Dura historia de juventud y desarraigo.



Anoche fuimos al cine. Vimos una película de espionaje en la que aparece, en Hamburgo, un chaval huido desde Chechenia… No voy a contar más. Baste decir que cuando salimos de la sala, Marido y yo hicimos un comentario en el que coincidíamos…

Sucedió unos cuantos años atrás, la verdad es que había perdido la cuenta de cuántos exactamente, pero anoche se activaron en mi mente una serie de recuerdos que ahora intento plasmar aquí. Será cerrar otro capítulo…

A pesar de la suciedad que llevaba encima, se podían ver sus ojos azules y facciones de bondad en su rostro. Era muy joven, luego supimos que de la edad de mi hijo el mediano, veintidós años. Era el final del verano y él estaba en mi barrio, por las calles y por los jardines, mendigando.
Siendo de la edad de mi hijo Manuel,  la primera vez que lo vi me dio un vuelco el corazón… y le di unas monedas.
Lo veía prácticamente todos los días, ya por la mañana, ya por la tarde. A veces, entraba en el horno y le compraba algo; otras, le daba una moneda para que se lo comprara él, siempre pedía para comida. No podía evitar darle algo, ni quería hacerlo…

Uno de los días en que Marido volvía de trabajar, al atardecer, me comentó que había hablado con él. Le preguntó de dónde era, por qué estaba mendigando siendo tan joven. Me dijo que si le podía preparar un bocadillo, que se lo iba a bajar pues estaba sentado en un banco en el jardín que tenemos frente al patio de la vivienda. Y le preparé una barra de pan, con mucha mezcla. Y le añadí una manzana y un zumo.

Marido subió impresionado. El chaval había huido porque en su país, una ex- república soviética, estaban en guerra y reclutando a críos de su edad. Él no quería ir, terminaba de morir uno de sus mejores amigos. Y estaba aterrado. Había cruzado Europa como había podido. Su padre se había enfadado mucho y no quería saber nada de él. Solo tenía relación con su madre y con su abuela a través de un teléfono móvil al que de vez en cuando le cambiaba el número de la tarjeta… ellas no sabían en qué país estaba. Y nosotros no quisimos tener más datos de él, con eso era más que suficiente.

Marido le animó a que buscara un trabajo a pesar de no tener papeles, a que intentara regularizar su situación. A que se valorara como persona…
Durante varios días estuvimos hablando con él. Noches en que le bajaba la cena y alguna vecina también le proporcionaba alimentos.

Llegó el otoño y comenzó a refrescar. Había conseguido una habitación compartida en un piso donde había otros inmigrantes, así es que le preparé un bolsón con ropa de abrigo y calzado de mis hijos, pues eran de la misma altura y tallaje.

Ya no venía tan a menudo por el barrio hasta que un día nos llamó al timbre desde la calle. Marido lo invitó a subir a casa…
Lo vimos muy mejorado, iba limpio, peinado… pero nos hablaba agitado. Estaba ayudando a una señora en una verdulería, a cargar y descargar, recibiendo a cambio alguna cantidad que le permitía alimentarse y malvivir, pero ahora se había quedado sin sus cosas y sin cobijo.
Una noche, al volver a casa, le habían robado todas sus pertenencias. Además, el piso donde estaba era alquilado y el inquilino, a su vez, lo realquilaba a inmigrantes cobrando pequeñas cantidades. Pero él no pagaba al propietario, así es que éste en un momento en que no había nadie en el piso, cambio la cerradura. Y ya nadie pudo entrar.
Marido le dio dinero para que fuera a dormir a una pensión esa noche y que viera la posibilidad de quedarse allí ya que el invierno entraría en breve.

