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Este no es un blog de partos, de maternidad o de crianza solamente, sino que parte de mi experiencia de mujer, de lo vivido, de lo sentido, de lo que me llega... para seguir hacia lo que queda por hacer, hacia lo que puedo y quiero realizar.

Mi evolución como mujer que acompaña a otras mujeres, me muestra un camino del que cada día aprendo y gracias al cual mi sentido de la Vida se amplía y evoluciona en una dirección sin retorno.

Por y para las mujeres. Por y para todos los seres. Porque confío y doy Gracias.

jueves, 17 de septiembre de 2015

NÁUFRAGOS.


Por alguna razón -lo de menos es saber por qué aunque pueda intuirlo- llevo unos días que me viene a la mente esta historia…

“Había una vez, una persona que se estaba ahogando en alta mar (no viene al caso saber cómo había llegado hasta ahí, pero seguro que tiene un motivo). En su desesperación, clamaba al cielo pidiendo ayuda. ¡OH, Dios, sálvame! gritaba…

Y pasó por allí un yate de recreo quien le lanzó una balsa hinchable para que subiera. Pero la rechazó. No, gracias, Dios me salvará… ¡Dios, sálvame! seguía gritando.

Y acertó a sobrevolar el cielo un helicóptero que le lanzó una escalera ¡cógete y te subimos! le dijeron. No, no hace falta, Dios me salvará. Y seguía aclamándose ¡Dios, que me estoy cansando, sálvame!

También pasó un barco mercante quien le lanzó un salvavidas ¡agárrate fuerte y te remolcamos!, le gritaron.  No, de verdad, no es necesario, espero que Dios me salve. Pero sus fuerzas flaqueaban… ¡Dios, que no puedo más, sálvame porque me ahogo!  Y se ahogó.

Cuando subió al cielo estaba muy enfadado con Dios. Al verlo le dijo que era un mentiroso, un traidor, que había confiado en él y lo había dejado morir. Dios, lo miró y le dijo ¿Ah, sí? ¿Crees que no te he enviado ayuda? ¿Y la balsa? ¿Y la escalera? ¿Y el salvavidas? Solamente tenías que haberlos cogido…”

El caso es que esta historia me conecta directamente con una realidad que veo en el día a día. La de las personas que esperan ser salvadas. De lo que sea. Pero por otros, sin tomar cartas en el asunto. O que al menos, se lo pongan fácil, muy fácil…

Quienes me leéis sabréis lo importante que es para mí la honestidad, tanto personal como a nivel de trabajo.  Honestidad con uno mismo para conocer hasta donde llega y qué necesita. Honestidad para darse cuenta de que tal vez no sea capaz de hacer ciertas cosas a solas. Honestidad para reconocer que no pasa nada por pedir ayuda…
Honestidad, también,  por parte de quien se cree que va siendo tabla salvadora. Honestidad para reconocer que nadie salva a nadie y que lo que podemos proporcionar son herramientas. Como la balsa, la escalera, el salvavidas… herramientas para que uno se salve a sí mismo, asumiendo su libre albedrío y su propia responsabilidad.

Y voy a ser un poco más explícita. En el mundo de la maternidad y en el de la búsqueda personal, especialmente,  hay muchas “tablas salvadoras” que lejos de proporcionar herramientas lo que pretender es ser balsa-escalera-salvavidas y todo lo que se pueda, olvidando que tal vez no sea esa su responsabilidad. Ni su tarea.
Y al revés. Personas que se lamentan de que todo va mal, de que su lactancia no va bien, que no consigue superar sus miedos en el embarazo, que no ha sabido elegir a la persona apropiada para que la acompañe en su parto. Que si el colegio de sus hijos no le gusta, que si el pediatra no le convence, que si su peluquera trabaja mal, que su dentista es carísimo…

El caso es que herramientas hay. Y al alcance de cualquiera.

