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Este no es un blog de partos, de maternidad o de crianza solamente, sino que parte de mi experiencia de mujer, de lo vivido, de lo sentido, de lo que me llega... para seguir hacia lo que queda por hacer, hacia lo que puedo y quiero realizar.

Mi evolución como mujer que acompaña a otras mujeres, me muestra un camino del que cada día aprendo y gracias al cual mi sentido de la Vida se amplía y evoluciona en una dirección sin retorno.

Por y para las mujeres. Por y para todos los seres. Porque confío y doy Gracias.

viernes, 29 de abril de 2016

Acompañar una cesárea programada



Cuando me contactó buscaba una Doula que la acompañara en su próxima cesárea programada. El motivo era que ya tenía una cesárea anterior y además, contaba con una gran herida emocional por una lactancia no conseguida. Y esto era lo que ante todo quería alcanzar en esta ocasión: amamantar a su hija.

Al conocernos me pareció un ángel. Dulce, risueña, serena y amable. Me contó con todo detalle qué había sucedido para que su lactancia se fuera al traste por motivos ajenos a su voluntad. En este nuevo embarazo no le iba a pasar lo mismo y para ello ya estaba tomando medidas.

Así es que tras hablar con ella un rato y sentirla, le dije que sí, que estaría con ella de la forma que necesitara. Y quedamos para que su marido me conociera. Y yo conocerlo a él.

En este segundo encuentro ultimamos los detalles del acompañamiento. Estaba muy claro que sería cesárea pues no hubo interés en saber más a pesar de que les insinué que había más opciones frente a la programación de una cirugía.

Querían que estuviera en el hospital cuando a ella la sacaran de quirófano y que no me separara hasta que la niña estuviera bien agarrada a su pecho. Ese fue el trato.

El día 5 de agosto, poco antes de su fecha programada,  me llamó su marido. Había empezado con contracciones y estaban muy contentos pues la niña había decidido que quería nacer. Pero en poco más de 30 minutos me volvió a llamar para decirme que la entraban a quirófano. Y salí zumbando del pueblo donde me encontraba de vacaciones.

Tardé en llegar 40 minutos y allí estaba el marido, los padres de ella y su hermana, en la sala de espera. Y muy nerviosos pues nadie les había dado información desde que la habían entrado. Así es que me acerqué a pedirla al primer sanitario que vi salir de quirófano. ¡Estas personas necesitaban saber algo de sus seres queridos!

La niña ya estaba fuera del vientre y la mamá estaba bien, fue toda la información que recibí y que ellos también escucharon.

En pocos minutos salió la mamá en la camilla y su bebé encima de ella, con su gorrito y sus manoplas, toda vestidita. Preciosa. Y piel con piel, según la matrona que la acompañaba.

Salió el ginecólogo que la había operado y dijo “menos mal que le hemos hecho cesárea porque su útero se ha roto como yo me temía”.

Quiero añadir que transmito los hechos tal y como ocurrieron, sin más detalle ni juicio.

Subimos todos a la habitación y tras unos momentos, la familia se marchó quedándonos el marido y yo con ella y la niña, tal y como habíamos acordado.

Lo primero que hice y con su permiso fue quitarle toda la ropita y poner a la pequeñina piel con piel, desnudita, encima de los pechos de su madre también desnudos.

Y empezó a olisquear a su madre, a cabecear, a chuparse las manitas… hasta que encontró el pezón. Y se le agarró ¡en menos de una hora!. Recuerdo las lágrimas de la mamá y la cara del padre. Mi emoción también estaba rondando pero era momento de contener…

Me quedé a dormir con ellos en la habitación del hospital, a lo largo de toda la noche iba cambiando a la niña de pecho sucesivamente. La madre la tenía en un abrazo continuo, cálido,  amoroso y lleno de oxitocina.

A la mañana siguiente fui a casa a cambiarme de ropa y volví al hospital a estar con ellas. Al anochecer ya me fui a mi casa. Y volví a verlas a los tres días pero en esta ocasión, en su hogar.

