ABRAZAR a un drogadicto.



Me gustaría pensar que todas las personas tenemos nuestro lado bueno, además del lado oscuro que evidentemente también está. Y estoy casi segura de que alguna vez en la vida se hacen buenas obras sin ser conscientes.

No creo que yo sea especial en cuanto a cosas que todos hacemos a lo largo de la vida. Pero sí voy viendo que,  en más de una ocasión, se nos brinda la oportunidad de hacer algo… distinto y que el tema –quizás- sea ir con los ojos  ¡y el corazón! abiertos y aprovechar el momento.

Escribí hace unos días sobre unas amigas que dejaron de serlo por una tontería. Esto que voy a contar me sucedió una noche, estando con ellas. Estaba claro que lo que yo hice no encajaba en sus esquemas, pero ya estaba acostumbrada a ser la rarita del grupo.

Era invierno, un fin de semana de tantos y habíamos salido a cenar a un restaurante céntrico. Luego, como solíamos hacer, nos dimos una vuelta por uno de los barrios más de moda para tomar unas copas, un barrio antiguo y característico por su solera y por la mezcla de tribus urbanas que por allí se podía encontrar. El Barrio del Carmen, en pleno casco antiguo.

Íbamos caminando por la calle de los Caballeros, eje central de la zona. Como también era costumbre, los hombres iban por un lado charlando de sus cosas, y nosotras, las chicas, por otro, contando las nuestras y riéndonos a mandíbula abierta.

En un momento dado se acercó a nosotras un chico joven con aspecto de drogadicto, bastante deteriorado. Ellas, mis amigas,  muy disimuladamente se alejaron adelantando el paso… pero yo me quedé escuchando lo que me decía el chaval. Y aunque apenas le entendía,  sí pude saber que tenía hambre.
Me dijo que le diera una moneda para comprarse algo de cenar… o que se lo comprara yo, y me llevó hasta una tasca cercana para que le pagara lo que quisiera, ya que él no sabía cuánto me podía gastar…

Los maridos y el resto de mujeres se dieron cuenta de mi ausencia y se quedaron unos pasos por delante esperando a ver qué hacía... Y entré con él en el bar. Pidió un bocadillo de tortilla de patata y una cerveza, le pregunté si quería algo más y pidió un café con leche.  Me dijo que esa noche tenía hambre…

Yo estaba muy tranquila, en mi interior con ganas de llorar pues el muchacho sería de la edad de uno de mis hijos y cuando esta circunstancia se da, mi corazón se rompe pensando si este muchacho tendría madre…

Una vez hube pagado, salí del bar para reanudar mi camino. Pero vino detrás de mi ¡Señora! me llamó… ¿te puedo pedir algo más?  y le dije que me dijera, que si estaba en mis manos lo veríamos… y me dijo ¿me puedes dar un abrazo y un beso?… hace mucho tiempo que nadie me da uno. E instintivamente se lo di, sin pensar le abracé y le di un beso en la mejilla. El chico me dio las gracias y se metió en el bar para tomarse la cena…

Estoy escribiendo y aún recuerdo emocionada ese abrazo… tan cierto, tan auténtico…

Cuando llegué a donde estaba el resto de mi gente, casi me matan. Me dijeron de todo, que qué valor tenía, que me podía haber contagiado nosequé, que con lo sucio que iba… todos menos Marido, que se quedó callado mirándome con una sonrisa velada…
Yo ni les contesté, simplemente les dije que había hecho lo que había sentido. Y punto.

Al día siguiente se lo conté a mi hijo Manuel quien por aquella época frecuentaba aquella zona con cierta asiduidad. Le describí al chico en cuestión y me dijo que claro que sabía quién era. Me dijo su nombre y que trataba de un heroinómano bastante deteriorado… pero que era un chico que se “enrollaba bien”. 
“Eres de puta madre, mamá”  fueron las palabras que me dijo emocionado mi hijo al darme un abrazo…

Al cabo de un tiempo, Manuel me preguntó un día si recordaba a aquel chaval de la anécdota en el barrio del Carmen. ¡Claro que lo recordaba, cómo olvidarlo! “Pues ha fallecido de sobredosis… mamá, pero se habrá ido con tu abrazo”  Y lloramos los dos.

Quizás soy demasiado confiada, pero estoy convencida de que no hago nada del otro mundo, nada que no haría cualquier persona… cualquier madre que tenga hijos  y que vea un reflejo de ellos en todos los chicos.

Mis hijos han sido afortunados por tener un hogar, una familia, un entorno que les ha permitido ser quienes son. Pero hay muchos jóvenes en situaciones verdaderamente lamentables… y no voy a entrar si ellos se lo han buscado o no, voy al hecho de humanizar la coexistencia y ésta ha sido una pequeña aportación apenas sin importancia frente a grandes hazañas invisibles y calladas que suceden día tras día…


Comentarios

  1. ¿sabes? hace un par de años, en una situación no tan intensa como la tuya, me hice la promesa de hablar y mirar a los ojos a aquellos más desfavorecidos y que nos reclaman atención... no sé si también será por tener hijos y por pensar en sus madres o por qué fue, no lo sé, pero bueno, me he encontrado en alguna situación repito no tan intensa ni mucho menos en la que veo en estos ojos a los que ya miro de frente sorpresa y agradecimiento por verles y hablarles como personas, por darles las gracias... y esta entrada tuya, me anima y me alegra y me reafirma en que el mundo, la gente, necesita cariño y ser mirada de frente, sin miedo. Gracias Amama! porque ves? también siembras...

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  2. ¡Jope! Concha, eres única haciendo que la gente se emocione hasta tal extremo de tener que llegar a aliviar alguna que otra lágrima. Pienso que habrá gente que haría lo que tú, pero por vergüenza o por el qué dirán, no lo hacen. Te felicito por tu valentía y, sobre todo, por tu gran corazón.
    Un fuerte abrazo.
    Ricardo Vivó

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  3. Qué pena...
    Aquí hay un chico centroafricano que pide en la calle para comer, prefiere comida a dinero, y nosotros siempre le llevamos algo. Apenas habla el idioma, le robaron nada más llegar... dan tantas ganas de llorar...
    Cuando la gente pide comida es obligación moral acceder y ya cuando piden un abrazo... uff :(

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