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Este no es un blog de partos, de maternidad o de crianza solamente, sino que parte de mi experiencia de mujer, de lo vivido, de lo sentido, de lo que me llega... para seguir hacia lo que queda por hacer, hacia lo que puedo y quiero realizar.

Mi evolución como mujer que acompaña a otras mujeres, me muestra un camino del que cada día aprendo y gracias al cual mi sentido de la Vida se amplía y evoluciona en una dirección sin retorno.

Por y para las mujeres. Por y para todos los seres. Porque confío y doy Gracias.

martes, 18 de abril de 2017

Amigas del colegio, amigas para siempre.



Tras compartir nuestros años de Bachiller y de Secretariado, salimos del colegio en 1970. 
Con Mari Carmen, por varias circunstancias y con Gloria, mantuve más el contacto. Con las otras se produjo un reencuentro a partir del momento en que a Amparo se le ocurrió la idea de hacer una quedada. 
En principio éramos más, pero ahora nos hemos quedado cuatro.

Nos reunimos para comer varias veces al año y en las conversaciones que entablamos, hemos compartido de todo: nuestras bodas y las de nuestra descendencia, los nacimientos de nuestras hijas e hijos, y los nacimientos de nuestros nietos y nietas. Entierros de padres, madres, hermanos, hermanas… largas horas de hablar de nuestra vida, de nuestros recuerdos, de nuestras alegrías y de los problemas también.

Lo cierto es que somos muy diferentes, por las circunstancias vividas, por los trabajos realizados, por las experiencias… diría que no hay ningún rasgo que nos una, tal vez ningún interés que nos haga mantener un hilo conductor... excepto el cariño que nos tenemos y el respeto que nos profesamos. Y por eso acudimos fieles a la llamada de la primera que se le ocurra convocar,  salvo excepciones de fuerza mayor.

Cuando veo esas “tonterías”  que se comparten por ahí acerca de las mujeres maduras siempre me acuerdo de nosotras. Cuatro féminas entre los 63 y 67 años que se reúnen a charlar por los codos, reírse hasta de su sombra y llorar cuando es preciso.

Hace unos días me llamaron porque habían quedado para hacer unas compras y luego ir a comer. Yo no pude quedar pronto y acudí al restaurante donde me estaban esperando.

Tras ponernos al día y dar cuenta de unos magníficos platos combinados, una de mis amigas, la que más cerca he tenido, la más joven… nos sorprendió con unas palabras escritas donde expresaba sus sentimientos hacia nosotras.

Confieso que me quedé sin palabras al escuchar cómo iba definiendo desde su íntimo sentir, a cada una de nosotras por separado. Primero a una, después a otra y finalmente leyó lo que sentía hacia mí, cuál era la percepción que yo le trasmitía en el momento de escribir esas palabras.

Sensibilidad, sentimiento, franqueza, dulzura, cariño, armonía y más emociones escritas a mano en un papel , que reflejaban un mundo interior muy rico… y muy oculto. Me sorprendió mi amiga Mari Carmen a pesar de conocerla tantos años, a pesar de haber compartido muchas charlas con ella, a pesar de que siempre le digo lo que siento,  y tal vez no lo que desea escuchar…

Si había llorado mientras escuchaba las palabras dirigidas a Gloria y a Amparo, cuando me llegó el turno me quedé paralizada por la emoción.

Me asombró esta mujer amable, pequeña, inquieta, nerviosa, de salud débil,  un poco hipocondríaca y por la que siento un especial cariño. . Me impresionó ese mundo interior y esa negación de ella misma en beneficio de su familia. Y esa parte, aún conociéndola,  me dolió como mujer y como amiga.

Comentó que tenía mucho escrito, que lleva años haciéndolo, que siempre le ha gustado. Y la animé a que siguiera expresando porque estoy segura de que eso la ha salvado de muchas situaciones límite... La animé incluso a publicarlo y a darlo a conocer… pero, lamentablemente,  muchas de las mujeres de mi generación no estamos preparadas para re-conocernos y aceptar esa parte propia y autónoma y dijo que no estaba en sus planes.

Fueron unas horas muy bonitas, muy emotivas. Nos despedimos con los abrazos emocionados de otras veces y sin embargo en esta ocasión, percibí especialmente en el suyo, una energía distinta…

Copio sus palabras, con su permiso.

