Bardo Thodol


Tengo por costumbre, cuando compro un libro, ponerle mi nombre y la fecha de adquisición.  Estos días, entre los ejemplares que guardo en el pueblo, he buscado uno que últimamente me rondaba la mente.  Confieso que no integré mucho de lo que leí en enero de 2001. En estos momentos lo estoy leyendo con otra conciencia, con otro entender…

Ahora tengo entre mis manos El Libro Tibetanos de los Muertos, Bardo Thodol,  y al releerlo me acuerdo de algunas conversaciones en las que algunas personas hablan de la futilidad de la vida, del momento efímero y de la creencia de que estamos de paso y una vez muertos, se acabó, no hay nada más. Porque no creen en nada. Porque desconocen o porque no confían en todo lo escrito acerca de la vida después de la muerte, de los testimonios recopilados, de las investigaciones que puedan haber al respecto.

Posiblemente este tema me ronda más que a muchas personas más jóvenes… posiblemente porque me he encontrado con más situaciones de despedida, unas -la mayoría-  por ley natural de vida y  otras por situaciones bruscas o por dolorosos procesos de enfermedad.

En La República, de Platón, hay un relato que habla de la gente que ha venido de otras vidas para contarlo. También Platón hablaba del interés de Sócrates en investigar sobre su propia muerte y lo que le sigue. Griegos, romanos y celtas creían en la inmortalidad del alma y Pitágoras, Heráclito y Platón asumían la teoría del cambio de cuerpo del alma. Estóicos como Séneca y Cicerón, también aceptan con serenidad el trance.

En Oriente encontramos tradiciones como la musulmana con palabras del mismo Mahoma “Vive respecto a este mundo como si fueras a vivir mil años y respecto al otro como si te fueras a morir mañana”.
En el taoísmo se considera que hay diferentes elementos con diferentes destinos en el momento de la muerte.

El budismo tiene cuatro criterios al respecto  que determinan su doctrina: nada es permanente, todo es doloroso, carente de existencia propia, el Nirvana es la paz. Considera doloroso el tiempo y todos los ciclos de renacimientos y muertes pues al  analizar el pasado y el futuro, se sigue sufriendo. En el budismo tántrico  se considera una conducción consciente de nuestros estados mentales como preparación a la muerte. El acompañamiento al moribundo constituye uno de los principios básicos, adoptar una actitud de amor, no transmitir tristeza ni llanto y recitar mantras al lado de la persona que está en este tránsito. Desde esta doctrina se piensa que la persona que muere tiene una gran telepatía y por tanto hay que mantener una postura de sinceridad y de serenidad para no desviar su conciencia y los últimos sentimientos que perciba.

En la Edad Media cristiana había cantidad de escritos sobre el “Ars Moriendi” . Grandes místicos como Santa Teresa de Jesús “No le puede ser amarga la muerte a quien ama”, San Juan de la Cruz “Déjalo todo y tendrás todo”, Fray Luis de Granada “Oficio es el de bien morir que conviene aprender toda la vida”.
Los trapenses se saludaban con “Memento mori” (acuérdate que morirás) para recordarse que llegaría el momento de la muerte y que para ello debían de estar preparados.

Un carmelita valenciano del s XVI  escribió Espejo de bien vivir para ayudar a bien morir que en 1976 fue reeditado por la Universidad de Salamanca.
En la literatura, Dante Alighieri nos relata en La Divina Comedia, el viaje a los distintos niveles por los que pasa una persona al morir.

Podría continuar haciendo un estudio profundo respecto a este tema, pero no es lo que me ocupa y tampoco soy erudita en ello. Porque además, como nos movemos en una constante dualidad (blanco-negro, positivo-negativo, bien-mal, yin-yang…) seguramente encontraría cantidad de autores y textos justamente en la línea contraria, en la negación de todo lo anteriormente expuesto, en la negación de lo que pueda acaecer tras la muerte, en la negación de un Todo.

Libros como Vida después de la Vida, de R. Moody, La rueda de la Vida y todos los escritos por la Dra. Elizbeth Kübler-Ross, me han aportado una serenidad que intento mantener anclada en mi ser. Una aceptación del único y auténtico proceso final. Morir para nacer.
Por ello siento que la creencia y la aceptación de que ahí no termina todo,  aporta una serenidad para poder mirar a la muerte a la cara, para prepararse lo mejor posible para cuando llegue el propio momento.

