HUÉRFANA



Aún no hace dos meses que te has ido, madre, y así me siento sin ti: huérfana. Porque nadie me ha cuidado como tú. Ahora, desde mi soledad y tu ausencia, lo sé, lo reconozco.

Son muchas las tardes que, al acercarse la hora en que marchaba a tu casa, me pregunto, y ahora, ¿dónde voy?  ¿Quién me va a preguntar desde el fondo de su corazón, cómo estoy?

Y me duele, madre. Me duele sentir que no fui capaz de reconocer en todas las ocasiones, tu infinito amor a pesar de nuestras diferencias, a pesar de mi malhumor o de mis ocasionales palabras fuera de tono. Me duele tu ausencia, sí.

Sabes que me relaciono con madres criadoras, madres embarazadas y con niños pequeños, y que me encanta, me siento feliz con ellas. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que esa es la etapa más bonita y que luego vienen otras realidades no tan placenteras y que, a pesar de ello, el amor de madre está por encima de todo y prevalece frente a las adolescencias, los primeros novios, las parejas no aceptadas, los matrimonios tortuosos…

Y vuelvo a tu ausencia. Este duelo me está resultando mucho más profundo, mucho más complejo y difícil que el de mi padre. Me consuela saber que a mis hermanas les está pasando lo mismo, porque lo hemos hablado…

Y es que tú me albergaste en tu vientre y tú me pariste, madre. ¡Y de la mejor forma, teniendo en cuenta la época! Tú me cuidaste, con las referencias que tenías, y sé que no fue fácil. Te ocupaste de mí a pesar de que nadie se había ocupado de ti. Y así pasamos mi infancia, mi triste adolescencia, mi feliz matrimonio… juntas, pero no revueltas.

Siempre supe que no pude fingir frente a ti, que antes de que dijera nada tú me habías hecho una radiografía… y sabías de mi estado de ánimo. ¡qué pocas veces te has equivocado, madre! Y cuánto echo de menos esos momentos… porque nadie, madre, nadie me ha cuidado como tú lo has hecho. No habrá nadie más en el mundo que, a dos días de morirse, me pregunte sin apenas hálito, si he cenado…

A la hora de ponerme a escribir estas palabras, luego de comer, estaba recogiendo la cocina y, esta mente mía inquieta como ella sola, se ha ido a tu casa, a esas tardes que me decías que tenía cara de cansada, que me veías agotada, que me cuidara, que escuchara lo que mi cuerpo me estaba diciendo, porque has sido una mujer sabia, madre.

¡Que jodido que tenga que reconocer y gritar todo esto ahora que no estás! Que jodidamente me veo cuando sé que, si voy a tu casa, ya no vas a estar y no me vas a decir “nena, llévate estos rollitos de canela”, o “llévate un tarro de caldo para esta noche, que termino de hacerlo”, o “tómate una horchata que tengo en el congelador”.

Mentiría si dijera que no hay quien me cuide, porque sí lo hay, pero no de la misma manera que tú lo hacías, a veces aun sabiendo que no iba a responder como te habría gustado…

En más de una ocasión decimos aquello de si lo hubiera sabido antes… y así me veo.  Recuerdo cuando al poco de morir tu madre, un día me dijiste llorando que, ojalá hubieras hecho más por ella, y no te entendí. Porque habías estado, la habías cuidado… o eso era lo que yo vi siempre. Sin embargo, ahora te comprendo y me repito lo mismo ¡Ojalá lo hubiera sabido para aprovechar mejor el tiempo juntas!

Pero ya ves, las cosas pasan sin avisar, sin darnos tiempo a reparar. Y luego, hay que recolocar lo que estaba fuera del sitio.

Y así ando, madre, recolocándome en tu ausencia…

Comentarios

Entradas populares de este blog

Mi segundo parto en casa: nacimiento de Renée.

Abuelos: criando más allá de los 60