Concha ¡Tu nombre mismo lo indica! Sabiduría milenaria, sensitiva, intuitiva…
Eres amante de tus convicciones,  pero también generosa con el dolor y la amargura…
Y con los años compartidos nos hemos conocido en evolución imparable, sin pausa.
Como en los puntos cardinales, hemos recorrido el norte y el sur…
Y a veces,
Nos hemos sorprendido de nuestras diferencias…
Pero eso ha mantenido el recuerdo de una gran amistad que sigue viva, sana y duradera
Caminas con valor por las sendas de lo trascendente
Con una mirada profunda en lo que no se ve…
Que en tu largo caminar hacia el conocimiento del ser humano, encuentres la paz y la perfección, dentro de una vida intensa y llena de objetivos”.

Este poema en prosa te lo dedico con mucho cariño en nuestro encuentro del diez de abril de dos mil diecisiete.

Gracias AMIGA, que la Vida se muestre generosa contigo y restaure aquello que te ha robado. Que nuestros años futuros sean ricos en confianza, con el mismo respeto y cariño que nos ha mantenido unidas. Que las bendiciones de ese Dios en el que tú crees, te colmen de felicidad, salud y armonía junto a tu familia.





miércoles, 12 de abril de 2017

De la “dependencia” al amor sereno.


Hace tiempo que no utilizo este espacio como confesionario íntimo y vuelvo a él tras unos días en que me invade cierta tristeza.

Tal vez, en estos momentos en que la pareja tradicional de mujer y hombre está anticuada,  momentos en que no se da valor al hecho de permanecer unidos y felices toda la vida, momentos de necesaria apertura frente a todo tipo de familias, tal vez, decía, mis palabras suenen ridículas. Sin embargo, es lo que siento, son las emociones que me asaltan en estos últimos días… y son las mías.

Quien me conoce o me sigue de alguna manera, sabrá que dejé mi trabajo cuando nació mi primera hija. Fue una elección meditada, libre y consensuada con mi marido. Él trabajaría fuera de casa y yo me ocuparía del hogar, de los niños, de cuidar la familia con toda la implicación que ello conllevaba.

Durante la crianza de mis tres hijos me sentí sola en cuanto al su apoyo físico, no lo he negado nunca.  Su ocupación hacía posible que yo hubiera renunciado a la mía, y por ello pagaba un alto precio: su presencia no era tan continua como deseaba. La responsabilidad del puesto de trabajo que tenía, hacía que permaneciera muchas horas fuera de casa. Por tanto, todo lo demás lo llevaba yo casi en solitario. Siempre con la puesta en común, con su apoyo, sabiendo que él hacía su trabajo y yo el mío, y ambos lo hacíamos bien, lo mejor que sabíamos. Pero ello no implicaba sentir el vacío de su persona…

Llegado un momento me asustó ser consciente de esa querencia. Su vida era mi vida, tal era el amor que nos teníamos, tal era la necesidad de contacto físico, de abrazos, de palabras… recuerdo haber llorado simplemente al pensar qué sería de mi vida, con tres niños, si a él le pasaba algo…

Por suerte, el tiempo me ha ido aportando consciencia y serenidad para asumir y aceptar que estamos aquí de paso.
El trabajo personal, la madurez, la realidad de la vida me ha llevado a seguir a su lado pero desde otro estar, desde otro sentir.

El otro día me comentaba una amiga que está en proceso de divorcio, que estuvo muchos años aguantando ciertas situaciones creyendo que eso era amor. Y le respondí que, lamentablemente, había estado confundida. Porque el amor es desear lo mejor para el otro, amor es cuando la felicidad propia es la felicidad de tu pareja, cuando es imposible ser feliz si la otra persona no te trata bien, con cariño, confianza, libertad y respeto. Y viceversa.

Marido cumple hoy 69 años ¡es mi Aries preferido! Y a pesar de ser un hombre activo a nivel físico y positivo mentalmente, no deja de tener pequeños achaques… de los que ambos somos conscientes. Por eso, de vez en cuando se me va la cabeza y pienso cómo sería mi vida sin él… y a pesar de que me invade la congoja, sé que mi situación no es la misma que era siendo los niños pequeños, esa situación de querencia que antes he comentado.