Ya no lo veíamos por el barrio, pero de vez en cuando nos llamaba por teléfono (Marido le había dado el número del suyo por si necesitaba algo). Venía de tarde en tarde a por algo de dinero, cuando estaba muy agobiado, había encontrado unos protectores…

Aún sin querer saber nada más de él, nos contó que él en su país vivía bien. Su padre era el director de una fábrica y su situación económica era buena. Tenía novia y una hermana más pequeña, a las que no había vuelto a ver. Adoraba a su madre y a su abuela. Al salir del país, su madre le transmitió el disgusto de su padre diciéndole que no quería volver a saber nada de él y que lo había "desheredado". Pero eso a él no le importaba…

En una de las ocasiones que vino, nos dijo que se iba a Madrid a encontrarse con su madre… y nos pidió dinero para el viaje. Marido se lo dio e Ivan, que así se llamaba el chaval, le dijo que cuando trabajara se lo devolvería…

Cada vez que desaparecía por una temporada, Marido y yo pensábamos si lo volveríamos a ver, si nos estaría tomando el pelo, si sería una farsa todo lo que nos contaba, pero al final accedíamos a prestarle ayuda ¿qué motivos teníamos para dudar de él?

Pasado un tiempo volvió a llamar al timbre y lo invitamos a subir a casa. Venía con una chica, muy joven, preciosa. Una rubita de ojos azules que nos presentó como Olga, la novia de su país que había venido con su madre y se quedaba con él. Ella no hablaba ni papa de castellano, pero él nos tradujo sus palabras: estaba agradecida por todo lo que habíamos hecho por él, y se puso a llorar. Les invitamos a cenar, comieron poco y se marcharon al finalizar.

Pasó bastante tiempo hasta que volvimos a saber de ellos. Un día vinieron a decirnos que se iban a casar  y que nos invitaban a la ceremonia ortodoxa, dándonos lugar, día y hora del acontecimiento. Les dimos dinero para que se compraran ropa para la ocasión, pues nos comentaron que habían visto algo en una tienda de segunda mano… Pero un imprevisto nos impidió acudir. 

Hacía días que no sabíamos de ellos y Marido le llamó por teléfono ¡había encontrado un trabajo! Estaba llevando el mantenimiento de unas máquinas en una pequeña empresa (era lo que él había estudiado en su país) y aunque no tenía contrato, se llevaba bien con el jefe, con lo que le pagaba un sueldo que le permitía sobrevivir junto a Olga.

Pero pronto acabó su alegría. Una noche vino muy nervioso y nos contó que su jefe llevaba un tiempo acosándolo sexualmente pero que esa tarde se había pasado y él le había dado un puñetazo que le había tumbado. El jefe ¡malbicho! le había dicho que si no cedía a sus deseos de abuso sexual, lo denunciaría a inmigración… así es que salió zumbado . Y volvía a estar asustado y sin ingresos.

Muchas veces me cuestiono si realmente hay personas que nacen con el pie izquierdo, porque me cuesta aceptar que la Vida le presente a una misma persona tantas dificultades…

Ivan nos llamó al timbre de bajo, estaba llorando, y le hicimos subir. Había recibido una llamada de su abuela: sus padres se habían matado en un accidente de tráfico, pero además, la anciana, no podía hacerse cargo de su hermana. Estaba destrozado, no tenía consuelo… y cuando consiguió serenarse, estuvimos mirando opciones sobre qué podía hacer pues de alguna manera tenía que traer a la chiquilla a España. Sería Olga quien iría a por ella, la traería para quedarse aquí a vivir…
Pero Ivan tenía otro miedo que nos confesó… tenía miedo a las mafias de su país ya que su padre era un hombre adinerado en aquel país de relativa pobreza y ahora, la heredera de lo que hubiera era su hermana menor de edad… Tenía que traer a la niña y marcharse de España.

