En el día de mi cumpleaños, me desnudo.





No. No me quito la ropa. Desnudo mi alma. Dejo al aire mis emociones, permito que mis sentimientos queden desnudos para mirarme, para sentirme.

A lo largo de mis 67 años, solamente en dos ocasiones no lo he celebrado con mi familia. Esta ha sido una de ellas, aunque sí he estado con una de mis hermanas.
Necesitaba desconectar de mi cotidianidad. Llevaba un tiempo sintiendo cierto cansancio emocional.

Soy muy intensa, lo sé. A estas alturas de mi vida, me conozco. Y me entrego hasta los huesos cuando me comprometo, cuando me llaman, cuando algo me gusta o me atrae.

La propuesta que me llegó era de un fin de semana en el monte. Con mi hermana y mi cuñado como organizadores, sabía que el resultado iba a ser justamente lo que necesitaba: reconfortante, sanador, nutritivo…

En el programa de actividades se incluía yoga, meditación y mindfulness, paseo por el bosque y dinámicas participativas, baño en piscina cubierta, reajuste vital, alimentación consciente… Como he dicho, justo lo que estaba necesitando.

Como era de esperar, a Marido le pareció una buena idea, como siempre que le digo que voy a hacer algo para mí.  Es posible, aunque no lo sé, que a mis hijos y a mis nietos les hubiera gustado celebrar conmigo…

Así es que el viernes por la tarde nos instalamos en unas casitas de madera, en un espacio adecuado para este tipo de actividades, en nuestra querida Sierra Calderona.
Doce mujeres y dos hombres, algo que suele ser habitual en este tipo de actividades, como si los hombres no sintieran cansancio emocional, como si no tuvieran necesidades interiores… luego nos preguntamos qué pasa con esta fuerza que estamos adquiriendo las mujeres. Pero vaya, hasta que no terminen de despertar seguirá siendo así.


Una de las mujeres que acudieron era Uma, mi querida maestra de yoga y, además, AMIGA. Con ella compartí en su día muchas risas y también algunas lágrimas. Su compañía es un bálsamo para mi alma. Por supuesto quisimos estar en la misma cabaña. El día 1 a las 00:00 h y a punto de meterme en la cama, sacó un regalito y me cantó cumpleaños feliz. Una venus/diosa de la fertilidad, de barro y hecha por ella misma. Ese fue el primero de los muchos momentos que he llorado a lo largo del fin de semana, lágrimas de puro amor y agradecimiento.

La práctica de yoga me ha resultado dificultosa, la verdad. Es un yoga dinámico muy fuerte para mi cuerpo que ya anda con artrosis y no tiene la flexibilidad que tenía hace 30 años cuando comencé esta disciplina, y seguro que también ha sido dificultosa para mi mente, porque sentía cierta resistencia…

El paseo por el bosque fue un auténtico regalo. Las dinámicas que allí hicimos, fueron otra oportunidad para verme a fondo.

Dejarme llevar con los ojos tapados, ser guiada y protegida por una compañera, subiendo trochas, saltando piedras, tocando plantas y árboles, a ciegas, sin ver absolutamente nada, es un ejercicio de confianza, en una misma y en la otra persona que hace de lazarillo. Me sentí en todo momento segura y tranquila. Luego fui yo quien la guiaba a ella, que llevaba los ojos tapados. Durante este ejercicio, fui plenamente consciente de la diferencia que hay entre guiar o dirigir, y acompañar. En este caso, cuando el lazarillo era yo, la estaba guiando, conduciendo por donde yo quería.  ¡¡Con qué facilidad volví a ver mi papel como Doula!!   Este ejercicio fue tan intenso como bonito.

También en el bosque hicimos otra dinámica que consistía en andar a solas y a toque de silbato, parar y obtener el máximo contacto con la tierra. Yo me tiré al suelo, en decúbito supino, sobre las piedras, los matojos del sotobosque. Levanté mis piernas para apoyarlas en el pino que tenía enfrente y así, conecté con la Pachamama. Pinchándome con las coscojas que tenía en la espalda, sintiendo el aroma del bosque y, de repente, observando al pino desde su base hasta la copa, me sentí fundida con él. Y así querría ser. Con las raíces bien arraigadas en la tierra, con el tronco erguido y firme, con la copa suave y flexible. Traducido a mi cuerpo mortal, con los pies en la tierra, el corazón caliente y los ojos puestos en el cielo.