Y él, hombre generoso y consciente, como si leyera mis pensamientos, comentó que iba a mirar qué pensión me quedaría si le pasara algo, pues aunque es un tema poco agradable de hablar no por ello hemos de obviarlo puesto que algún día ha de llegar. Confieso que tengo el estómago encogido mientras escribo, y precisamente por eso lo hago, es como si soltando estas palabras aligerara un poco este sentimiento triste…

La convivencia, el permanecer juntos tantos años desde este tipo de relación consciente, aceptada y feliz, nos ha llevado a conocernos bien y hacer que nuestros días sean de lo más agradables dentro de la realidad y de las posibilidades que tenemos.

Todavía me quedo mirándolo y siento mariposas en el estómago, como cuando quedábamos para vernos al poco de conocernos, como cuando volvíamos a casa del trabajo al poco de casarnos, como nos sentíamos cuando podíamos dejar a los niños y nos permitíamos unas horas de la más pura y salvaje intimidad.

Ahora soy consciente de que esa dependencia se ha diluido para dar paso a un amor sereno, a un amor que todo lo cura y por el que estoy dispuesta a vivir el resto de mis días…




viernes, 7 de abril de 2017

¡Haced caso a los niños cuando se quejen! ¡Siempre!



Las personas tenemos experiencias que nos guardamos muy en nuestro interior y de no ser que suceda algo que en un momento concreto nos las haga revivir, quedan archivadas en el inconsciente…

Hace unos días,  charlando con mi hija y enlazando vivencias pasadas, nuestra conversación acabó sacando a la luz algo que sucedió hace 29 años, cuando yo tenía 35. Ambas,  con lágrimas en los ojos comentábamos cómo se puede llegar a soportar ciertas situaciones. Me decía que ahora, siendo madre de dos hijos, aún no puede hacerse una idea de lo que yo tuve que pasar cuando ella tenía solamente 11 años…

Se me pone dolor de estómago cuando escucho que los niños se quejan por llamar la atención, que lo hacen porque no quieren ir al colegio, o porque tienen un hermano pequeño… Y que no hay que hacerles caso.

Puedo decir que hija ha sido una niña muy “valiente”. Cuando se quejaba por algo, siempre tenía sus motivos.
Un día comenzó a decir que le dolía la rodilla derecha. No podía andar bien y la llevé al médico. No le dio importancia, lo achacó a que estaba creciendo mucho. Sin embargo el dolor no se le iba y cada vez era más intenso.
Al poco, la llevé a urgencias, la vio un pediatra y me dijo que la niña se quejaba para llamar la atención, a lo que le respondí muy indignada que no era cierto, que yo conocía a mi hija. Antiinflamatorios y a casa.

El tiempo iba pasando y Laura seguía quejándose. Empezó a no poder dormir por las noches pues el dolor la despertaba. Vuelta al médico un día, y al traumatólogo en otra ocasión, quien le hizo una radiografía de rodilla sin encontrar nada que justificara el dolor. Diclofenaco en pomada y en supositorios, ese era el tratamiento.

Las noches eras muy duras, la pierna daba unos saltos visibles a mis ojos y la chiquilla lloraba por el dolor, cada vez más intenso. Me pedía que le pusiera las manos y me quedara a su lado respirando y relajándola…

Vuelta a urgencias: “claro, tiene un hermanito de 14 meses y se siente desplazada, no le hagan mucho caso”. Y a casa. El ir y venir de médicos no cesaba… y la nena comenzó a perder peso mientras el tiempo pasaba y la desesperación de su padre y la mía iban en aumento.

Por entonces, llevé a mi hijo pequeño de revisión a la pediatra, la misma que había visitado a Laura  y que ahora, por cambios en la política médica, ya no la atendía. Y le comenté lo que le estaba pasando a mi hija. Mientras la pediatra me escuchaba, la cara le iba cambiando. Dijo que eso no podía ser y llamó a un traumatólogo de su confianza. Le contó lo que yo le había relatado y este hombre le dijo que, fuera a casa, dejara al pequeño y urgentemente cogiera un taxi y fuera a verlo con la niña. Así lo hice.