Manteníamos el contacto y supe que comenzaron algunos problemas de lactancia e inmediatamente la derivé a una IBCLC (mi hija) quien siguió con ella hasta conseguir una lactancia exclusiva y satisfactoria después de solucionar las dificultadas que surgieron.

Estos son, a grandes rasgos, unos momentos muy emocionantes y ejemplares para mí por el tesón de una madre al querer amamantar a su hija por encima de todo. Ella lo necesitaba, no estaba dispuesta a pasar por otra depresión pos parto.  Y yo la acompañé sin condiciones.

Esta niña nació un 5 de agosto y ese día era el cumpleaños de mi nieta Naia. Su madre –mi hija- le explicó que la yaya no podía estar en su fiesta porque estaba con otra nena que terminaba de nacer. Así es que este es otro motivo más para tener archivado en mi corazón este día en que Loli comenzó a cambiar su vida.

Hoy he recibido esta carta. Estaba comiendo con unas amigas y las lágrimas me rodaban por las mejillas ¡Qué alegría saber de ella! ¡Qué felicidad por saber que mi granito de arena sirvió para algo!

Gracias Loli, eres un ángel, al principio lo he dicho. Gracias por permitirme estar a tu lado en esos momentos preciosos. Y gracias por tu testimonio y por tu voluntad de que sea compartido.

Que la Vida os bendiga,  a ti y a los hijos que de tu vientre fueron sacados.


“Querida Concha, han pasado casi nueve meses desde que mi niña nació y como soy una tardona no me he sentado antes para poder darte las gracias. Y son unas gracias muy grandes, porque el escenario no podía ser peor, una cesárea con rotura de útero, y sin embargo trajiste calma, tranquilidad y seguridad, no sólo a mí, sino también a mi familia.

Aún no sé cómo paraste los temblores de la anestesia, que no me dejaban abrazar a mi bebé, y antes de una hora ya la tenía agarrada al pecho gracias a tu ayuda. No podía creérmelo, la tan deseada lactancia iba a ser real, después del fracaso con mi primer hijo. Pude disfrutar de mi niña de tal forma que recuerdo con cariño la estancia en el hospital (y casi me sorprendo, teniendo en cuenta todas las sondas, el dolor y los pinchazos continuos). Pero es que estabas allí, apoyándome, dándome tranquilidad, orientándonos con mi niña, dándome la seguridad de que tanto ella como yo estábamos en las mejores manos posibles...


Mil gracias Concha por este regalo tan precioso. Ojalá te hubiera encontrado para el nacimiento de mi primer hijo, tantísimas cosas salieron mal, y hubiera sido tan fácil evitarlas contigo cerca..., esta vez me he vuelto a quedar sin saber lo que es parir, pero gracias a ti he experimentado el nacimiento de mi hija como no habría soñado. Gracias, gracias, gracias” 




miércoles, 27 de abril de 2016

Empoderar (dar el poder)



Tal vez esté equivocada pero me cuesta creer que una persona se empodera por lo que otra u otras le hacen creer.  Creo que el empoderamiento, de lo que últimamente se habla mucho, es algo que nace desde el interior, desde las entrañas y que se consigue a base de un trabajo personal profundo y constante.

Esta mañana pensaba en una de las mamás que he acompañado en su embarazo y parto. Ella es para mí la representación de una mujer empoderada.  Y la he llamado para decirle cuántas veces me sirve de ejemplo y lo agradecida que estoy por lo que me ha compartido,  y por sentirla y tenerla cercana.

Cuando una persona tiene una historia personal de ausencia de cariño en su infancia, de amor en su vida, de respeto y tolerancia… Cuando sus días han transcurrido en soledad y sin ejemplos positivos de los que aprender… Cuando sus relaciones personales se construyen a base de castillos de naipes… Cuando ha habido mal trato e incluso abuso del tipo que sea… tantas y tantas circunstancias que conforman la vida de un ser humano, de nada sirve hacerle creer que es una diosa, que confíe, que ella tiene el poder. El peso que lleva encima y el lastre que arrastra tienen mucha más fuerza que lo que se le pueda decir en una preparación al parto,  en una sesión de hipnoparto o en una de douleo. Al menos y siempre desde mi experiencia, así lo constato.

