hijos siempre se portaban bien, conmigo y con ellos. Pero ellos insistían en que no, que cuando llegábamos nosotros, todo cambiaba…

Han tenido que transcurrir muchos años. Mi padre pasó a ser bisabuelo y ya no está entre nosotros, pero mi madre sí que es testigo de cómo son las cosas ahora. Y me dice lo mismo de mis nietos… cuando vienen sus madres, los niños cambian de forma notable. Y lo curioso es que yo ya me había dado cuenta de esa realidad.

Los niños son niños,  necesitan expresar lo que sienten y jugar, y mojarse y ensuciarse, y llorar, y decir que no quieren comer más y que prefieren un helado… para mí todos los niños son buenos, precisamente por eso, porque son niños. No hay más.

Y como la tradición en mi familia es la del apoyo desde la tribu, casi siempre que tengo que echar una mano con los pequeños y no hay nada que me lo impida, lo hago, y me quedo con ellos disfrutando y agotándome, que por eso son críos y están creciendo.
Pero no quiero desviarme, vuelvo a lo que me ocupa. Que los críos cambian cuando están especialmente sus madres, ES UNA REALIDAD. Guste o no guste, sucede así.

Hace poco se ha compartido esta noticia por las redes sociales y el “caralibro” echaba humo. Los padres y madres de crianza respetuosa negaban esta noticia de manera rotunda y con algún comentario muy despectivo. No pretendo entrar en juicios personales pero, irremediablemente me he vuelto a muchos años atrás, a cuando mi padre me decía lo que esta noticia proclama. Y me sonrío. Y me acuerdo de cuando me enfadaba con él y con mi madre. Y vuelvo a la realidad de ahora siendo yo la abuela: mis nietos NO se comportan igual cuando están con nosotros, los abuelos, que cuando están con sus padres, especialmente cuando están con sus madres. Lo digo en voz alta y lo repito tantas veces sea necesario.

No diré que se porten mal porque no lo creo ni lo siento, pero su manera de actuar difiere notoriamente CUANDO ELLAS NO ESTÁN.

Diría que los pequeños están mucho más sueltos, más relajados, van más a su aire, lloran menos (y no porque no sean escuchados…) comen mejor (y no porque se les obligue…) duermen más tranquilos y toda la noche (y no porque se les estiviliza…), en fin, una serie de detalles que yo a su madre le he contado y de lo que ella, es consciente.

No voy a apoyar a pies juntillas lo que dice este informe, pero tampoco voy a decir que no es cierto, le pese a quien le pese.

Una cosa es ser madre y estar inmersa en la crianza de los propios hijos, y otra cosa es estar con ellos desde la figura de abuela o de persona maternante y/o cuidadora.
Los niños son muy inteligentes, ellos saben en cada momento dónde y con quien están y utilizan sus recursos, sus herramientas. A mí me parece genial, eso demuestra que todo marcha bien.

La educación de los niños es cosa de los padres, es su responsabilidad. Los abuelos estamos para echar una mano y cuidar en un momento determinado, pero también tenemos una visión y una experiencia de la que los padres carecen y que, desgraciadamente, en muchas ocasiones se cuestiona y se desprecia. Creo que asumir que la visión es distinta dependiendo de los ojos que miren es signo de inteligencia, de inteligencia de los padres que también están en un proceso de crecimiento y de aprendizaje junto a sus hijos.

El tiempo es el principal testigo de esta evolución y si la Vida lo permite, algún día esos padres de hoy, si son sinceros y humildes, dirán como yo digo ahora: “razón tenía mis padres”.

http://vidacomomama.com/2015/08/estudio-confirma-que-los-los-hijos-se-portan-peor-con-sus-madres/





jueves, 27 de agosto de 2015

Algunas veces me asusto…



Sí. Algunas veces me asusto de lo que siento cuando ciertas personas pasan por mi lado, de lo que me transmiten algunos mensajes que leo por ahí, de lo que veo en ojos que desvían sus miradas, de lo que escucho en palabras que me suenan a truenos…

Durante un tiempo he escrito mucho. En una época en que estaba saliendo de las profundidades, la palabra escrita era una necesidad, era un bálsamo. Ahora, y siendo que mi tiempo está más ocupado, mi mente está más lúcida y mi alma está serena, ya no escribo tanto a no ser que de repente, sienta una necesidad imperiosa de decir algo. Como ahora.