¿Que tienes problemas de lactancia? Acude a un grupo de apoyo, y si no es suficiente busca un profesional que haga una valoración, te informe y te acompañe en la resolución de la situación que te causa el problema. ¿Que no encuentras quien te lo haga gratis? Pues tendrás que recurrir a abonar un servicio a cambio de la calidad que pretendes. ¿O acaso otros profesionales te regalan su trabajo?

¿Que llevas una temporada emocionalmente inestable y quieres solucionar la situación? Seguro que encuentras quien te proporcione esas herramientas que necesitas y que esté a tu lado mientras la utilizas, asegurándose de que lo haces de la forma correcta para no dañarte más.

Intuyo que la historia que os he contado y que martillea mi cabeza,  tiene que ver con esto y mucho más. Parece que en el tiempo que vivimos, en el de las urgencias y las prisas, buscamos quien nos solucione la vida sin mirar cual es nuestra parte de protagonismo, de responsabilidad. Y así, de forma inconsciente (o tal vez no…) nos quedamos enganchadas en el eterno ¿qué puedo hacer?, entrando en un bucle de mal-estar, de mal humor, de insatisfacción, de frustración que va minando nuestra autoestima. Y nuestra salud.


Abrir los ojos y sentir para poder ver que, en todo momento hay señales y se nos brindan herramientas para que seamos nosotros quienes salvemos nuestras vidas. Pero hay que mojarse, y agarrarse a la balsa, a la escalera, a al salvavidas…  o de lo contrario, seremos náufragos eternos. Hasta que llegue un día en que nos ahoguemos…

Con Amor.




sábado, 12 de septiembre de 2015

Dolor. Dolor profundo.


He oído decir que el corazón, con la edad, se endurece. Pues creo que hasta en eso soy bicho raro porque según mis años pasan, el mío se reblandece más. Y cada vez soporto menos el dolor ajeno, aprendiendo a convivir con el propio, que ya es bastante.

Apenas veo televisión, lo he comentado varias veces. Solo me gusta el buen cine y sin cortes publicitarios. No me gustan los programas de cotilleo, no me gustan los magacines de moda, no me gustan los concursos (excepto “Saber y Ganar” que lo sigo desde que comenzó…) y desde hace un tiempo no veo las noticias pues realmente son exageradas unas y manipuladas otras. Las ciertas, las reales… son deprimentes. Y necesito protegerme evitando ver a niños muertos en el agua como consecuencia de guerras inútiles que interesan a unos cuantos.
No, aunque llore hacia dentro frente a tanta barbarie, aunque me sorba los mocos por el soponcio al ver las pateras llegando con cadáveres de jóvenes muertos, aunque se me encoja el alma al ver las interminables marchas de refugiados, me niego a ver lo que no puedo evitar. Al menos en semejantes proporciones.

Y digo que se me reblandece el corazón porque hay otra cosa que cada vez soporto peor y es el maltrato en los niños.
Aunque hay personas que viven en su burbuja de crianza respetuosa y no conciben que haya otra forma de criar, yo sé que la hay. Y la veo. Y me muero de dolor, de tristeza y de rabia también, por qué no decirlo. Y me enfado porque no puedo hacer nada. Porque tras cada padre o madre violento, hay una historia de violencia, hay una infancia de malos tratos. Y los patrones se repiten. Porque para no repetirlos, hay que tener plena conciencia de lo que se ha sufrido de niño, de adolescente, y plantarle cara. Y reconocer el dolor. Y querer curarlo. Y querer sanarlo para no hacer lo mismo con los hijos. Porque de lo contrario, consciente o inconscientemente, los patrones tienden a repetirse.
Hace años que esto lo tengo claro. Porque lo he experimentado…

Hace un rato y dándole vuelta a este tema, me he ido a cuando yo tenía nueve años. Y a la paliza que me dio mi padre. Bofetadas y palmadas al culo, alguna que otra me daban. Pero palizas de no poder ir al colegio al día siguiente, “solamente” fue una.