Cuando llegué a su consulta y tras contarle el periplo de dolores y médicos, me dijo, no sin mostrar emoción en sus palabras, que podía suceder tres cosas… y que ninguna de las tres le gustaba, pero que primero había que averiguarlo.  E inmediatamente le hizo a la niña una serie de radiografías en toda la pierna hasta que dio con lo que estaba causando ese terrible dolor y esa pérdida de peso: un tumor en el interior del fémur. Había que averiguar qué tipo de tumor era, para lo que solicitó una biopsia... y me remitió al Instituto Valenciano Oncológico con el fin de que se hicieran cargo del seguimiento y tratamiento.

Había pasado cinco meses desde la primera visita al médico.

Como he dicho al principio, el inconsciente archiva cosas y por mucho que lo intente, no consigo recordar cómo gestioné la noticia en ese momento sin embargo, conforme voy escribiendo me sitúo en aquellos días como si fuera ahora

Recuerdo coger otro taxi, volver a casa, contárselo a mi marido…  pedir cita en el IVO y comenzar con las pruebas. Una vez finalizados todos los exámenes necesarios, se confirma el diagnóstico: un tumor en el fémur que está creciendo y debilitando el hueso. Puesto que no es considerado como cancerígeno, nos remiten a otro hospital, a La Fe,  donde se encargarán de operar para sacarlo. La cita para la operación nos lleva hasta finales de julio.

Llegan las vacaciones escolares y Laura, que está en un grupo de montañismo, no quiere perderse su campamento de verano. Nosotros, sus padres, creemos conveniente que vaya, especialmente después de lo que está pasando, así es que hablamos con los médicos quienes no ven inconveniente en que se marche.
Y se va feliz. Con su medicación para el dolor y con todos los responsables avisados de cuál era su situación.

Sin embargo la alegría dura poco.  En tres días nos avisan de que se ha caído y se ha roto la pierna, con lo que nos acercamos al pueblo más cercano del campamento donde está y la Cruz Roja nos traslada a La Fe en una ambulancia. El día 7 de julio, mientras se celebran los Sanfermines, mi niña ingresa en el pabellón de Rehabilitación, en una planta con adultos en vez de llevarla al pabellón infantil. La gravedad de la situación requiere que el seguimiento lo lleve un equipo especializado.

Si cierro los ojos la veo tumbada en la cama, con una tracción de nosécuántosquilos que le hace mantener la pierna estirada y que apenas le permite moverse
De esta forma esperamos fecha para quirófano. Es jueves y con un poco de suerte, la operarán el lunes.

Sin embargo… el domingo día 10 comienza a tener mucha fiebre. Le dan paracetamol pautado como antitérmico.  También empieza a vomitar mucho. Yo no hago más que llamar a las enfermeras quienes me traen botellas de suero congeladas para que las ponga a su alrededor y mantener la temperatura a raya. El médico de guardia de ese pabellón, traumatólogo, me dice que es a causa de la rotura y del dolor…

Pero yo sé que no, que esos síntomas no corresponden a lo que me quieren hacer creer. La niña está agotada por el vómito y la fiebre, sé que mi hija está peor, que algo está sucediendo y no me hacen caso. Marido se tiene que marchar, ya es de noche y yo me quedo con ella como estamos haciendo desde que ingresamos.

Sin embargo, siento a ciencia cierta  que algo no está funcionando bien por lo que dejo a la niña al cuidado de las vecinas de cama, una señora mayor con una cadera rota y su hija que la acompaña, y me marcho a toda prisa al pabellón central a buscar un internista de guardia.  Tras relatar cómo ha transcurriendo el día para mi hija, viene hasta la habitación y la explora.  A las 23 horas la introducen en un quirófano de urgencia con el temor a una posible peritonitis. Yo quiero matar a los médicos y a las enfermeras que no me han escuchado en todo el día, pero tengo que mantener la calma por mi hija…

Tan pronto la pasaron al pabellón central y la metieron en el quirófano, llamé a mi marido para que viniera y cuando llegó, me derrumbé en sus brazos llorando.  Apenas puedo escribir en este momento pues las lágrimas me inundan los ojos, pues la impotencia vivida todavía me encoge el estómago…

La operación es muy larga, marido y yo no sabemos a qué santo encomendarnos. Sale una doctora para decirnos que efectivamente se ha producido una peritonitis y están limpiando toda la zona con mucho cuidado y todavía tardarán en salir…