No negaré que toda piedra hace pared y que está bien proporcionar ese tipo de mensaje positivo, sin embargo, cuando una mochila está muy cargada, tanto que rebosa,  no cabe nada más por muy bonito que lo queramos vender.

El empoderamiento viene desde un trabajo interior y en ocasiones, es imprescindible una ayuda externa cualificada que utilice no solo palabras agradables o lisonjeras, sino técnicas y trabajos para ir desalojando esa mochila de una forma progresiva, definitiva y lo menos dolorosa posible.
Empoderar,  para mí, no es dar a alguien un poder que no se sabe manejar porque no viene desde dentro.

Empoderar es estar,  y desde la más absoluta sinceridad, acompañar en el camino que ese ser está transitando. También informar y proporcionar las herramientas que se solicitan sin ofrecer nada que no pueda ser digerido, abrir ventanas muy poco a poco para que vaya entrando la luz y no forzar ningún camino que no sea el propio.
Porque luego vienen los batacazos, las frustraciones, las caídas y ese empoderamiento construido en el aire se va al traste.

Como he dicho al principio, tal vez sea yo la que necesita revisar estos conceptos, tal vez esté equivocada, todo es posible a pesar de que la experiencia del día a día me muestre esta realidad que siento e expongo ahora.

Namaste.


jueves, 21 de abril de 2016

Morir en vida. Despedidas tempranas.


Una cosa es la aceptación a un proceso de muerte natural porque ha llegado la hora de partir y otra es aceptar algo que la Vida roba en momentos todavía de plenitud. O al menos así lo siento yo. Y así lo integro.

Ahora, en este momento, estoy llorando a moco tendido. Hoy he vuelto a conectar con la muerte. La de un ser querido. Y no me apena tanto el hecho de morir en sí, pues lo interpreto como una liberación tras un proceso de enfermedad,  como el ver el anuncio de la muerte inminente. Y sentirlo. Y dolerlo como algo irreversible.

Mi primera experiencia consciente y vívida se remonta a 36 años atrás.  Era un hermano de mi padre al que quería mucho y cuya hija además de prima siempre ha sido amiga. Se le manifestó un dolor en un costado. Y le abrieron para ver qué había. Mi amiga-prima me llamó y dijo que lo habían vuelto a cerrar. No se podía hacer nada. El cáncer originado en el pulmón estaba muy extendido.  Yo estaba embarazada. Y lloré mucho. Sentí que se iba, lo supe, lo vi. Mi tío murió cuando mi hijo tenía 17 días.

La siguiente experiencia fue con mi abuela materna. Le diagnosticaron un cáncer de cérvix. Estuvo en casa de mi madre hasta que fue necesario hospitalizarla. Mi madre iba todos los días a estar con ella.  Yo la llevaba con mi coche pues estaba en un sanatorio en el campo, alejada de la ciudad. Uno de los días, al acercarme a despedirme, sentí que no la vería más. Algo me dijo que sería la última vez que la vería con vida. Y me despedí de ella. Y lloré entonces, más que cuando murió al día siguiente.

Hubo una persona en mi vida que siempre me trató como igual, a pesar de ser una adolescente inconformista, a pesar de ser una joven respondona. Era el marido de la hermana de mi madre. Mi tío. Nos unía el amor al monte, a los Beatles, a los bichos, a los bonsáis, a las mariposas… Y también enfermó. Un maldito y veloz cáncer se hizo con él. Me llamó mi hermana y me dijo que si quería verlo con vida fuera pronto a Barcelona. Y allí que me fui, a despedirme. Cuando lo vi en el hospital, apenas pudo hablar sin embargo aún me dijo que todos sus bonsáis serían para mí.  Supe que se iba. Al salir de la habitación lloré amargamente mi despedida. No lo volví a ver con vida.