También me sorprendo de lo que en algún momento escribí y al releerlo luego, con el paso del tiempo,  no recuerdo haberlo hecho, no le reconozco la autoría, como si al estar escribiendo entonces me hubieran soplado las palabras al oído.  ¡Ja, ja! tiene gracia porque alguien me dijo que, seguramente, cuando escribía,  “otros” me lo estaban dictando… Yo ahí lo dejo, no quiero averiguar más.

Y me sobrecoge la sensación de sentir extraño el cuerpo frente a algunas cosas que leo por el mundo virtual. Con algunas me veo identificada como si de mí se tratara, y me mimetizo con lo que leo. En otras, es algo más extraño todavía, percibo algo como si no fuera cierto, como si fuera puro drama, teatro o comedia. Como si un gran interés se escondiera tras un halo de aparente bondad y de marketing bien estudiado. Y me asusto como un bebé indefenso  porque es muy real. Es algo que me paraliza y que rápidamente me pide pasar página. No me toca, no es mi vida, no soy quién para decir ni siquiera para sentir nada que no sea mío… ¡pero es que se repite tan a menudo!

Aunque hay ciertas cosas aparentemente inexplicables que me atraen, no quiero pensar en capacidades más allá de lo considerado “normal”, ni en comunicaciones, ni en nada intangible, pero de vez en cuando me pregunto qué narices me pasa.

En este otoño de mi existencia estoy aprendiendo muchas cosas y una de las que más me cuesta es callar… callarme todo esto que percibo, que lo vivo como real y que siento que en demasiadas ocasiones puede perjudicar a otras buenas gentes. Pero como he dicho antes, sé que no me toca, y hago el esfuerzo de aprender ¡siempre aprendiendo! a callar, a separar lo que no es mío, a dejar que cada cual tome sus decisiones caminando y apartando sus propias piedras del camino.


El hormigueo en el plexo solar, el encogimiento de estómago, la aceleración del pulso se repiten ante ciertas situaciones como si del aviso un peligro inminente se tratara. Y no quiero ver más, poco a poco, me alejo… tal vez aún no esté preparada…






domingo, 16 de agosto de 2015

Autoestima y violencia


Esta es la triste realidad: que no cesan los asesinatos de las mujeres de manos de sus parejas. En algunos casos, también son asesinados los hijos en su inocencia. Son sucesos terribles que se siguen ninguneando por una parte de esta sociedad cada vez con menos valores en la que vivimos. Las políticas sociales no están dando buenos resultados y la educación machista sigue estando presente en muchos hogares. Pero no se reconoce. Ni las propias mujeres la reconocen.

Tal vez meta el dedo en la llaga pero creo que es necesario que las mujeres se miren en el espejo y se den cuenta de esos pequeños micromachismos que viven en su cotidianidad sin ser conscientes y que están anulando su personalidad, que están dañando su crecimiento personal y su autoestima.

Cuando hablamos de autoestima, de quererSE, en bastantes ocasiones se confunde el concepto. Porque amarSE no es permitirse todo tipo de caprichos para hacerse agradable a la vista de los demás. Amarse es algo mucho más profundo que va a la raíz de una misma, de lo que se merece por derecho propio por haber nacido persona y en el caso que me ocupa, mujer. No se trata de rodearse de cosas superfluas, de cosmética, de operaciones de estética, de moda pasajera y de personas que te ríen las gracias cuando en el fondo les importas un pito. No. Nada de eso. Amarse es estar bien con una misma por encima de todo.  Y de todos. Con maquillaje y sin él. Con grandes tetas y con poco pecho.  Y para eso no se necesita dinero, es más, para eso apenas se necesitan bienes materiales…

Hablo con conocimiento de causa, no suelo hacerlo de algo que no sepa. Y puesto que estoy en contacto con mujeres jóvenes, he tenido la oportunidad de presenciar situaciones en las que se encubre un tipo de maltrato muy sutil, quizás el peor porque no se ve, pero que va minando poco a poco hasta que una tira la toalla o es carne de cañón para el maltratador que tiene cerca…

Voy a acompañar mis argumentos con algún caso, ya que es la forma más gráfica de poder ver lo que ocurre. He cambiado nombres y datos para guardar la privacidad, pero son reales.