Al día siguiente, en la planta, con la operación reciente, con la pierna rota y con todo lo que Laura lleva a rastras, comienza a sentirse mejor y más animada. Sin embargo, ahí no termina todo… la herida se infecta y tienen que volver a abrirle, dejarle un drenaje y curarla todos los días…

Soy consciente de que hay cantidad de situaciones muy dolorosas en las que los niños sufren enfermedades extrañas, enfermedades irreversibles, accidentes limitantes donde las madres y los padres permanecen al lado de sus hijas e hijos sin cuestionarse nada más, donde el tiempo parece no transcurrir…

Y así pasan las semanas hasta que toda esta parte está superada y es momento de retomar el tema del tumor…

La operación consistirá en tomar tejido óseo de otro lugar de su cuerpo para hacerle un autotrasplante de forma que no haya rechazo y con esta parte sana, una vez limpia la zona del tumor, reconstruir el fémur. Y le toman una porción del hueso ilion de su parte derecha. Gracias el equipo médico, siempre lo diré, el trasplante y la operación son un éxito. Le dejan un clavo todo lo largo que es el fémur con el fin de mantener la rigidez en la pierna... y unas  cicatrices que luego se ensanchan y se deforman a causa de unos queloides.

Comienza a salir de su habitación en una silla de ruedas y así va a visitar a algunas personas de otras salas para compartir las horas que se hacen interminables…  oportunidad que me brinda la vida para conocer y conectar con otras madres… como la de un chaval tetrapléjico a consecuencia de un accidente de moto y del que su madre lleva meses sin alejarse. Conocer  una chica muy joven cuya pierna está reconstruida y llena de clavos a consecuencia de un accidente de moto también… “Te prometo que nunca subiré en una moto mamá” me dice Laura al conocer estos casos.

Cuando se está en un hospital acompañando a un ser querido, el tiempo se detiene, la vida se paraliza, no existe nada fuera de ahí...

Excepto en algún momento muy concreto en que me sustituye su padre o mi hermana Carmen, yo no me separo del lado de mi hija… porque ella no quiere. Y porque yo no puedo. Mis otros hijos, uno de 8 años y otro de 14 meses están al cuidado de mis padres. 

Soy de la convicción de que según tratas a las personas, ellas te tratan a ti. Recuerdo con agrado a todo el personal de la planta, recuerdo el cariño con que trataban a mi hija, cómo la supervisora venía a peinar su melena y me enseñó a hacerle una preciosa trenza espiga… Con qué cariño los celadores venía a llevarla a la sala de baño y siempre había una enfermera o auxiliar que acudía en mi ayuda. Cómo incluso a la hora de las curas, cuando hacían salir a todos los familiares,  me dejaban permanecer junto a mi hija ¡era la única niña en toda la planta, tal vez en todo el pabellón! Y dentro de lo triste de la situación, entre todos hicimos que Laura no se sintiera peor de lo que estaba. Así, aprendió a hacer ganchillo y a pesar de los goteros en las manos y las consiguiente flebitis en las venas, se hizo un bikini siguiendo las directrices que yo le daba ¡era para verla! También quiero resaltar que, cuando venían a ofrecerle el calmante que tenia pautado, lo rechazaba diciendo que lo dejaba para cuando le doliera más y no pudiera soportar el dolor, así es que apenas los tomaba, algo que hacía que las enfermeras no salieran de su asombro…

Cuando dicen que los niños se quejan por llamar la atención… me invade el dolor, aún no puedo evitarlo. Estar junto a mi hija en esas circunstancias me llevó –y me lleva- a pensar en todas las madres que pierden a sus hijas e hijos en las circunstancias que sean, y se me parte el alma.

Laura salió a finales de agosto en una silla de ruedas. De ahí pasó a caminar con muletas durante un tiempo. Y pasado un año tuvo que volver a quirófano para quitarle el clavo que llevaba en el fémur… y a traumatología para ponerle un corsé y llevar un seguimiento a causa de la escoliosis que se había producido por las malas posturas.

