JUBILADOS SESENTONES


No hace demasiado tiempo, cuando una persona se jubilaba de su trabajo, se le acababa el mundo. Y seguramente para algunas personas todavía seguirá siendo así, aunque afortunadamente no es nuestro caso.

Cierto es que, especialmente en mi generación, suelen ser los hombres los que se retiran de su actividad laboral a determinada edad, y somos las mujeres quienes continuamos trabajando de la misma forma en la casa, en las actividades cotidianas, pues ellos no han sido educados para colaborar en las tareas domésticas y la mayor parte del trabajo sigue recayendo sobre las mujeres, aunque ellos “ayuden” en algo. Cierto es que hay circunstancias en las que se nota una ligereza en la carga de trabajo cuando los hijos han abandonado el hogar paterno… aunque también es verdad que algunos incrementan esta carga con los hijos de sus hijos, o sea, con el cuidado de los nietos. Pero no es esa mi situación, vaya.


Mi caso personal es raro, entendiendo por rareza algo que se sale de lo habitual. No solo es que no me jubilo, sino que además, tengo gran cantidad de actividades a las que acudir, que me gratifican y a las que no pienso renunciar mientras tenga fuerzas. De hecho, estoy bastante más activa que hace 15 años, porque a pesar de tener más edad… tengo más tiempo.

El caso de Marido es similar, es un hombre que nunca se aburre, que siempre tiene cosas en las que ocuparse: sus lecturas en inglés y las clases de este idioma que prepara para compañeros también jubilados, sus películas y sus fotografías, sus excursiones y salidas a la montaña, amén de atender a la familia…

Pues bien, en esta nuestra casa de jubilados marchosos, hay una actividad a la que Marido no suele fallar y en la que yo me incluyo cuando puedo… las salidas de los jueves del grupo de los jubilados. Y en esta semana, me he incorporado de nuevo al grupo. La organizaba uno de los matrimonios, que además de ser vecinos de toda la vida del barrio son uno de esos agradables descubrimientos que de vez en cuando nos da la Vida. Íbamos a Sot de Chera, el pueblo de sus antepasados con la idea de hacer una ruta y luego degustar su famosa olla, plato típico del pueblo, amén de pasar unas horas distendidas y al aire libre.


El día resultó caluroso, más de lo que es habitual por estas fechas en esa zona y realizamos la subida con una constante acalorada. Hicimos una ruta circular de unos 10 km a lo largo de 3 h, a un ritmo tranquilo y con continuas paradas para beber agua. La zona es muy bonita y bastante desconocida para mucha gente a pesar de lo cerca que está de la capital. Las aguas limpias y cristalinas del río Reatillo invitaron a bañarse a alguno de estos encantadores sesentones, aunque yo con mojarme los pies tuve más que suficiente… ¡estaba helada!


















Tras la riquísima comida, fuimos a descansar un momento a la casa de estos compañeros de cuyos sofás disfrutamos agradecidos. Después salimos a visitar el pueblo con la agradable sorpresa de encontrar unas calles limpias y maravillosamente engalanadas con plantas y flores por doquier, una visión propia de cualquier pueblo andaluz en primavera... Fuimos a comprar miel de cosecha propia y cortada apenas unos días antes. Subimos… bueno, subieron, al Castillo moro desde el cual se divisa todo el Valle de la Alegría, insertado en la Comarca de los Serranos.

Volví a casa con el espíritu henchido, las mandíbulas relajadas a causa de risas y sonrisas, y la panza… demasiado llena, pero satisfecha por haber pasado un magnífico día alejada de la ciudad, de la contaminación y de los ruidos callejeros. Con la piel aireada y bronceada por el sol y con la satisfacción de haber hecho un bonito sendero en agradable compañía.

Las fotografías, de Marido, no muestran lo que la emoción esconde pero sí lo magnífico del paisaje.



¡Hasta otra, compañerxs! Gracias por haberlo hecho posible.


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