Comentarios

  1. De todos los que citas (y he leído a la mayoría) me quedo con Elizabeth, sin ninguna duda. ha sacado ahora un nuevo libro , "Lecciones de amor". Enb cuanto acabe los que tengo a medias iré por él, aunque me temo que el de "Mujeres que corren con los lobos" me va a llevar tiempo...

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  2. Si, desde luego la Dra. Kübler-Ross es una importante referencia en estos temas...
    Gracias por tu opinión.
    Abrazos.

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  3. Corrijo la bibliografía:
    "Lecciones de vida". Elizabeth Kubler-Ross y David Kessler, Ediciones B

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  4. He leído con interés tu comentario sobre la otra vida. Bien dices que hay mucho escrito sobre ambas teorías. En mi opinión las dos son válidas. Cada cual se agarra a la que más le convence o le da paz para enfrentar el destino y, en última instancia, la muerte. Si uno piensa que hay otra vida después de esta y se la puede imaginar, le parece verdadera, pues muy bien. Vivirá su vida de acuerdo a eso y se aferrará a que lo de después va a ser mejor (o por lo menos distinto) de lo que hay aquí. Teorías y filosofía mucha pero está la cosa de que nadie ha dicho con certeza, si existe, si va a ser mejor o peor, claro. ¿Ha vuelto alguien tangible del otro mundo? ¿No será que los humanos hacemos lo indecible porque no somos capaces de aceptar lo irremediable (desde que los hombres empezaron a pensar). Si hay quien se queda tranquilo esperando la muerte porque se dice a sí mismo que no hay nada más, pues qué bien. Cínicamente te diré que si hay algo más allá, el no creerlo no privará de ello a nadie. Y si no hay nada más, ni nos enteraremos.
    Toya

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  5. Claro que sí Toya querida. Cada cual escoge lo que necesita, de ahí mi entrada. Nada sucede por casualidad.
    Bendiciones.

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  6. Somos pura energía y la energía no muere, se transforma. Gracias por este texto, no sé si ha sido por casualidad o por esas conexiones misteriosas que tiene este universo, pero es justo el texto que necesitaba en estos momentos....Un abrazo, con todo mi cariño.

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  7. Sol, Amor mío... tú sabes que no existe la "casualidad" y que hay conexiones más allá de lo visible. Aceptar lo que nos llega en el momento oportuno, es una bendición.
    Gracias por tus palabras.

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  8. Concha, tras un tiempo sin visitar tu blog, lo he hecho hoy y veo que has vuelto a tratar el tema de la muerte, aunque con una perspectiva mucho más enriquecida que la vez anterior. Como tú muy bien expones hay múltiples actitudes ante el hecho ineludible, pero cambia mucho cuando se trata de un ser ajeno, uno próximo o uno mismo. No tenemos ningún problema en aceptarla cuando se trata de un ser ajeno, o mayor, con frases como… ya se sabe, “tenía 85 años”,…. Pero cuando la situación es más próxima parece que nos topamos con esa tendencia natural que todo sistema, ya sea vida, sociedades,…. tiende a perpetuarse y se resiste a desaparecer, pero es algo que no trasciende en ambientes lejanos. Sólo es capaz de conmovernos cuando los medios te lo presentan de manera que de alguna forma te sientas identificado con ellas. Esa identificación no sólo es con personas, por ejemplo muchas personas se conmueven con las focas, víctima de matanzas, o con los toros, pero pocas se conmueven con los pollos engordados para matarlos o con los cerdos estabulados o con las ocas sobrealimentadas para hacer un buen foi-gras, eso no sale en los medios Por todo ello me identifico con la reflexión que haces sobre los libros de la Dra Elizbeth Kübler-Ross. Y por último una reflexión propia optimista, es la muerte lo que te permite disfrutar de la vida, si no existiera ¿cómo podrìas disfrutar de algo que nunca se acaba? Ya sabes que nada se valora si no se ha carecido de él o se teme su pérdida.
    Alberto

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  9. Corrección:
    la útima frase del comentario anterior debe decir:
    o NO se teme su pérdida

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  10. ¡Alberto! Bienvenido de nuevo y gracias por tus palabras, sabes que tienen mucho valor para mi. Y ahora entiendo mejor el final...
    Abrazos.

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