El otro día llorábamos las dos al recordar. Durante muchos años apenas habíamos hablado de ello a pesar de que en repetidas ocasiones le pregunté si quería hacerlo. Por circunstancias que no vienen al caso, ahora estamos teniendo muchos encuentros, largas conversaciones que afloran muchas emociones contenidas.

Esto sucedió hace muchos años y afortunadamente puedo contarlo con un final feliz. Sin embargo, pienso en cuántas niñas y niños se quejarán y quedarán sin ser atendidas estas llamadas y aún en el caso de que no haya una causa física, estoy segura de que sus llamadas de atención tienen un sentido, son la forma de manifestar algo a lo que no saben poner nombre.

Es posible que me lea alguna madre con una hija o hijo que no superó alguna enfermedad y me pongo en su lugar, y me parto de dolor pues por aquel entonces falleció una compañerita del curso de mi hija por la que no se pudo hacer nada. También otra amiguita del pueblo se fue sin poder superar lo que la estaba matando…

No voy a entrar en por qué suceden cosas terribles a criaturas inocentes. No voy a entrar en todas los pequeños que mueren en hambrunas, guerras y demás barbaridades humanas.

Mi intención ha sido, con esta experiencia, deciros que escuchéis a vuestros retoños cuando dicen que algo les duele, que algo no está bien. Que no os quedéis con el diagnóstico que os han dado si estás con la intuición de que puede ser erróneo.

A día de hoy me fío muy poco de los médicos, siempre lo digo. Esta experiencia y otras propias me llevan a solicitar diagnósticos y buscar más opiniones hasta dar con lo que mi instinto me dice que es.

Muchas personas me dijeron que cómo pude pasar dos meses sin apenas salir del hospital más que para cambiarme de ropa. No es ninguna proeza, para nada. No soy nadie especial. Soy simplemente una madre que atendió y creyó lo que su hija le decía y que no cesó hasta dar con ello. Lo que haría cualquier otra madre atenta a ese instinto primal que tiene toda mamífera cuando sabe que su cría no está bien…





martes, 28 de marzo de 2017

SABIDURÍA de mujer.



Cada vez con mayor frecuencia, pienso que es una lástima que algunas personas se mueran sin dejar un legado de su vida, sin dejar por escrito sus vivencias, sus experiencias. Mi padre, niño de la guerra, fue una de esas personas, y a pesar de que durante sus últimos años nos contaba muchas cosas, estoy segura de que se llevó otras tantas a la tumba…

Hoy cumple NOVENTA años la madre que me parió. Y a pesar de lo disgustada que está porque ella creía tener diez menos, mi hermana Cristina y yo, nos vamos a comer con ella. También le estamos preparando una celebración familiar -aunque de esta fiesta ella no es sabedora-  con hijas y nietos, y biznietos,  con los hijos de su hermana fallecida, y con una amiga que es más que familia.

Como en casi todas las relaciones madre-hija, yo también he tenido mis más y mis menos con la mía. Tras un largo, profundo y doloroso trabajo personal, llegué a aceptar a mi madre tal y como es, sin pedirle más de lo que puede y/o sabe dar. Así, ahora, puedo decir que la amo tal cual se muestra, con esa parte de niña que todavía mantiene y que manifiesta, en ocasiones,  siendo caprichosa y exigente.

Hoy, al volver la vista sesenta y cuatro años atrás, soy consciente de la evolución de esta mujer que se casó embarazada sin saber nada de niños ni de maternidad, que se quedó preñada sin saber cómo había sucedido, y que ha criado a tres hijas como “Dios le ha dado a entender” según sus palabras.

Hoy, cuando paso la mayoría de mis tardes a su lado, la escucho, la observo, y sobre todo, siento en sus preguntas, respuestas, comentarios… a la mujer sabia que se ha hecho a sí sola, a la sabiduría que ha ido adquiriendo a base de varapalos, de experiencias y especialmente, de lo que ha ido aprendiendo –porque siempre ha querido aprender- de sus hijas. De esas hijas que le hemos hecho de espejo y de donde ella se ha ido nutriendo especialmente los cinco últimos años desde que quedó viuda.

