Senderismo cultural y gastronómico



Hacía bastante tiempo que no salía a caminar, reconozco que demasiado. Por una u otra causa, no encontraba el momento, o tal vez, fuera porque no tuviera ganas. Sin embargo, tras el proceso de acompañamiento y muerte de mi madre, necesitaba salir al monte para recargarme, para ver si la Naturaleza podía aportarme una chispa de energía vital…


Como todos los miércoles desde hace algunos años, el grupo de jubilados de Ardillas Club de Senderismo tenía prevista su salida semanal. En esta ocasión, Marido se encargó de organizar una marcha que no fuera demasiado pesada con el fin de que pudiera unirme a ellos, ya que mi estado físico no está muy en forma en estos momentos. Y preparó una excursión senderista-cultural-gastronómica. Lo cierto es que la oferta me resultó atractiva y me uní a ellos.

Comenzamos el viaje doce personas, dos de ellas mujeres. A pesar de que en el grupo hay tantas como hombres, en esta ocasión solamente íbamos Elvira y yo. Nos repartimos en los coches y emprendimos viaje a la provincia de Castellón, concretamente al Barranco de la Valltorta, donde hay unas pinturas rupestres consideradas Patrimonio Mundial por la UNESCO

Como teníamos concertada la visita con una guía oficial, al poco de llegar allí y visitar el Centro de Interpretación, cogimos los bastones, el gorro y los guantes y con un aire gélido comenzamos el descenso hacia los primeros abrigos donde se halla una parte de las pinturas. Allí, tuve que poner en marcha mi imaginación pues debido a lo mal que veo los rojos sobre los ocres a causa de una deficiencia cromática que tienen mis ojos, apenas pude disfrutar lo que los compañeros vieron. Sin embargo, el paisaje y la emoción del momento ¡siete mil años de historia! me compensaron con creces.


Posteriormente y puesto que la guía esperaba a más personas para visitar los segundos abrigos en la montaña y las otras pinturas, volvimos al Centro de Interpretación donde descansamos unos minutos.

De marcha otra vez, se unió a nosotros un hombre llegado desde Suiza y puesto que chapurreaba inglés, Marido aprovechó la ocasión para ponerle en antecedentes del valle y la zona donde nos encontrábamos.


Una vez allí, Ana, la guía, nos mostró otras  pinturas rupestres, que francamente apenas vi, y después de permitirnos fotografiar con mucho cuidado algunas de ellas, emprendimos regreso hacia los coches. 

De camino, nos encontramos con un chozo, edificado a base de piedra seca, al estilo que están hechos todos los muros que señalan los lindes entre las parcelas de cultivo. Perfectamente restaurado, aprovechamos para hacernos también, cómo no, unas fotos para la posteridad.

Imprescindible pasear entre los almendros y fotografiarlos, ya que estaban en su más pleno momento de floración. Parecían campos nevados, rosados algunos de ellos. Y con el aroma que emiten sus flores, una sutil fragancia con olor a miel, fueron momentos de puro relax y placer...

Ya en los coches, nos dirigimos hacia Albocácer donde teníamos reservadas las mesas en un mesón de comida casera, con lo que da la tierra y la época. Siendo capaz de disfrutar con las pinturas, con el paisaje, con los almendros y con la compañía, sólo restaba dar buena cuenta de lo que nos iban trayendo y disfrutarlo también. Como he dicho, comida casera, bien guisada y condimentada, con buen servicio y buen precio, quedamos felices y satisfechos tras haber reconfortado el cuerpo, que también cuenta.


Y solamente nos quedaba visitar el ermitorio de Sant Pau, con una interesante trayectoria que lo une a la historia de los Cátaros. Allí, Montse, quien custodia las llaves de la ermita y lo que en su día fue una hospedería para peregrinos, se encarga del pequeño bar y además estudia con gran interés todo lo que envuelve a esta zona, nos hizo una breve puesta al día de lo que cuenta la tradición, y después de tomarnos algo caliente, un cremaet,  para poder seguir en la intemperie con el viento cada vez más frío que estaba haciendo, pasamos a visitar los edificios de piedra construidos en el siglo XV. 



En el interior de la antigua hospedería –que parece ser nunca se llegó a usar como tal-,  muy interesantes los dibujos -grisalles- de las paredes… una serie de ángeles con los ojos cerrados, una María Magdalena embarazada, un estornino picoteando a una tortuga, un Saulo –San Pablo después- caído del caballo y cuya cara era la imagen del Obispo de la época… inquietantes imágenes, cuanto menos.

La tarde y las nubes cada vez más oscuras se nos echaban encima, así es que cada cual, en su coche, emprendimos regreso a Valencia.

Una vez en casa, recordando el día, me sentí feliz por haber tomado la decisión de unirme al grupo.
Salir al monte, ver cosas interesantes histórica y culturalmente hablando, charlar y reír con los amigos, hacer ejercicio tomando el sol y el viento, comer bien, pasar un día de relax junto a Marido ¿qué más puedo pedir?


Pues nada más, aquí os dejo unas fotos (sacadas por él) para que os hagáis una idea. Y si no habéis estado por allí, os animo a que organicéis una visita y disfrutéis de nuestro Patrimonio.


Agradecida a la Vida, cómo no, porque me sigue dando mucho…




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