Tenía una amiga. Éramos cinco, con nuestras parejas. Habíamos compartido mucho, especialmente buenos momentos y risas. También enfermó. Un cáncer de mama la llevó a un proceso que la sumió en una amarga tristeza. En el tramo final no quiso vernos. Solamente teníamos noticias a través del marido.
Pero el proceso fue largo y duro. El  marido y los hijos estaban desolados. Y nos pidieron ayuda habiéndole preguntado a ella si le apetecía que fuéramos a cuidarla. En su agotada soledad dijo que sí. Y establecimos unos turnos para su cuidado.
Un viernes por la tarde fuimos otra amiga y yo a pasar la tarde con ella en el hospital. Sus ojos cerrados, su habla callada. Me despedí de ella hasta el lunes pero antes le dije que había llegado su momento de partir, que no se resistiera más, que su marido y sus hijos iban a estar bien.  Unas lágrimas rodaron por sus mejillas.
Ese domingo yo estaba de excursión. A las diez de la mañana comencé a llorar desconsoladamente. Había algo inexplicable que me oprimía el corazón, la garganta.  Me quedé sola llorando un rato. Conecté con ella, sentí que mi amiga se iba.
Cuando llegué a casa y llamé a mis amigas me dijeron que había fallecido. A las diez de la mañana.  Ya no me quedaban lágrimas.

Uno de los procesos más duros ha sido el de la hermana de mi madre, una mujer a la que adoraba, era como mi segunda madre. Ya he hablado de ella en anteriores ocasiones. Vivía en Barcelona.
También le diagnosticaron un cáncer de mama. Luchó con todas sus fuerzas. Callada. Sin quejarse. Como que no pasaba nada. Siempre protegiendo a sus hijos. Pero el cáncer avanzaba sin piedad.
Decidí que iba a pasar una semana con ella antes de que perdiera todo su aliento. Y lo hice.
Fue una semana muy dura, día a día perdía fuerzas aunque mostraba esperanza de mejorar (supe que lo hacía por darme ánimos…)
Le gustaba mucho la plata y las piedras, especialmente los anillos. Un día me saco su cajita y dijo que eligiera alguno, el que más me gustara… lo sentí como una despedida.
Pasada la semana volví a Valencia y pasé todo el viaje llorando. Una enorme congoja se había apoderado de mí, sentía que no la volvería a ver viva. Y así fue. Murió dos meses después.

Por edad y por circunstancias he asistido a muchos entierros. Y tal vez haya sido la aceptación lo que me haya ayudado a estar en esos momentos junto a las familias.
Sin embargo, como he dicho antes, hay un momento en el que conecto con esa muerte inminente, con ese día que llegará y es entonces cuando me hincho a llorar sin poder evitarlo.

Termino de escribir estas palabras y todavía no paran de salirme las lágrimas. Siento que he de escribir, soltar, decírselo al Universo… o a quien lleguen estos lamentos.

Estoy triste, si. Mi cuñado, el tío de mis hijos, el padre de mis sobrinas se irá en breve. Y me dolerá. De hecho ya me duele… y dudo que cuando llegue su hora lo llore tanto como en este momento...



                                                             



miércoles, 20 de abril de 2016

SATURACIÓN





Me saturan las (malas) noticias que se escuchan por la radio, que se emiten por televisión. Good news, no news, dicen los periodistas. Las redes sociales me saturan también. Me satura tanto negocio, tanta lucha para conseguir propósitos lucrativos básicamente personales, tanto yo, tanto ego en pedestal…

Me interesan las personas, los hombres buenos, las mujeres y sus crías. Por encima de todo. Me interesa su bienestar, el que ELLAS elijan, aunque no sea el mismo según mi criterio. Me interesa ESTAR y brindar y compartir lo poco que tengo, lo que apenas sé… desde mi trabajo de hormiga, sin lucha. Y sin intereses más allá de lo digno.

Me satura el supuesto respeto y la supuesta educación respetuosa. Algo que no concibo desde el ataque irreverente a quien no piensa de la misma forma en cualquier ámbito de su vida.

Me satura y me vuelve a saturar ver tanta loba con piel de cordera.

Mi padre decía que no se conoce a una persona hasta que no se ha comido sopas con ella. Por eso me saturo todavía más, porque hay con quien casi he comido sopas. Y con quien sí he comido.

Me satura la negatividad constante, las imágenes dolientes sin ninguna justificación y las palabras hirientes. Me satura el morbo.