Esta mujer pequeñita, cuya vida de casada no ha sido fácil, es una Maestra para mis hermanas y para mí. Cuando menos lo espero hace un comentario que me deja temblando y que hace que me pregunte de qué forma tan fácil ha llegado ella a conclusiones, a permitir que los acontecimientos sigan su curso… y como además con la edad se pierde la vergüenza, no tiene ningún pudor en decir lo que piensa, sea oportuno o no, volviendo a sacar esa niña que mantiene viva…

No sé si he sido capaz de transmitir lo que siento por esta mujer. Hoy veo a la abuela, a la bisabuela que es, y siento que poco tiene que ver con la madre que yo recuerdo en mi infancia, aquella que necesité y estuvo ausente… y sin embargo, en mi edad adulta y siendo yo madre, no me ha fallado nunca,  ha estado a mi lado respetando y apoyando mis decisiones.

Creo que la vida nos va dando oportunidades para reparar lo que no hemos hecho bien en el pasado y mirándome en el espejo de mi madre, pido a la vida aprender a adquirir parte de esa sabiduría y paciencia que ella muestra.

Con 90 años, mi madre ha superado la edad media de esperanza de vida en las mujeres españolas. Aunque tiene a su familia, la soledad profunda es su compañera, y sabiendo que su momento se acerca, siempre me dice que no tiene miedo, que está preparada para el último viaje, para reencontrarse con su madre y con su hermana…


¡Felices edades, madre! Gracias por haberme parido, por haberme cuidado, por ser mi guía en esta vida. Si hay otra, tal vez volvamos a encontrarnos para seguir creciendo y aprendiendo juntas…





lunes, 20 de febrero de 2017

La práctica de yoga y el amor incondicional.




Hace VEINTE años que comencé a practicar yoga. En aquel momento en Valencia, ciudad donde vivo, no era fácil encontrar un centro al que asistir. Me recomendaron uno y, aunque no estaba cerca de mi casa, me hice el ánimo de coger el coche y desplazarme.  Lo cierto es que me encantó y me enganché. Las clases las impartía una mujer unos diez años mayor que yo, y lo que más me gustaba era su espíritu de yogui, la forma que tenía de transmitir qué era YOGA.

Pasado unos años, se cambió de lugar y a este nuevo espacio era complicado acudir con coche, pues estando en el centro de la ciudad era poco menos que imposible aparcar, y desplazarme con transporte público me suponía llegar muy tarde a casa, lo que me producía malestar.  Así es que decidí dejarlo por un tiempo.

Sin embargo comencé a buscar otro espacio donde impartieran yoga y pudiera ir caminando o no estuviera demasiado alejado de mi casa. Ya había más oferta y acudí a varios lugares, a una primera clase e incluso una segunda, a modo de prueba.

Llegué a sentirme fatal por pensar que era egoísta por mi parte buscar a alguien que se pareciera a esa mujer con quien me había iniciado,  pues no encontré a nadie que se asemejara, ni de lejos, a la Maestra con la que yo había comenzado a introducirme en esta práctica. Así es que, lamentándolo mucho, desistí en mi empeño.

Fue en el año 2000 cuando comencé a trabajar como recepcionista, administrativa y chica para todo en una consulta con una fisioterapeuta. Estaba a media jornada, solamente por las tardes.

Por entonces, allí comenzó a dar clases de yoga una mujer joven. Decidí quedarme a probar cuando terminaba mi horario laboral y se me abrió el cielo. No es que se pareciera a aquella maravillosa mujer cuyo recuerdo todavía perdura en mi corazón, sino que para mi sentir,  la superaba.

Comencé a asistir a sus clases y me sentía fenomenal. Su tono de voz, su manera de transmitir, su forma de explicar y practicar las asanas, los mantras que ponía en las clases, su risa… toda ella me pareció mágica.

La fisioterapeuta no me renovó el contrato en la Clínica y la profesora de yoga, por sus circuntancias, también cambió de lugar. Hubo un vacío en mi ser hasta que de nuevo ella comenzó a impartir clases de yoga en su casa. Y a pesar de que estaba bastante lejos de la mía, no me supuso ningún esfuerzo desplazarme en autobús. 
Éramos un grupo muy reducido, con lo que se facilitaba la cercanía entre todas las mujeres ¡cómo no! que íbamos.

