
Son muchas las tardes que, al
acercarse la hora en que marchaba a tu casa, me pregunto, y ahora, ¿dónde voy? ¿Quién me va a preguntar desde el fondo de su
corazón, cómo estoy?
Y me duele, madre. Me duele
sentir que no fui capaz de reconocer en todas las ocasiones, tu infinito amor a pesar de
nuestras diferencias, a pesar de mi malhumor o de mis ocasionales palabras
fuera de tono. Me duele tu ausencia, sí.
Sabes que me relaciono con madres
criadoras, madres embarazadas y con niños pequeños, y que me encanta, me siento
feliz con ellas. Sin embargo, no puedo dejar de pensar que esa es la etapa más
bonita y que luego vienen otras realidades no tan placenteras y que, a pesar de
ello, el amor de madre está por encima de todo y prevalece frente a las
adolescencias, los primeros novios, las parejas no aceptadas, los matrimonios
tortuosos…
Y vuelvo a tu ausencia. Este duelo
me está resultando mucho más profundo, mucho más complejo y difícil que el de
mi padre. Me consuela saber que a mis hermanas les está pasando lo mismo,
porque lo hemos hablado…
Y es que tú me albergaste en tu vientre y tú me pariste, madre. ¡Y
de la mejor forma, teniendo en cuenta la época! Tú me cuidaste, con las
referencias que tenías, y sé que no fue fácil. Te ocupaste de mí a pesar de que
nadie se había ocupado de ti. Y así pasamos mi infancia, mi triste
adolescencia, mi feliz matrimonio… juntas, pero no revueltas.
Siempre supe que no pude fingir
frente a ti, que antes de que dijera nada tú me habías hecho una radiografía… y
sabías de mi estado de ánimo. ¡qué pocas veces te has equivocado, madre! Y cuánto
echo de menos esos momentos… porque nadie, madre, nadie me ha cuidado como tú
lo has hecho. No habrá nadie más en el mundo que, a dos días de morirse, me
pregunte sin apenas hálito, si he cenado…
A la hora de ponerme a escribir
estas palabras, luego de comer, estaba recogiendo la cocina y, esta mente mía
inquieta como ella sola, se ha ido a tu casa, a esas tardes que me decías que
tenía cara de cansada, que me veías agotada, que me cuidara, que escuchara lo
que mi cuerpo me estaba diciendo, porque has sido una mujer sabia, madre.
¡Que jodido que tenga que
reconocer y gritar todo esto ahora que no estás! Que jodidamente me veo cuando
sé que, si voy a tu casa, ya no vas a estar y no me vas a decir “nena, llévate
estos rollitos de canela”, o “llévate un tarro de caldo para esta noche, que
termino de hacerlo”, o “tómate una horchata que tengo en el congelador”.
Mentiría si dijera que no hay
quien me cuide, porque sí lo hay, pero no de la misma manera que tú lo hacías, a
veces aun sabiendo que no iba a responder como te habría gustado…
En más de una ocasión decimos
aquello de si lo hubiera sabido antes… y así me veo. Recuerdo cuando al poco de morir tu madre, un
día me dijiste llorando que, ojalá hubieras hecho más por ella, y no te
entendí. Porque habías estado, la habías cuidado… o eso era lo que yo vi
siempre. Sin embargo, ahora te comprendo y me repito lo mismo ¡Ojalá lo hubiera
sabido para aprovechar mejor el tiempo juntas!
Pero ya ves, las cosas pasan sin
avisar, sin darnos tiempo a reparar. Y luego, hay que recolocar lo que estaba
fuera del sitio.
Y así ando, madre, recolocándome en
tu ausencia…
Comentarios
Publicar un comentario
Dime tu OPINIÓN, por favor, me interesa y mucho
Si no usas ninguna cuenta, ELIGE la opción Nombre/URL, luego ESCRIBE tu nombre o nick y deja en blanco URL.
Dale a continuar, escribe tu comentario, pincha en PUBLICAR un comentario...
Gracias.