Una historia de amor incondicional




Los conocía desde hace más de 20 años. Era una pareja entrañable. Ella era un terremoto y él mucho más tranquilo. Él tenía trece años más que ella.
Iban juntos a la gimnasia para los jubilados. A la parroquia, pues eran creyentes.  A cantar, ya que ambos se habían apuntado a un coro.

Tenían tres hijos, con hijos a su vez excepto el pequeño, quien no había tenido familia.
Eran muy apreciados en la escalera. Amables, cariñosos, siempre tenían una palabra para cada vecino.

Y como la edad no perdona llegó el día en que él comenzó a perder fuerzas. Dejó de salir a la calle, dejó sus actividades que ella continuaba con pocos ánimos: se sentía mermada, le faltaba su otra mitad.

Poco a poco el deterioro físico fue haciendo mella en él. En ella asomó el deterioro emocional… al verlo así, lloraba. No podía soportar el pensar que él se iba a marchar y ella se quedaría sin su presencia.

Cada vez que me encontraba con Carmen en el patio, en la calle, entre sollozos me decía que no podía hacerse a la idea… que llevaban sesenta años juntos, que seguía siendo el amor de su vida y que no la concebía sin él.

La última vez que la vi cambié unas palabras con ella “tienes que aceptar que esto es el proceso de vida, si te agarras a él no lo dejarás marchar, si lo amas tanto has de hacerte el ánimo y dejarlo ir, así es el amor…”.
Me escuchaba, me permitía que le dijera estas cosas “gracias Concha, sé que tienes razón, que me lo dices con cariño pero me derrumbo cuando estoy con él…”

Y sucedió. No pudo soportarlo y se marchó ella primero.  Un infarto se la llevó cuando él todavía estaba resistiendo, seguramente por ella.
Fue una sorpresa para todos quienes la conocíamos. Gozaba de buena salud a pesar de sus ochenta años. Nos dolió.

El pequeño de sus hijos, el que más había convivido con ella no encontraba consuelo ¡si estaba tan bien! decía… Aun así le dijo a su padre que mamá se había ido ya, y que, si él se quería ir, podía hacerlo tranquilamente. Y si prefería quedarse, él le seguiría cuidando…

Le acompañamos en la despedida de su madre. Todos los vecinos, sin faltar ninguno.

Y yo volví a casa con un convencimiento: ahora ya se podía marchar su padre, de hecho, se iría pronto…

Y así fue.  A los tres días decidió reunirse con ella, donde quiera que estuviera.
Volvimos a acompañar a la familia en esta despedida y, dentro de sentir el dolor de sus seres queridos, algo en mi interior se alegraba: volverían a estar juntos tras sus sesenta años de convivencia. Porque el amor incondicional, es así.



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