Y así lo hicieron. Ya nos los volvimos a ver pero recibimos una llamada diciéndonos que se habían embarcado en un barco mercante, que él tenía trabajo en las máquinas y que iban rumbo a algún país donde quedarse a vivir. No nos dijo dónde, ni se lo preguntamos. Y nos comunicó que Olga estaba embarazada…

Por primavera recibimos una llamada de él desde otro número de teléfono, la última. Nos dijo que estaban bien, que él seguía embarcado, que tanto Olga como su hermana estaban en una casa alquilada, que esperaban a que la nena cumpliera 18 años para recoger su dinero… y que Olga había perdido al bebé que esperaban.
Hablé con él, me despedí emocionada deseándole una buena vida y él me dio las gracias llorando también.

Esta fue la última vez que supimos de ellos, han pasado más de diez años y quiero creer que por fin la Vida ha sido generosa con él y con su pequeña familia.

Esta historia solo la saben mis hijos y fueron los dos chicos quienes la compartieron, de alguna manera,  con nosotros, ya que mi hija estaba en el extranjero y no vivía en casa.
En algún momento, Marido y yo nos cuestionamos la veracidad de todo cuánto nos contaba Iván, sinceramente, pero como he dicho antes no teníamos motivos para dudar de él.
Era un chico muy joven, extranjero, sin casa ni comida, viviendo en la calle… y de alguna manera veía en él a mis hijos por lo que se me partía el alma.

A veces se juzga a las personas que están en la calle mendigando, a los inmigrantes, a los sin techo… pero tras haber conocido a Ivan y vivir estos meses su historia, me pongo en alerta cuando veo a alguien en esta situación. Aunque se habla de mafias en torno a la mendicidad, me duele aceptar que alguien viva mendigando y esté durmiendo en la calle por propia voluntad. Ahora sé que detrás de cada indigente, de cada persona desarraigada, hay una historia.

¿Y quién soy yo para juzgarlo y condenarlo?


Comentarios

  1. Personas como vosotros hacen que el mundo sea un poco menos cruel, un poco más humano. Gracias.

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    1. Anteponer el corazón a la razón, Carmen. ¡Qué te voy a decir a ti con las historias de coraje que tienes entre pecho y espalda!.
      Es nuestro granito de arena por cambiar algunas cosas...
      Un abrazo.

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  2. Es que a mí siempre me han visto la cara, Concha, por lo cual yo a día de hoy no llegaría hasta el mismo punto que vosotros.
    A la mejor amiga de mi madre, por ayudar de forma parecida a un hombre extranjero que les contó que era de tal país y que venía exiliado por la guerra, le robó 3.000 euros entre otras cosas. A día de hoy, lo tienen denunciado y no era ni de donde dijo.
    Claro que hay gente que no miente y que está desesperada, pero yo con mis experiencias previas, con el rumano del semáforo a la cabeza, salvo dar comida -que eso no se le niega a nadie-, no pienso volver a confiar en otra persona que me venga así.

    18+4

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    1. Y estás en tu derecho de no confiar en quien no te merezca confianza, pero yo soy así por naturaleza, ya ves hasta mis "amigas" me la pegan... ¡ja, ja!
      Podía haber salido mal, pero algo nos hizo creer que era cierto. Y si de todas formas no lo ha sido, no nos hemos enterado con lo cual estamos tranquilos con nuestra conciencia.
      Otro día contaré algo sobre un drogadicto...
      Gracias por tus palabras.

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  3. Hola concha! Muchas gracias por compartir vuestra experiencia. La verdad se me hace un nudo en la garganta. Muy triste. Soy de una de esas respublicas sovieticas anteriores. Gracias y un abrazo.

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    1. Gracias a ti, por pasar por aquí e invertir un minuto de tu vida leyendo parte de la mía. Espero te encuentres bien acogida en este país donde vives, que es el mío.
      Un abrazo.

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  4. has dicho algo muy cierto, y es que hay que estar tranquilo con la conciencia de cada uno...eso es muy importante. Eso y mirar a los ojos como vosotros hicisteis, una historia dura y conmovedora.
    Besos

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    1. Aunque gracias a Dios, tus condiciones de extranjera no son las mimas, sabes bien lo que es estar fuera de CASA.
      Gracias por tus palabras, amorosa.
      Un besazo.

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