Este es el caso de una chica joven, amiga de una mamá a la que acompañé en su embarazo hace un tiempo. Mi chica, por llamarla de una manera concreta,  me dijo que tenía una amiga embarazada con una situación desesperada. Que si podía hablar con ella… le respondí que por supuesto, pero que fuera ella quien me lo dijera, pues no acudo donde no me llaman.

Concertaron una cena a la que me invitaron. La muchacha en cuestión estaba a mitad de embarazo viviendo una situación de maltrato psicológico por parte de su marido. Además, la madre de él la estaba amenazando con quitarle la niña en cuanto naciera. Me comentó que él la obligaba a prácticas sexuales que ella no quería hacer y que luego la trataba de puta. Que le decía que no valía para nada. Que la llamaba perra, inútil, desgraciada y muchas más palabras denigrantes. Que ella estaba entrando en estado de shock pero que no sabía qué hacer. Y que esta situación no la había hablado con nadie, que su amiga sabía algo pero que toda la parte íntima solo me la había contado a mí… La muchacha comenzó a llorar y yo me quedé alucinada porque estamos hablando de una chica con estudios, con independencia económica. Se trata de una enfermera que no le falta nunca trabajo.
Cuando le pregunté por qué se había casado con él y estaba aguantando esta situación tanto tiempo, me dijo que ella creía que eso era “normal” en la convivencia, que las peleas y todo lo demás formaban parte en la vida de una pareja joven…
No tenía referencias familiares (su madre había fallecido siendo niña) y con su padre y su hermano no hablaba de muchas cosas.
No fue sencillo que se diera cuenta de que no era merecedora de esa vida. Ella misma decía que qué iba a hacer sin él a pesar del miedo que le tenía. Pensaba que cuando naciera la niña él cambiaría.
Me tocó ser realmente dura con ella. Abrirle los ojos y decirle que un maltratador no cambia de la noche a la mañana y que si actuaba así ahora, repetiría su violencia hacia su hija. Que buscara apoyo legal y si era preciso, psicológico, ya que yo en un primer momento podía escucharla pero no soy profesional ni de la psicología ni de las leyes y no podría llegar al fondo de la cuestión.
Intenté hacerle ver que siendo una mujer joven y con trabajo, no necesitaba a nadie para sacar a su niña adelante. Que le quedaba mucha vida por vivir y por disfrutar junto a su pequeña. Que no sería la primera madre ni la única que iba a salir airosa de esta situación. Y que por encima de todo, fuera consciente de que ella NO era merecedora de ese maltrato que algún día podría tener consecuencias lamentables.
La conversación fue tensa, cargada de dolor y de rabia, pero al despedirnos nos dimos un abrazo y tras las lágrimas pude ver una sonrisa de esperanza.
Hoy sé que se ha separado de su marido, que está en manos de abogados, que tiene una niña preciosa, que está trabajando en otra ciudad… y que cada mensaje que él le manda amenazándola o diciéndole las barbaridades que sigue soltándole, ella se las hace llegar a su abogada para evitar que le den a él ningún derecho sobre su hija. Sigue con su miedo porque él es muy violento, pero al menos la esperanza no la pierde y ha recuperado esa autoestima que no tenía después de tantos años de maltrato.

