Custodia compartida: las niñas y los niños “maleta”.





Hace unos días hablaba con la nieta adolescente de una amiga. Estaba muy callada, algo poco habitual en ella y le pregunté qué le pasaba. Me dijo que estaba triste porque su mejor amiga le había dicho que se sentía como una maletaporque cambiaba todos los días de casa al estar sus padres separados y tener la custodia compartida. Le comentó que la situación le hacía estar muy confusa porque cuando buscaba su mejor pantalón estaba en la otra casa, si quería escuchar cierta música se la había dejado el día anterior en casa de su madre, o de su padre, y así con todo. Además de lo que se suponía adoptar una actitud distinta según estuviera con una o con otro, ya que, en temas de educación, coincidían poco. La chiquilla le contaba a su amiga que estaba harta y que tenía ganas de cumplir 18 años para marcharse de casa.

Reconozco que me quedé impactada porque, tristemente, esta es una realidad cada vez más habitual. Los hijos parecen moneda de cambio cuando una pareja se separa y esta mala relación continua a pesar del distanciamiento.

Creo que unos padres (progenitores, me da igual el tipo de pareja) que hayan traído a la vida a unos hijos como consecuencia del amor que se han tenido, no pueden hacerles esta mala pasada a las criaturas, aun habiéndose acabado ese amor con el que un día construyeron un nido.  Creo que debería de prevalecer por encima de todo, el bienestar de los pequeños y si los que han de abandonar la casa, en otro momento morada familiar, son los adultos, que se busquen la manera de hacerlo,  ellos,  los días que les corresponda. Y que sean las hijas, o los hijos, los que permanezcan en su entorno seguro donde tengan siempre sus pertenencias, pudiendo tener a mano sus objetos preferidos, su música, sus peluches, su diario o lo que sea que les aporta esa seguridad y estabilidad que tanto necesitan ahora.

Lamento ser así de clara y me da igual si alguien piensa que emito un juicio, pero me parece de lo más egoísta hacer que sean los pequeños, incluso algunos siendo bebés, los que tengan que ir cambiando cada día de casa, ora con su madre, ora con su padre.

Lo cierto es que llevo rondando esta idea varios días, queriendo darle forma y, han sido estas palabras de hoy, de Laura Perales las que me han terminado de aportar la luz que necesitaba para plasmarlas en este blog mío.

Entiendo que no tiene sentido convivir junto a una persona a la que ya no se ama, o junto a una persona que no cubre nuestras necesidades en general, más todavía si se da alguna circunstancia de agresividad y/o mal trato. Por ello hay que tener muy claro que los hijos no son los responsables de ese des-enamoramiento y que merecen todo el cuidado del mundo, tanto emocional como físico.

Estoy conforme en que ambos progenitores han de llegar a los mejores acuerdos, pero por encima de todo, ha de primar el bienestar de los hijos, inocentes en todas estas movidas y en quien va a recaer todo el peso del dolor, del miedo y de la frustración por las situaciones vividas, algo que puede marcarles de por vida.

Es para pensarlo, pero no desde la cabeza, no, sino desde el corazón. De lo contrario, se cae en el peligro de no verlos a ellos, a los pequeños, a los más vulnerables y necesitados de cariño, escucha, paciencia, de entrega... de AMOR. 
Porque, por encima de todo, están ellas y ellos: los hijos.

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