Mi historia, en el Blog de Sina

Para algunas personas mayores, o no tánto, aceptar lo que los jóvenes dicen y sobre todo si se trata de los hijos, es algo que no cabe en su pensamiento.
Sé que los hijos son grandes maestros y que de ellos aprendemos.  Lo reconozco y alzo mi voz para hacerlo  público.  Porque gracias a mi interés y al apoyo de mis hijos, y a lo que he me han enseñado, a lo que día a día de ellos aprendo, estoy viviendo unas experiencias que años atras eran impensables. 

Este escrito lo envié al Blog de Sina, en mayo de 2009. 

"Escribo estas letras animada por Laura, mi hija. Ella cree que mi historia, sin ser distinta a la de otras madres,  puede resultar interesante. Tengo 56 años y es difícil relatar tantos sentimientos en una carta. Son emociones vividas las que  resumo  y que después de muchos años he integrado en mi cuerpo entendiendo que, el amor de madre es y ha de ser incondicional. Sólo así se comprende.
Hace 34 años a  pesar de las pocas libertades con las que me tocó vivir y la inexperiencia de la juventud, había una cosa que tenía muy clara: quería ser madre.  Me encantaban los niños,  los bebés me enternecían. Había sido monitora de campamentos y tenía  paciencia para estar con pequeños. Era cuestión de esperar el momento adecuado.
Antes de seguir, quiero dar las gracias a mi madre porque siempre me habló de sus  embarazos y partos como algo natural, ella parió en casa  y jamás me dijo algo en lo que yo pudiera intuir el más mínimo temor,  sino todo lo contrario: serenidad era lo que yo percibía. Por  ella supe que quería amamantar a mis hijos.
Y eso es lo que de alguna manera, he querido transmitir a mi hija. Siempre le he hablado de mis embarazos, de mis partos, de mis lactancias y de mis hijos con una gran emoción. Como algo  precioso, sin miedos, sin mitos, sin falsas creencias. Con mucho respeto y cariño. Con lo que yo he tenido a mi alcance, con lo que aunque sea poco,  he sabido.
Así es que cuando  estaba embarazada andaba sacando la barriga para que todo mundo la viera, me daban ganas de gritar  ¡miradme, estoy embarazada!  Me creía la única preñada de la tierra, la reina de los mares…  Recuerdo lo feliz que estaba en mi primer embarazo, a pesar de los vómitos. Empecé a comprarme revistas especializadas. Asistí a clases de preparación al parto en el único centro -privado- que había en Valencia. A los 24 años fui madre por primera vez.  Mi segundo hijo nació cuando Laura tenía 3 años y cuatro meses.
En cuanto a la lactancia, seguí las normas que entonces aplicaban la mayoría de los médicos: dejar pasar unas horas luego de nacer, la mama cada tres horas, la alimentación complementaria a los 4 meses sustituyendo las tetadas… y sin darme cuenta, me quedé sin leche.
Quiero decir con sano orgullo, que mis hijos han sido deseados y “programados” gracias a los métodos seguros para el control de la natalidad. Y siempre habíamos querido tener tres niños (yo tengo dos hermanas y mi marido también) así es que cuando Manuel tenía 7 años, nació Pau.   En este tercer embarazo asistí a una conferencia de Pere Enguix  y decidí tener a mi tercer hijo en casa. Hablé con una comadrona amiga  y me dijo que ella no se atrevía y que no conocía a nadie. Me quedé con las ganas. A Pau me lo pusieron en el vientre nada más nacer, me lo puse al pecho enseguida y le daba de mamar sin mirar el reloj. Algo estaba cambiando.
Pero no era lo mismo con el tercer hijo y sin ayuda. Con dos por delante y aunque eran  mayorcitos y se comportaban bien, las tareas se multiplican, el cansancio también.  Y aun sin querer el nerviosismo aumentaba.  Así es que en estas condiciones la lactancia muy a pesar mío, llegó a ser  un hecho apresurado,  unos momentos en los que me tenía que repartir, tenía poco tiempo para disfrutar. Así es con poco más de cuatro meses, Pau ya no mamaba.
A pesar de la medicalización,  mis partos fueron buenos y muy rápidos. Parí en clínicas privadas y confiaba en mi médico, un hombre respetuoso con el que pacté que no utilizara anestesia; estuve en todo momento acompañada por una matrona experta y muy profesional, pendiente de mi, cariñosa y atenta. Y el padre de mis hijos, conmigo. Así es que yo contaba con los elementos necesarios para un buen parto: tenía los conocimientos respecto al desarrollo del mismo, tranquilidad, confianza, apoyo moral…
Mi marido trabajaba todo el día, tenía un  empleo estable y  yo dejé el mío para dedicarme a mis hijos aceptando lo que ello conllevaba. Los paseos para tomar el sol, los cuatro viajes a la guardería y al colegio, las meriendas en el Parque, las actividades extraescolares, las idas y venidas a casa de los amiguitos, etc. Poco tiempo para descansar, poco tiempo para mi. Eso de ser madre era algo muy grande. Estaba radiante a pesar de que era una dedicación a “full time”.
Si querían jugar, pues al suelo con ellos. Cantábamos y hacíamos monadas, veíamos los dibujos de la tele juntos (pocos, porque soy poco amiga de la caja tonta). Les contaba y sobre todo, les explicaba las cosas. Dejaba las tareas de la casa para cuando ellos no estuvieran… ¡cuántas horas invertidas!
Cuando comentaba con amigas también madres mis experiencias respecto a mis hijos, terminaba callándome pues o me miraban como un bicho raro, o me decían que cómo podía haber disfrutado pariendo y amamantando. Lo que ellas no sabían es que esas sensaciones se quedarían grabadas en mis células con  el fuego del amor.
Me apoyaba en mi madre y leía mucho sobre niños: alimentación, salud, psicología; pertenecía al APA, acudía a una Escuela de Padres… todo lo necesario y más.  Me tomaba nota y guardaba en un cuaderno cuando decían su primer “mamá”, su primer diente, su sarampión o paperas, sus primeros pasos, sus cinco lobitos, cuando subieron escaleras. Estaba empeñada en ser una buena madre porque ése era mi papel, eso era lo que había elegido.  Algún día la Vida dirá si lo he conseguido…
Me hubiera gustado tener más hijos, pero decidimos que ya estaba bien. Todavía hoy veo a una embarazada o a una madre con un bebé y me provoca una inmensa ternura. Y muchos años después, aún he soñado que paría de nuevo, que amamantaba y me ha despertado la sensación de subida de leche en mis pechos. Me salen  lágrimas de emoción cuando lo recuerdo.
Por eso, ahora  os veo, os escucho y valoro mucho la suerte que tenéis las madres por poder disponer de tantos conocimientos, por tener a vuestra disposición tantos medios para difundir vuestras ideas, por tener a mano tanta información para poder utilizar en favor de vuestros hijos y tanta capacidad para trabajar agrupadas. ¡Ojalá yo los hubiera tenido! Seguro que hubiera amamantado a mis hijos más tiempo, seguro que estaría luchando por mis derechos a tener un parto natural, entre otras cosas.
Pero mi momento ya pasó, ahora soy ABUELA y estoy encantada, soy muy feliz por ello y quiero disfrutar de mis nietos. Y mirar desde lejos en esta nueva etapa del otoño en mi vida.  Siento que lo que me queda por hacer es apoyaros, animaros a seguir, ayudaros  en lo que  pueda y daros mis bendiciones.
Con todo mi amor."

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