Porque hay mucho de lo que disfrutar en la vida creo en la bondad, creo en el amor y en la paz. En las personas libres y generosas. En quien da a cambio de nada y en quien recibe “ciento por uno” a cambio de poco.

Todo lo otro (lo del lado oscuro) no lo negaré, pero tampoco le daré mi fuerza. No. No haré la bola más grande. Bastante se está lamentando nuestra Madre Tierra para que le mande más energía negativa. Bastante se lamenta nuestra Pachamama por tanto despropósito y avaricia. No le aportaré ni un mínimo haz de mi pequeña luz.

Estoy saturada y me duele el alma. Y a veces el estómago. Necesito alejarme. Quedo disponible para quien acuda a mí desde el amor y la verdad, desde la humildad y la llamada incondicional. Necesito reponerme. Necesito recargar mis energías agotadas frente a tanta tristeza.

Si, decididamente necesito desconectar por un tiempo. 



viernes, 15 de abril de 2016

Esas madres que no hablan...


Durante años, el hecho de ser madre se ha rodeado de un halo de sacrificios y renuncias. Las mujeres-madres no han tenido vida propia, su vida ha sido la de sus hijos. Y la de su marido en muchos casos.

Tener hijos ha implicado renunciar el trabajo fuera de casa -quien lo tuviera- y dejar de ser una misma, abandonando a las amigas,  las salidas y tertulias.  Los hijos han sido centro absoluto de atención. Y más renuncias.

Y no ha existido siquiera el derecho al pataleo porque ¡cómo se iba a permitir una mujer decir lo frustrada que estaba y lo harta que se sentía al ser madre, por haber dejado de ser ella…! y no digamos si estaba cansada de no dormir, de andar con la teta fuera todo el tiempo, hasta el moño de recoger juguetes por la casa, y de hablar solo de cacas, pañales, dientes y terrores nocturnos...

Porque para cada una de las mujeres que son madres, la maternidad no se vive de la misma forma y todavía hoy, hablar de SUS emociones es algo que muchas no se permiten, por miedo, por desconocimiento, por no tener quien las escuche o por cualquier otra causa.  Decir que una se siente triste, sola o abandonada… Que siente que no la comprenden… Que tiene ganas de llorar, que no es feliz… todo esto y mucho más parece que no tiene cabida en la cabeza de una “buena madre”. Y no tiene lugar porque le da miedo reconocerlo, porque se lo siguen negando. Porque la sociedad no lo contempla tratando de ocultar una realidad que supera toda ficción.

Por suerte, algunas cosas cambian para mejor a pesar de que,  más allá de lo que es un baby blues de pocos días a causa de la revolución personal y hormonal que supone ser madre, todavía sigue habiendo mucha incidencia de depresión pos parto sin diagnosticar y sin tratar.

La maternidad es una época de luces y de sombras.  De muchas sombras. Lo bien cierto es que, para algunas son etapas gozosas e idílicas, y sin embargo para otras son momentos realmente duros, de auténticas renuncias y dolores.

Últimamente y tal vez gracias a la visibilidad que ofrecen las redes sociales, ya hay quien se atreve a decirlo en voz alta como en el caso de estas madres que se arrepienten de haberlo sido. 

Cuando terminé la Formación en Salud Mental Perinatal, hice un trabajo final de curso (era condición para obtener el certificado). Se trataba de un proyecto en el cual pudiera continuar de forma práctica con lo estudiado, con lo aprendido, mencionando con qué herramientas contaba y cuáles eran mis fortalezas. Tenía que presentarlo para ser evaluado y compartirlo con las compañeras de formación, esto de forma voluntaria.

Durante un tiempo le di forma en mi mente, luego lo visualicé para ir proyectándome en aquello que quería realizar y posteriormente, lo plasmé en el papel y se lo envié a Ibone Olza para su valoración.
Mi proyecto fue el primero en ser presentado. No por nada especial, sino porque al disponer de tiempo libre, he realizado con prontitud todas las tareas del curso.

