Lanzarote, tierra de fuego. Cumpleaños y senderismo.




A veces, cuando le decía a mi madre que no podía hacer tal o cual cosa porque no tenía edad para eso, me respondía “¡Ay, hija, no soy consciente de la edad que tengo si no es porque me miro al espejo…”

Algo así me sucede a mí: si no miro las fotos que me hace Marido, no me doy cuenta de voy camino a otro cambio de década, porque, ciertamente, para muchas personas con relativa buena salud, la edad puede ser un estado mental. Y lo afirmo tras estos días en Lanzarote con un grupo de personas, dieciséis contándome yo, que oscilamos entre los sesenta y alguno, y los setenta y pocos años.





Este viaje estaba previsto desde hacía tiempo y aunque no tenía claro que pudiera ir, pues mi madre todavía estaba con vida, sí era una escapada que me hacía mucha ilusión.  Siendo que la mujer que me parió se marchó para siempre en el pasado mes de enero, pude integrarme en esta expedición con las y los compañeros de las marchas habituales de Marido.
Lanzarote es una isla especial, de eso no cabe duda. Con su paisaje de montañas de fuego y grandes extensiones de coladas volcánicas; su flora que sin ser espectacular está especialmente adaptada a las características del clima; sus acantilados conteniendo con grandiosidad los envites del Atlántico; sus poblaciones perfecta y armoniosamente urbanizadas, limpias, ordenadas, acogedoras...  Es una isla totalmente distinta a cuanto paisaje yo había visto anteriormente, incluso muy diferente a Tenerife, Gran Canaria y La Palma, otras islas canarias visitadas en anteriores ocasiones.



Cuando se organizan excursiones de este tipo con personas acostumbradas a caminar con tesón, el plan se lleva prácticamente estructurado desde casa, con las rutas elegidas y los tracks descargados en el GPS.  Así, había una serie de lugares, y no precisamente los más turísticos, para visitar, y a los que se accedía caminando, dejando los coches en algún lugar próximo.  A pesar de no ser etapas excesivamente largas y dificultosas, mi ánimo no era el de hacer todas las marchas propuestas, sino que mi necesidad estaba más en desconectar, en descansar y en regalar la vista sin demasiado esfuerzo.  Mi cuerpo y mi mente, me lo pedían. Así y todo, para mí la visita a lo que pudiera estar relacionado con César Manrique era casi obligada, pues recuerdo haberlo seguido con mucho interés en TV cuando se presentaron Los Jameos del Agua y algunas de sus otras creaciones.



Especial interés tuvo para mí, debido a mi gran afición a este tipo de plantas, el Jardín de Cactus diseñado también por Manrique.  Momentos de sentir el corazón desbocado viendo cactus, euphorbias y suculentas varias que pude reconocer, muchas de las cuales tengo en mi pequeña colección particular.  
La espectacularidad de los grandes columnares, los enormes grusoniis (asiento de suegra), lo bien cuidado que está el jardín y la delicadeza con que se han tratado a las distintas especies…  me sentía pletórica cuando, además, alguna compañera o compañero, sabiendo de mi afición por estas especies, me preguntaba algo que, desde mi humilde conocimiento, les explicaba emocionada.

No voy a detallar paso a paso todo lo visitado porque para eso está la información al alcance de cualquiera que pueda entrar en Internet.  Prefiero dejar plasmado en estas líneas mi sentir, la emoción vivida en estos días, como la  que me produjo llegar hasta el cráter del volcán de La Corona, y evocar la grandiosidad de la montaña en erupción, cerrar los ojos e imaginar la lava siendo escupida con enorme fuerza por la boca de esta montaña de fuego, hoy apagado.




Sentirme sobrecogida mientras dábamos un paseo subidos en una gua-gua (autobús) por el Parque Nacional del Timanfaya, notar que se me paraba la respiración en determinados momentos, como cuando sobrepasamos un lugar llamado El Mar de la Tranquilidad… donde sólo se podía escuchar el silbido del viento entre el silencio de las finas arenas, consecuencia de años y años de erosión de las rocas por las fuerzas de la Naturaleza.


La Cueva de los Verdes profunda y silenciosa, donde se podía ver el magma enfriado y la piedra retorcida. LosHervideros, donde la bravura del océano se muestra al introducirse el agua bajo el acantilado rocoso y lleno de agujeros para volver a salir en forma de espuma y estruendo.  Las Salinas de Janubio, con sus distintos niveles para la decantación del agua y las montañitas de sal extraída y preparada para su comercialización.   En el sur, la zona de acantilados y Playas de Papagayo, que ellos -las y los- compañeros senderistas recorrieron de norte a sur, y yo solamente en parte, sorteando piedras por la zona rocosa, alcanzando calas y subiendo dunas.



La visita a la casa donde pasó sus últimos dieciocho años José Saramago me sirvió para descubrir el lado humano de este escritor desconocido para mí, ya que, confieso, comencé a leer "Elogio de la ceguera" y lo dejé a las pocas páginas.



El encuentro con Nereida, una compañera DOULA a la que conocía a través de las redes, fue otra de las emociones sentidas e integradas en estos días.  Al saber que vivía en esta isla, me puse en contacto con ella, quien amablemente se desplazó desde su casa en un pueblo cercano y vino a darme un abrazo ¡y un obsequio! Gracias compañera, tu sonrisa y tu amable rostro ya forman parte de mis más agradables recuerdos.


Agradecer, también, la visita de Fernando, un amigo de toda la vida de Marido, quien se desplazó desde Gran Canaria donde tiene su residencia habitual,  para compartir una jornada de camino y cháchara con nosotros.


Días distendidos de caminar, tomar el sol y el viento ¡mucho, muchísimo viento!; de ver Naturaleza abrupta y salvaje; de comer buenos pescados del Atlántico y beber buen vino de uva Malvasía cultivada en la isla; de muchas, muchas risas y algunas confesiones…


Y como reza en el título de esta entrada, ahí fue donde celebré mi sesenta y seis cumpleaños ¡66!. Con las felicitaciones de mis compañeras y compañeros, con la alegría de Marido al estar compartiendo con él durante estos días su amor a la montaña, a los senderos. Por cierto, ya en la intimidad brindamos con una botella de cava que el hotel tuvo la gentileza de regalarme, pero de esto no voy a contar nada más...

Una semana fuera de casa, en un entorno privilegiado, con personas amables y divertidas. Una semana sin hacer nada más que regalar la vista, fortalecer el cuerpo, ensanchar el alma, cultivar el espíritu… una semana que me han traído de vuelta al hogar con energías renovadas y como siempre, dando gracias a la Vida que me sigue dando tanto… 
Como en ocasiones similares, gracias especiales a Marido por las fotografías, hechas con tanto esmero y sobre todo, con tanto AMOR.

 




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