Yo tenía nueve años y mi hermana seis. Mis padres nunca nos compraban nada que ellos consideraran capricho. Ni un caramelo.
En el colegio, todas las niñas llevaban sidral (hoy le llaman pica-pica)  una magnesia efervescente con sabor a naranja o a limón. Iba en un tubito de cartón y se chupaba con un puro-moro, o palo de regaliz negra. Mi hermana y yo, nunca tomábamos chucherías y veíamos a todas las niñas con las suyas.
Una tarde, al volver del colegio, cogí una moneda de 0,10 céntimos (de los de hace 54 años) de la cartera de mi madre que estaba encima del banco de la cocina y me bajé con mi hermana a jugar a la calle (antes los niños jugábamos en la calle…). Y me fui al quiosco y compré un sidral y un puro-moro para cada una ¡Más felices que nadie estábamos las dos!

Mi madre se lo contaba todo, absolutamente todo lo que hacíamos a mi padre (otro temita a tratar…). Debió de haberme visto coger la moneda y se lo dijo cuando volvió de trabajar. La paliza a los gritos de ¡ladrona! fue impresionante.  Mi hermana se escondió en otra habitación. Mi madre estaba presente. Mi padre dándome en la cara, en la cabeza, en el culo… y yo llorando sin entender nada, absolutamente nada. Me dolió muchísimo, se me hincharon los ojos de tanto llorar, tenía las mejillas rojas de las bofetadas.  Pero hubo algo que me dolió más todavía: que mi madre estuviera callada, mirando, sin decir nada en mi favor, sin evitar un golpe.
Hace un rato lloraba al recordarlo, ahora tengo los ojos secos…

Durante muchos años no comprendí la importancia de coger una moneda de la cartera de mi madre. Nunca he pensado que eso fuera “robar” ni que yo fuera una ladrona, como me decía mi padre. Pensé que era un castigo desmesurado, desproporcionado. Pensé que mis padres nunca entendieron el sentir de una niña distinta a las demás de su clase, una niña que por entonces siempre recibía un “no” a sus pocas demandas.
Años más tarde, llegué a comprender esta reacción de mi padre. Supe que fue consecuencia de una infancia muy dura, reprimida como niño de la guerra, en la que él iba a robar comida para que sus padres y hermanos pudieran comer y que como agradecimiento, su padre le pegaba y le llamaba “ladrón”…

Crecí jurándome que nunca pegaría a mis hijos. Nunca. Ni una bofetada. Ni una palmada en el culo. Sin embargo…

Mi segundo hijo tenía cinco años. Habíamos ido al colegio a por su hermana, era por Navidades y en la tele hacían unos dibujos que le encantaban. Como buen Tauro era un niño tozudo, yo era de darle mil razonamientos. Se quería marchar a casa y le dije que no podía ser, que su hermana estaba a punto de salir. Cuando me di cuenta, mi hijo no estaba en el hall del colegio. Ni en el gimnasio. Ni en el patio… había desaparecido. Todas las personas que estábamos allí comenzamos a buscarlo. Era de noche y en un solar había unos cacharros de feria. Los busqué como loca, nerviosa, asustada. Desde el colegio llamé a la policía y me dijeron que era demasiado pronto que tenían que transcurrir nosecuantas horas para que lo buscaran. Y me fui casa desesperada. Al llegar, la vecina de enfrente me abrió la puerta y me dijo “tu hijo está aquí viendo dibujitos”. Y le pegué. En el culo. Llorando, gritando, fuera de mí. Él me miraba asombrado preguntándose qué había hecho. Lloraba asustado también. Entramos en casa, nos calmamos, lo abracé, le pedí perdón. Y lloré, lloré mucho. Aún lloro cuando lo pienso…
De otra manera, había repetido el patrón de mi padre. Y comencé a ser consciente de todo cuanto yo había pasado para NO repetirlo nunca jamás.

Porque enfrentarse al dolor de lo ocurrido es la única forma de no repetir el patrón de lo aprendido.