Y aquí hago un inciso para hablar un poco de lo que yo he conocido sobre los talleres de lactancia, los grupos de crianza… espacios ofrecidos ya desde el voluntariado, ya previo pago de una cantidad, a las madres y familias para compartir unos intereses comunes, bien sea sobre lactancia materna, bien para debatir temas sobre el crecimiento y la crianza de los pequeños.
Encuentros con directrices, de alguna forma guiados por una o varias personas “expertas” y ceñidos a un tema o cuestiones concretas.  Espacios estupendos y de ayuda para aquellos que acuden a ellos. Loables actitudes las de las coordinadoras que están al frente.

Sin embargo no era eso lo que yo quería para mi proyecto. Yo sentía la necesidad de un espacio donde las mujeres en senderos de maternidad, desde el mismo momento de pensarse madre hasta su posparto o más allá, pudieran expresar libremente aquello que les impedía sentirse bien.  Sin dogmas, sin directrices, sin teorías, sin decir qué es “mejor”, sin demonizar el biberón, ni la cuna, ni el carro del bebé, aceptando las cesáreas fuera cual fuera su causa…

Porque espacios para alabanzas y contar maravillas, siempre los hay.

Espacios para ESTAR escuchando con todo el respeto y el cariño a quien dice que tal vez se haya equivocado al tener a sus hijos tan seguidos. Atendiendo el llanto de quien comenta que teme no ser una buena madre porque necesita salir a tomar un café con una amiga y pasar un par de horas sin su bebé. Oyendo con atención a quien confiesa que está mejor con su bebita y sin su marido, o a quien dice, abiertamente, que su marido tiene celos de su hija de dos meses… Porque cada mujer en SU momento tiene unas sombras que no le permiten ver SU luz
Porque cada mujer tiene las suyas y tiene todo el derecho del mundo a expresarlas sin ser juzgada, sin decirle apenas nada… más que abrazarla y prestarle un pañuelo de papel para que enjugue sus lágrimas.

Y en esto consistía mi proyecto. En un Círculo de Maternidad donde todas las mujeres que están pasando por esos momentos puedan expresarlos claramente y en voz alta sin el temor a que la miren como un bicho raro y especialmente, sin que nadie la juzgue por lo que dice o hace.
Un Círculo de Maternidad donde una pueda soltar la mochila que lleva cargando desde aquel día que decidió que sería madre (con consciencia o sin ella) y se ha ido encontrando, día tras día, con todas esas circunstancias que nadie le dijo y que, inevitablemente, están pasando a través de sus propias carnes y están dejando huella en su alma.

Un Círculo de Maternidad donde nadie dirá si está bien o mal ese camino que ha elegido. Nadie dirá si está haciendo lo mejor para su hijo.  Sino donde se la refuerce en su propia escucha, donde se le anime a que si lo cree conveniente busque la ayuda especializada, donde incluso se le puede ofrecer herramientas para que sea ella quien elija aquello que sienta puede ayudarle a vivir su vida de maternaje de la forma más gloriosa…

Algunas compañeras de la formación se pusieron en contacto conmigo para comentar sobre mi proyecto y sé que lo están haciendo también en sus ciudades ¡me encanta la idea de poder extendernos en círculos como la onda expansiva de una piedra al ser lanzada a un lago!

Como decía antes, las redes sociales tienen una parte buena y es la visibilidad de las cosas buenas. Y es por ello que estoy gratamente sorprendida y feliz al ver la cantidad de círculos o grupos maternales que se están haciendo. Es como si las mujeres hubiéramos sentido esta necesidad de ofrecer espacios de desahogo, lugares donde sentirnos como en tribu, en esa tribu que por puras urbanitas hemos perdido…

Ojalá que sean círculos donde todas seamos iguales. Donde la relación personal sea de igual a igual, de mujer a mujer, de madre a madre… sin intenciones de terapia aunque en el fondo sean sesiones terapéuticas. Porque es lo que las mujeres necesitamos… aprender unas de otras, desde la expresión hablada, desde la comunicación respetuosa, compartiendo experiencias, adquiriendo sabiduría…


viernes, 8 de abril de 2016

Un adiós para una gran mujer: mi suegra.