Yo no me relaciono con este tipo de casos, soy doula y acompaño a mujeres en su maternidad, por tanto no es habitual que me encuentre con estas situaciones.
Pero sí puedo ver una especie de maltrato sutil, de ese que comentaba antes que no se ve… que la propia mujer no ve y que sin embargo, quizás desde mi experiencia me hagan sentir que algo está fallando, que algún detalle me muestra que la felicidad no es completa. Pero, vuelvo a comentar, siendo que lo mío es acompañar… “si no está roto, no tengo nada que arreglar” como dice una persona a la que adoro.

Detalles como que una mujer NO quiere que esté su pareja en el nacimiento de su bebé y puesto que él quiere estar por encima de todo, tras un parto que no ha sido como ella esperaba, le queda la rabia por haber cedido a los deseos de él en vez de haber estado acompañada de su madre, de su amiga… o de su doula.

Detalles como que una mujer quiera amamantar a su bebé y puesto que él también quiere colaborar en la crianza, la convence para que le dé biberón y así él también puede participar de la alimentación…

Detalles como que a la hora de dormir, él no consiente que la madre acune a su bebé, o le cuente un cuento y sea él quien, tras cuatro gritos, deje a la criatura llorando hasta que se duerme…

Detalles que tristemente se dan con bastante frecuencia y que desde mi forma de ver esconden una violencia hacia esa madre que desde su instinto sabe qué es lo mejor para su hijo y que su pareja, escondiendo un abuso de poder, hace valer su derecho por ser el padre…

Situaciones en la crianza que se dan con cierta frecuencia porque, a pesar de que hay padres amorosos y empáticos, respetuosos con sus parejas y con sus hijos, también hay de los otros, de los que no lo son porque no lo han vivido, no lo han aprendido. Y su patrón es el poder… y la violencia, aunque “solamente” sea verbal.

En cuanto a la violencia de género, a los asesinatos de mujeres, sé que se están emprendiendo acciones populares para concienciar a la población, a los poderes públicos. Pero creo que se trata de un tema de educación desde la base. Porque difícilmente se sabe respetar si no se ha sido respetado.

Antes de terminar quiero comentar otro ejemplo. Una amiga recién jubilada es infeliz en su matrimonio, desde siempre. Ella ha tenido un buen trabajo y una buena situación económica, en cambio, su lamento y su tristeza es constante. Se siente una desgraciada porque su marido nunca la ha acompañado en nada, son como la noche y el día. No comparten aficiones, no comparten ilusiones,  no comparten… nada. En más de una ocasión le he preguntado por qué no se separaba de él… primero porque los hijos (dos chicos) eran pequeños, luego porque se iban a casar… siempre ha encontrado una excusa para seguir enganchada a esta situación. Hace poco que me la encontré, y al preguntarle me dijo que como siempre “un asco” y le volví a decir ¡pues sepárate, coño, no sé a qué esperas, que aún tienes 66 años! Y me respondió…”no, si yo estoy bien…”

El concepto de estar bien o no estarlo forma parte de cada persona. Si hablo por mí, llevo cuarenta y dos años junto al mismo hombre y cuando me preguntan siempre respondo lo mismo: la libertad con la que yo vivo junto a él, el respeto con que siempre me ha tratado, la forma de comprender y valorar todo lo que hago, ha sido definitivo para que esta pareja funcionara todo este tiempo. Jamás me ha dicho no hagas, no vayas, por qué te vistes así, por qué haces eso… ¡jamás! 
Mi integridad como persona y mi libertad están por encima de todo. Y eso él lo ha sabido siempre. De otra forma hubiera sido imposible la convivencia.

El tema daría para mucho, pero tampoco se trata de sacar un tostón de texto y que nadie lo lea.


Sé que para muchas mujeres no es fácil escapar de las situaciones de angustia y de terror en las que están viviendo. Pero siempre hay un principio en el que la relación ya pinta maneras. Si te controla, si te dice qué debes de hacer y que no, si no “te deja” salir sin que vaya él, si te aleja de tu familia y amigas, si te ridiculiza, si te engaña, si te miente, si te ningunea, si te obliga a prácticas sexuales que tu no quieres hacer, si te grita, si te insulta, si te humilla… NO TE MERECE. Aún estás a tiempo.



miércoles, 12 de agosto de 2015

De grupos y similares en las redes sociales


Me he dado cuenta de que estoy incluida en un montón de grupos de los que se crean a través de Facebook. En algunos, por interés y voluntad propia, me he metido sola. En otros, la mayoría, me han invitado sin darme cuenta.