Le surgió la oportunidad de impartir yoga en un espacio cerca de su domicilio. Y allí que volví a seguirla. Dos días a la semana. Esperaba con ilusión que llegara el momento y así fui introduciéndome más en esta práctica milenaria, siempre al ritmo que mi cuerpo me permitía, siempre bajo su supervisión pues ella me indicaba las asanas que por mi constitución personal eran o no eran apropiadas.

Y comenzamos a intimar. Nos hicimos Amigas. Compartimos muchos momentos de risas… y muchos momentos de llantos. Me contó su vida, sus circunstancias personales al igual que yo le hablé de mí y lo que en esos momentos me quitaba el sueño. Nos ayudamos desde la escucha incondicional, desde el apoyo, incluso desde los silencios…

Me encantaba su forma de ser pero sobre todo, me maravillaba su espíritu de yogui y su tolerancia. Y poco a poco fuimos estrechando unos lazos que nos mantenían muy cerca.

Pasados unos años, mis circunstancias personales atravesaban por momentos… complejos, y de nuevo se me hacía cuesta arriba desplazarme y llegar tarde y cansada a casa, así es que a pesar de lo reconfortante de practicar yoga y de lo sanadora que era su compañía, no puede más y dejé de asistir.

Con todo ello no nos perdimos la pista. El teléfono, otras actividades… era fácil encontrar un motivo para volver a charlar, a saber de nosotras,  a enviarnos esas palabras de ánimo que tanto hemos intercambiado.

La grandeza de la Vida quiso que ella conociera a mis hermana Cristina y a Andrés , su marido, cuando montaron su centro de yoga Espai Món Sà. Y así fue como retomamos otra vez el contacto. No es que volviera a sus clases sino que acudir por allí con cierta frecuencia facilitaba los encuentros.  A pesar de que éstos se habían distanciado en el tiempo, cada vez que nos volvíamos a abrazar era como si lo hubiéramos hecho el día anterior.

Cada día más amorosa si cabe, su calidez, su empatía, sus chascarrillos y sus risas, me tenían enamorada. Y lo que especialmente me ha atraído es su espíritu de yogui. No he conocido a nadie tan íntegra, tan consciente de lo que supone esta práctica.

Quizás desde mi parte de exigencia, me gusta que las cosas mantengan su origen más puro en la medida de lo posible y tristemente, lo que yo veo ahora es mucha oferta de yoga desde una parte puramente física sin contemplar lo que de espiritual tiene esta práctica tan antigua. 
No digo si está bien o no, simplemente que no me identifico con ello.

Porque para mí, la mejor forma de transmitir algo es desde el convencimiento, la práctica, la pureza, el ejemplo… y ELLA es una pura YOGUI, porque para ella el yoga es una filosofía de vida. Y así lo transmite en sus clases, en sus actos...

El pasado mes de junio asistí a un retiro de fin de semana que organizaban mis hermanos junto a ella. Fue precioso hasta el punto de que, cuando hace unos días me enteré de que habían preparado otro, corrí a coger el teléfono y decirles que contaran conmigo esta vez también.

Y es por eso que escribo estas palabras. Porque me apetece hablar de ella, porque quiero que el mundo que me rodea, la conozca…

No voy a relatar lo que ha supuesto el fin de semana porque no ha sido solamente ella quien ha conseguido que me olvidara de mis pre-ocupaciones y de mis angustias,  ya que tanto Cristina como Andrés, cada cual con su aportación, han contribuido a que este fin de semana haya sido especial, sanador y nutritivo.

Escribo estas palabras porque, volver a estar con ella durante estas horas intensas ha supuesto un repaso a estos diecisiete años que nos conocemos, a  lo que ha sido nuestra evolución personal durante este tiempo. Y me siento tan feliz con ella, con lo que me ha aportado, con su forma de abrirme los ojos y con su manera de respetar mis momentos oscuros, que mi agradecimiento sin límites quiero propagarlo a los cuatro vientos, o al menos hasta las personas que pueda llegar este escrito.

Gracias por compartir-me tu vida, Uma (aunque para mí sigas siendo Pilar), por todo lo dicho anteriormente. Por ser la mejor yogui que conozco. Por tu Amor incondicional a todos los seres que te rodean. 
Gracias por aceptar como regalo los pendientes de labradorita porque aquello, ¡por fin! supuso el final de una etapa y el comienzo de otra.

Te quiero, compañera del alma. Te quiero.