Mallorca, 31 años después



Con más de 40 años cotizados y tal como se están poniendo las cosas en Educación, Marido ha decidido despedirse de su Instituto y jubilarse, a pesar de quedarle unos años para la edad reglamentaria. Así, y puesto que ahora estamos en un momento bastante tranquilo de nuestra existencia, decidimos emprender un viaje con el IMSERSO (Instituto de Mayores y Servicios Sociales)  y, a pesar de nuestras dudas de cómo podría resultar, volamos hacia la isla de Mallorca (creo que no hace falta ir al otro lado del planeta para poder disfrutar) donde habíamos estado treinta y un años antes, recién embarazada de mi segundo hijo.

En la agencia, nos habían ofertado un hotel de 4* en una zona cercana a Andratx, en el sud-oeste de la isla,  lo que a primera vista resultaba goloso. Y a él acudimos. Estaba recién abierto por temporada y hacía un frío espantoso pues la ola de temperaturas siberianas también había llegado a este lugar del Mediterráneo. Total que pasé el primer día y la primera noche con un catarro de narices que ya traía de la península y muertita de frío porque, para más “inri”, el aire acondicionado no funcionaba. ¡Bien comenzamos!

Como tenemos por norma poner buena cara ante el mal tiempo, decidimos obviar las excursiones y actividades que programan las empresas dedicadas al entretenimiento de mayores  y alquilamos un cochecito para poder desplazarnos a nuestra bola por la isla, que es lo que realmente nos gusta hacer.
También solemos evitar los circuitos puramente turísticos y con una guía y unos mapas y planos en la mano, nos dedicamos a ver lo que más llamaba nuestra atención. Así pudimos ver Mallorca de norte a sur, de este a oeste, en sus rincones y pueblos típicos, saboreando sus costumbres, su cultura y su gastronomía.

A pesar del frío y de la lluvia, tras el desayuno emprendíamos viaje. Pueblecitos costeros y totalmente turísticos pero que no por ello han dejado de mantener su encanto: por la carretera de la costa desde el propio puerto de Andratx, hasta el de Sóllerparando en Valldemosa, con el fondo de las cumbres nevadas de la preciosa Sierra de Tramuntana y donde pudimos escuchar un mini recital de música de Chopin (Preludio nº15, Vals op 64 nº2, Nocturno op.9 nº 2, Vals op.70 nº 2) interpretado por el solista Carlos Bonnin de Prada en el palacio del Rey Sancho, una auténtica delicia de la que disfrutamos tras visitar la Cartuja de Valldemosa y la celda donde, supuestamente, Frederick Chopin pasó un par de meses en el invierno de 1838 y 1839 junto a su compañera George Sand.

Visitamos Alcúdia  y tras 20 km de curvas por una estrecha carretera bordeando acantilados, llegamos al punto más septentrional de la isla, el Cabo Formentor desde donde se divisa la bahía de Pollensa y el precioso e inmenso azul del Mediterráneo.


Otro día, y quedándonos más cerca, nos acercamos hasta Santa Ponça, convertido en un enclave terriblemente turístico a pesar de su historia.
Y por esa zona fuimos a parar a Son Ferrer donde pudimos contemplar algo que llamó especialmente mi atención. En un tiempo –el nuestro- en el que los bebés no-natos no ocupan ningún espacio, donde a las mujeres que han tenido abortos no se les permite ni siguiera mirarlos y mucho menos darles sepultura, nos encontramos con un Turriforme escalonado donde se hallaron las sepulturas de  101 personas de las cuales, solamente 11 eran adultos. El resto lo componían hallazgos pertenecientes a cuerpo de niños y 37 de fetos, neonatos y perinatales, encontrados en vasijas de cerámica hechas a mano. Algo para aprender de una historia tan lejana como ésta perteneciente a la cultura postalayótica (500/200 AC).

También estuvimos en el Monasterio de Lluch, donde se aloja la imagen de otra "virgen negra", y en Manacor callejeando por sus calles y sin poder visitar el claustro del Convento de San Vicente Ferrer pues, cosa curiosa, los sábados por la tarde y los domingos, los centros visitables -al menos para algunos- en toda la isla, están cerrados.

Visitamos Petra, pueblecito precioso sin apenas repercusión turística pero que, de alguna forma está ligado a mi reciente historia familiar. En él vimos la casa donde nació el misionero franciscano Fray Junípero Serra, quien, connotaciones religiosas al margen, permanece como mallorquín ilustre en la historia de la isla.

Y por supuesto, callejear sin prisas por Palma, la capital, parando a contemplar las fachadas de sus casas de piedra con sus peculiares persianas mallorquinas, la Catedral y su contornada, La Lonja (ambas cerradas al público, no sé por qué razón), visitar sus rincones, pasear el paseo del Borne… sin prisas y alargando el tiempo…

No relataré, una por una,  las poblaciones visitadas pues lo único que pretendo es, como siempre, transmitir y compartir mis sensaciones,  mis emociones.
Como, por ejemplo, la que sentí al ver ponerse el sol por el mar ya que, como habitante de la costa este de la península, este hecho es algo imposible de visualizar en mi tierra.
Como la extraña sensación que sentí al escuchar por doquier a las personas hablando en alemán, algo que por un momento me hizo dudar de estar donde estaba…
El placer de comer en un precioso restaurante comida típica “de diseño” degustando un buen aceite de oliva producido en la zona de Alcudia.

El sencillo hecho de sentir cómo el tiempo se detiene, cómo hay momentos a lo largo del día para disfrutar de la calma, del silencio…
El auténtico y necesario placer de estar con mi marido y retomar esos momentos de intimidad –con toda la amplitud de la palabra- de los que a veces y sumergidos en la vorágine cotidiana, carecemos.

Por el contrario y como todo yin tiene su yang, la sensación de estar en un espacio físico reducido como es la habitación de un hotel me ha agobiado y me ha hecho valorar, todavía más, la bendición de tener una casa, un hogar donde sentirme a gusto y feliz.

También el haber estado, prácticamente, siete días a base de alimentos congelados y precocinados, guisados y preparados con bastante poco gusto... -pues de esta guisa era la comida del hotel-, me ha hecho reafirmarme en la condición de lo buena, experta y exigente cocinera que soy.

En fin, una experiencia más que conformará mi existencia. Con ganas de volver a casa para retomar la “normalidad”, poder abrazar a mis mayores (madre, padre, suegra), abrazar a mis hijos y a mis nietos… pero recordando dar gracias, de nuevo, a la Vida,  por haberme permitido hacer este viaje.


Nota. Estas preciosas fotografías y muchas más, han sido hechas por Marido. Gracias, cariño.




Comentarios

  1. Querida Concha,
    Gracias por compartir LA VIDA, y me alegro de que hayas disfrutado en todos los sentidos de tu viaje. Unas fotos estupendas!!
    Un abrazo

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  2. Qué fotos tan bonitas...las puestas de Sol son una pasada!!

    ResponderEliminar
  3. Pues no sabéis lo bueno: las fotografías están hechas ¡con el móvil!... nos dejamos la cámara en casa (debía de ser la emoción, ja, ja)
    Gracias por vuestras palabras.

    ResponderEliminar

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