Estamos viviendo una época de violencia extrema. Padres que educan a base de gritos, chantajes, amenazas y golpes. Jóvenes que han perdido una serie de valores que antes eran importantes. La violencia juvenil está en aumento. Violaciones y palizas a los propios padres que se repiten con una frecuencia espantosa.
¿Habrán sido niños víctimas de malos tratos? ¿Habrán sido adultos que de pequeños han carecido de lo más vital en la primera infancia? ¿Habrán tenido padres que habrán confundido lo más vital con cubrir vacíos a base de cosas materiales? Tantas y tantas preguntas, todas ellas con una respuesta, que sería motivo de una investigación. 

Y volviendo a mis nueve años, yo habría necesitado unos padres comprensivos que jugaran conmigo, que escucharan lo que tuviera que decirles, que permanecieran a mi lado pacientes... hiciera lo que hiciera.  No hay nada más satisfactorio y necesario para un niño que tener a unos padres presentes, amorosos, comprensivos. De nada sirven promesas no cumplidas,  que les lleven a inglés, o al mejor colegio. Y que les monten una habitación preciosa con su TV y su ordenador. O que les compren una bicicleta o una casita de muñecas. De nada sirve si no reciben amor incondicional, sean como sean, hagan lo que hagan. Aunque no se acuerden de lavarse las manos a la hora de comer. Aunque se les olvide cepillarse los dientes. O aunque se les vaya el santo al cielo a la hora de vestirse para ir al colegio.

Los niños necesitan referentes amables, equilibrados, pacientes. Porque son SUS referencias, no otras. Los niños son fiel reflejo de lo que son los padres y creo que, por encima de todo, es donde más se debe de invertir. En ello va su futuro y su felicidad.
Todo tiene su momento. Luego, los llantos y los lamentos son los restos del naufragio.




lunes, 7 de septiembre de 2015

Lo que YO hago (como Doula)


 Hace poco, una chica en su séptimo mes de gestación, me comentaba que estando en la piscina escuchaba la conversación de una embarazada con otra persona. “La Doula te congela el cordón de tu bebé y la placenta,  y luego te lo hace comer. A mí no me van a convencer las naturistas esas para que dé a luz sin epidural porque quiero que me la pongan enseguida para no enterarme de nada…”  Desde luego no tenía ni puñetera idea de quien es una Doula y de lo que hace. Mi amiga embarazada no dijo nada. Ella y su marido, simplemente,  se rieron…

La verdad es que no hay por qué saber qué hacemos, a qué nos dedicamos, sobre todo si una persona no está en este mundo de la maternidad. Además, con la información falsa y tan desinformada que dan los medios y otras entidades de más rigor, no es fácil saberlo a ciencia cierta.

Yo lo he dicho cienes y cienes de veces. En charlas, en la radio, en grupos de facebook, en periódicos, en  la TV local, en diversos blogs, pero especialmente en este mío. Quien no se entera, es porque no le interesa o porque no quiere. Y no pasa nada, como yo no sé de muchísimas cosas. Está bien.

Sin embargo, hay que hablar muy claro  porque aún se siguen confundiendo términos en este ambiente de crianza. Sigo viendo comentarios e informaciones erróneas. Y voy a aclararlo por enésima vez. Pero ya no voy a hablar de qué hacen las doulas, sino de qué YO (no)HAGO.

La definición de Doula, por sí, está bastante clara “mujer, preferentemente madre,  que acompaña emocionalmente a otra mujer en procesos de maternidad, especialmente embarazo, parto, posparto, lactancia…” ¿Está claro?  Pues parece que no… a pesar de la sencillez que muestra la explicación.

Vamos allá. Las veces que acompaño a una mujer (menos de las que me gustaría, la verdad sea dicha…)  solemos comenzar hacia mitad del embarazo. Con algunas también estoy en el parto. Con otras incluso en el posparto y lactancia. Durante este tiempo y puesto que lo mío es un acompañamiento emocional, básicamente escucho sus dudas y sus miedos si los tienen, les proporciono bienestar logístico y herramientas para que sepan manejarse en sus emociones, atiendo a sus preguntas aportando la información que me piden, pero nunca les digo qué han de hacer, cuáles elecciones tomar. Como mucho, vemos opciones y son ellas las que escogen la mejor arreglo a sus posibilidades familiares, económicas y de apetencias personales.