Hoy tenía un poco de tiempo antes de volverme al pueblo y seguir con la vorágine diaria que supone estar con varios niños, así es que me he puesto a repasarlos y ver realmente qué sentido tiene que permanezca en ellos. Y lo cierto es que he me dado cuenta de que se suele crear un grupo con muy buenas intenciones de trabajo y al final solamente participan los mismos miembros de siempre, mientras que el resto se dedica a publicitar cada cual lo suyo, ya sea personal o ya sea los temas que le interesa, que no quiere decir que sean los de la mayoría de los integrantes…

Así es que como todavía tengo reminiscencias de una educación en la que las cosas se pedían por favor y se daba las gracias, iré despidiéndome de algunos de ellos. Y me he quedaré con unos pocos que considero de más interés para mi, sin menospreciar a quien permanezca en los otros.

Mi tiempo es oro, tengo muchos sitios a los que acudir y aunque reconozco que me atrae mucho el ordenador, tengo que limitar la inversión real del tiempo que ocupo en algo que no me aporta lo que quizás necesite.

También, y siendo sincera, al final en los grupos hay tantas personas –y algunas de ellas con las que no me apetece compartir nada- que voy limitando mis intervenciones hasta que finamente no tengo nada que decir.

Así es que agradezco lo que en estos grupos he sacado de bueno. Las personas con las que he tenido más contacto y con las que he podido compartir algo interesante quedan en un rinconcito de mi ordenador personal, de ese que llevo dentro y que sigue funcionando. Porque quedan en mi mente y algunas, en mi corazón.
Gracias por todo.

martes, 4 de agosto de 2015

Nadar CONTRA corriente



Hace tiempo que me di cuenta de lo difícil que puede ser nadar/andar contra corriente. Pero mi tendencia innata a seguir confiando en que todo el mundo es bueno mientras no se demuestre lo contrario, me impulsa a continuar metiéndome en berenjenales de los que luego, y por esta manía mía de hablar claro y no reír las gracias cuando no las considero tales, termino saliendo mal herida.

Estamos inmersos en una inercia que nos mantiene dentro de determinados grupos, bien por compartir pensamiento, bien por tener las mismas actividades físicas, bien por movernos en un sentir igualitario.

Y todo va bien mientras eres una más. Y mientras acatas el hacer de la mayoría dominante. Y mientras mantienes tu voz en los mismos decibelios que la del resto.

Pero ¿qué pasa cuando manifiestas alguna diferencia de criterio? ¿Qué pasa cuando piensas por tu cuenta e intentas actuar libremente también? ¿Qué pasa cuando tienes diferente visión de las cosas que el resto de los integrantes?

Fácil. Rápidamente eres cuestionada, señalada,  apartada… y todo aquello que en un momento era válido, pasa a ser cuestionado, mirado con lupa e incluso vilipendiado.

Así somos la raza humana, y así nos va.  Parece que aquello de “estás conmigo o estás contra mí” no tiene su justo término medio.

Lo malo de todo esto es que, volviendo al refranero, soy uno de esos animales que tropieza con la misma piedra… a pesar del dolor producido por los golpes, a pesar de los moratones que me recuerdan que ande con pies de plomo. Pero vaya, forma parte de mi naturaleza y andando camino es como aprendo, como crezco. Y si para ello he de pasar por esto de nuevo, será que no he entendido bien la lección…

Continuaré y apartaré las piedras del camino como buenamente pueda. No hay más,  porque no me resigno a conformarme con ser igual al resto. Si he de hablar… hablaré, aunque continúe mi sendero en solitario, pero no diré aquello que no es cierto para mí, aquello que no siento...
Así es y así será.