Y luego de comer la sorpresa: mi hermana me había preparado una deliciosa tarta de zanahoría, con forma de corazón con unas velas para que las soplara y, cual niña emocionada, volví a dejar mis lágrimas correr.

En el enclave en que estaba nuestro centro de operaciones, apenas había señal de Internet. La cobertura era mala e iba y venía cuando se le antojaba. Al medio día del sábado tenía más de 150 washapps y no sé cuántas llamadas perdidas. Sintiéndome agradecida a todas las personas que se habían acordado de mí en este día, decidí darles las gracias cuando volviera a Valencia.

No voy a relatar todas las actividades, todos los momentos a lo largo del fin de semana porque han sido varios e intensos, pero sí quiero compartiros los más especiales…

El sábado por la noche, la hora de la cena iba a ser mágica. Con los ojos vendados ¡otra vez! y en silencio, se trataba de poner la conciencia en los alimentos que íbamos a tomar: textura, sabor, aroma… y en la medida de lo posible, evitar utilizar los cubiertos.

Cristina, mi hermana, y Andrés, su marido, nos sirvieron la mesa con todo su amor, estoy segura de ello porque era algo que trascendía. Con el plato delante y sin saber que contenía, comencé a tocar con las manos, a oler a curry, a azafrán, a menta y otras especias. Con los dedos tocaba algo viscoso, algo más líquido, y así, utilizando los dedos como pinza llevaba a mi boca cada pedazo. Ahora una tortita crujiente, ahora una crema de yogurt con samosas vegetales y aromas orientales, ahora un exquisito postre de mango y almendras…

Tener los ojos tapados, o sea, sin ver nada, me produjo al principio cierto desasosiego lo que me llevó a comer apresuradamente, sin embargo, al tomar conciencia de que se trataba de eso precisamente, de ser consciente de lo que estaba comiendo, aminoré mi ritmo y comencé a comer despacio, disfrutando de cada bocado, de cada aroma que penetraba por mis fosas nasales…

De repente mis ojos comenzaron a gotear, las lágrimas fluían libremente y conecté con la gratitud. Tomar conciencia de lo afortunada que soy por tener comida que llevarme a la boca, por haberme permitido irme este fin de semana de disfrute, por tener seres a mi lado que me cuidan, por saber cuidar… conectar con esa sensación de plenitud me sumió en un llanto, si cabe, divertido, porque el agradecimiento desde la conciencia es lo que tiene: felicidad y alegría.
Tras un rato de tertulia me acosté realmente cansada.

La última actividad del domingo tuvo un trasfondo de dolor y gozo. A última hora de la mañana y tras la sesión de reajuste vital, donde salté, bailé, moví todos mis resortes y solté todas mis ataduras, hicimos dos círculos concéntricos. Las personas de dentro cara a las de fuera y éstas, con una pintura en la mano, íbamos dejando en cada una de las de dentro, un dibujo a modo de impronta que representaría lo que, de alguna manera, nos transmitían. Lo bien cierto es que dibujé en todas lo mismo: una espiral, quizás porque últimamente me ha dado por conectar con esa figura geométrica como símbolo antiguo de la feminidad, de la fertilidad, de la diosa, de la matriz original…

Cuando tocó mi turno de estar yo en el centro, con los ojos cerrados comencé a sentir… la energía de la persona que tenía enfrente y conforme iban dejando sus improntas en mí, de nuevo las lágrimas comenzaron a sortear mis mejillas. Y es que conecté con mi niña interior, con esa que nunca se pintarrajeó la cara o el cuerpo, como hoy hacen a menudo mis nietas a la mínima oportunidad que tienen. Conecté con mi padre quien me hubiera dicho que me lavara enseguida, conecté con esa niña interior que no fue y se perdió tantas cosas… y así, otra vez entre gozo y dolor, me dejé sentir…

Tras una deliciosa paella de verduras que nos hizo el cocinero y un ratito de compartir, comencé a recoger la habitación y a cargar el coche.

A media tarde llegué a casa, a la realidad, a lo cotidiano. Hoy, lunes, y antes de poner la lavadora, hacer la cama, pasar la mopa etc.etc. me he sentado delante del ordenador porque necesitaba plasmar y compartir esta experiencia.

Creo, sinceramente, que es necesario de vez en cuando parar, dejarlo todo y dedicarse un tiempo, aunque sea mínimo para estar con una misma. Para verse, soltarse, reconectarse y nutrirse. En mi caso esta recarga es una necesidad vital, de lo contrario, no podría dar lo que no tengo.

Y de nuevo, gracias a la Vida, que me sigue dando tanto…




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