Por citar un ejemplo, si me pregunta qué ha de comer le digo ¡lo que quieras! Faltaría más que yo, una mujer preparada para acompañar emocionalmente a otra,  le diga si ha de comer carne o pescado, o verduras o garbanzos. Le digo que coman sano y equilibrado dentro de sus costumbres. Y punto. Si alguna tiene especial interés en que se le aconseje en el tema de nutrición, directamente derivo al personal competente en esta materia.

Si hablamos sobre parto, inevitablemente sale el tema de la epidural… y por supuesto que tengo mucha información respecto a esta anestesia. Y conozco sus efectos secundarios. Y sé lo supone un parto natural para la madre y el bebe, pero puesto que lo mío es el acompañamiento emocional, le pasaré a la mujer la información y decida lo que decida, yo estaré con ella. Como si se trata de acompañar en una cesárea. Como si durante el parto cambia de opinión  ante la idea de un parto no medicalizado… ¿Quién soy yo para decirle que no se ponga la epidural si decide que está agotada y no puede más? ¿Ella es peor madre por utilizarla? ¿Soy yo peor Doula por eso? ¿O quiero tomar responsabilidades que no me pertenecen en la vida de los demás?

Con el tema de amamantar o no hacerlo, sucede parte de lo mismo ¡Por supuesto que estoy convencida de que lo mejor es la leche materna, por muchas y variadas razones! Pero cada madre elige desde su circunstancia, con la información que tiene y/o que yo le transmito obtenida a través de varias fuentes absolutamente fiables,  y si a pesar de todo, por la circunstancia que sea y que no me corresponde ni cambiar ni analizar, puesto que lo mío es el acompañamiento emocional, decide alimentar a su bebé con biberón y leche de fórmula ¿seré mejor Doula si la dejo sola y no la acompaño?

Y si se trata de hacer ejercicio idem de lo mismo. ¿Cómo se me va a ocurrir decirle a una madre que haga determinado ejercicio si no le gusta, no le apetece, le para lejos de su casa o le resulta caro? Evidentemente hay prácticas que no son apropiadas, no se me ocurrirá decir que practiquen hípica o puenting, (aunque tal vez no sea perjudicial, ¡yoquésé! ), sin embargo se me ocurre decirle que, dentro de la gama de deportes practicables que no son agresivos y que, principalmente van a potenciar sus endorfinas, haga lo que, simplemente, le apetezca. Como si solamente le atrae caminar…

Por último y para no ser muy rollera, podría entrar en el tema de la crianza… respetuosa. Este asunto es algo peligroso, ya lo hemos comentado en un grupo en el que estoy y en el que me siento muy integrada. Lactancia prolongada, colechar, portear, alimentación complementaria baby-led-weaning… no escolarización, no vacunas, no… no…  ¿es cosa de una Doula decirle a los padres qué han de hacer con sus hijos? Yo acompaño emocionalmente y si me preguntan sobre ciertos temas, remito a páginas, a grupos, a personas especializadas donde van a obtener la información y apoyo que ellos necesitan…

Podría estar dando razonamientos en los que estoy convencida cuál ha de ser mi actuación en base a esta profesión. Porque para el acompañamiento emocional es básico tener información y formación… emocional, especialmente respecto a una misma para poder acompañar a los demás.  Profunda. Constante. Actualizada. De buenas fuentes, de la mano de buenos profesionales… Lo demás pertenece al ámbito privado de cada familia. Capici?

Cada mujer, cada familia tiene una formación, una historia y unas costumbres aprendidas, heredadas,  por las que, normalmente, se rige.   Y a la Doula no le toca cambiarlas. Si es la familia quien decide hacer cambios en su vida, ¡adelante! A ellos les corresponde y si piden que la Doula acompañe… pues eso, acompaña.
O sea, que ESTÁ junto a ellos, a su lado escuchando, conteniendo, apoyando… decidan lo que decidan.

Ese tipo de Doula soy yo. Más claro, agua.