Cumpliendo 93 años
Aunque no sepamos cómo ni cuándo, que nacemos para morir es la única certeza que tenemos en esta vida. Y que unas personas dejan más huella que otras, también es una realidad.

Mi suegra ya ha abandonado su cuerpo y hoy daremos la despedida a esa envoltura que la ha acompañado durante casi 94 años.

Era una mujer sabia. Una gran matriarca. Y como tal se ha ido. Ha estado en su casa, en su cama, durante cuatro días que ha durado su estado comatoso. En todo momento rodeada de su familia, de sus hijos y nietos. Ha sido el tiempo necesario para ir soltándola y para que ella se fuera despidiendo de cada uno de nosotros.

Sin embargo, yo lo hice hace cuatro años y así lo cuento aquí, en este relato de abril de 2012.

Ella supo cuánto la amé porque se lo dije en más de una ocasión. Me siento privilegiada por haber compartido con ella estos 42 años y por haberla acompañado en esta despedida. Y le agradezco el haber parido a su hijo, Marido, y haberle transmitido lo mejor que tenía.

La “bisa”, como le llamaban sus siete biznietos, ya no estará entre nosotros, sin embargo su esencia será imborrable.


Gracias Antonia. Permanecerás en mi corazón hasta que vaya a reunirme contigo.  





martes, 5 de abril de 2016

Cortesía, educación… o yo qué sé.



Soy consciente de que las normas de educación han cambiado. Sé que los valores no son los mismos ahora que cuando yo era pequeña. Sin embargo, creo que nada tiene que ver la libertad con la buena educación.  O tal vez es que ese concepto también haya desaparecido…

Hace poco, en una charla feminista a la que acudí porque me habían invitado, se hablaba sobre las mujeres filósofas en nuestra historia. Una de ellas, no recuerdo el nombre ahora, fue quien dijo que abrir la puerta, o ceder el asiento, o ayudar a ponerse el abrigo a una mujer era señal de machismo, de presuponer que la mujer es inferior al hombre ¡Me quedé alucinada! Porque me parece que eso es confundir churras con merinas. Porque, sinceramente, creo que es un tema de buena educación de la misma forma que abrirle la puerta a un hombre si se tercia o ayudarle a ponerse una chaqueta ¿Qué tiene que ver esto con el sexo?  ¿De verdad somos así de retorcidos?

En más de una ocasión se ha comentado en algún foro el tema de cederle el asiento a una mujer embarazada ¿Se trata de machismo? ¿De buena educación?  ¿O de respeto al prójimo?  De la misma forma que hacerlo cuando se trata de una persona mayor, o discapacitada…

Utilizo bastante el servicio de transporte público y me alucina ver cómo los mayores e incluso las embarazadas van de pié con el autobús o el metro lleno… en cambio los asientos están ocupados por niños.  No bebés en brazos de sus madres, no, niños.  De 6, 8, 12 años…  y jóvenes universitarios. Puede que el hecho de ceder el asiento ya se considere anticuado, o discriminatorio…

La verdad es que no quería haber hablado de esto, sino de la falta de cortesía al no responder cuando se les envía un mensaje, una carta…
Cierto es que todo el mundo está muy ocupado, que lo urgente no permite hacer lo necesario, que el tiempo está limitado y las prisas nos invaden… pero ¿ni un minuto para responder y decir por lo menos gracias, lo he visto?

En serio, yo no sé si es falta de ganas, de implicación o de ponerse en lugar de la otra persona y valorar su tiempo, su trabajo o su esfuerzo.  Porque cuando se envía una misiva es por algo, o al menos, en mi caso lo es.  No malgasto mi tiempo en naderías y me parece una falta de consideración que los demás no lo valoren. Y no porque sea yo sino por el hecho en general de no tomar en consideración que el tiempo de los otros, también vale. Lo mismo que el mío.


En fin, hoy ando revuelta, muy revuelta.  El día está gris y oscuro. Llueve. Una persona a la que amo muchísimo está en trance de muerte. Hace frío. Y estoy sola en casa.  Con lo que doy rienda suelta a los dedos ante el ordenador.  Y sale… lo que sale.  Lo que tiene que salir. Seguro.