Ayer, viernes 5 de junio, a las
23 h recibí un mensaje donde Sandra me enviaba el relato de su experiencia de parto para
que yo lo publicara en mi blog.
Hoy 6 de Junio, es un día para
dar visibilidad a las mujeres que han elegido, a las que escogen parir en su
casa pues, aunque hay evidencia suficiente para demostrar que es tan seguro
como hacerlo en un hospital, todavía son una notable minoría las mujeres que se
decantan por esta opción. De hecho, en los dieciséis años que llevo acompañando
partos, éste ha sido el sexto en casa. Y será el último…
Cuando Sandra se puso en contacto
conmigo para decirme que iba a parir en casa y quería que la acompañara, me
emocioné. Porque acompañar un parto en casa es un mundo aparte del parto
hospitalario.
Puesto que ella vive fuera de la
ciudad y para facilitarle el que pudiéramos conocernos, mantuvimos unos
encuentros on line en los que ya pude ver qué persona era, qué mujer ES.
Sandra trabajó a fondo sus miedos
pues, tras dos partos anteriores, inducidos y medicalizados, tenía muy claro
que en esta ocasión iba a ser de manera totalmente distinta, tal y como quería,
tal y como ansiaba…
El tiempo transcurrió y su cuerpo
comenzó a dar señales. Estuvo dos semanas con pródromos intensos, todas las
noches parecía que iba a parir y, sin embargo, al día siguiente amanecía como
si nada. Bueno, no diría como si nada porque su vientre iba descendiendo
considerablemente hasta el punto de que llegó a no poder estar sentada.
El día 21 de mayo, cumplida su
semana 40 de gestación, yo había salido a comer con unas amigas, mi teléfono estaba
al lado del plato y vi que entró un mensaje. Como allí no había cobertura, salí
a la calle y al leer el mensaje me dio un vuelco el corazón: "Concha te estoy llamando…" Supe que el
parto había iniciado pues ese era el acuerdo: una llamada. Rápido me puse en
contacto con ella “Tengo contracciones
cada 10’ y son muy intensas” . Le dije que llamara a la matrona y respondió
que ya lo había hecho. Aunque me dijo que no tuviera prisa en ir, tuve la
certeza de salir inmediatamente pues, un tercer parto y tantos días de pródromos,
me indicaba que sería un proceso muy rápido.
Volví a la mesa con mis amigas y
recién sacado el postre, dejé el dinero y me fui. A casa para cambiarme de ropa
y coger mi maletín de doula.
Cuando llegué a su casa eran las
16:15 h aproximadamente. Sandra estaba sentada en el inodoro, acompañada por la
matrona. Su cara de felicidad, entre contracción y contracción, me lo dijo
todo.
Un solo tacto le hizo Teresa, la
comadrona, para comprobar que sí, que el bebé estaba ya muy cerca. Y de ahí,
con el abrazo de su hija de 13 años, y el apoyo de mi mano, llegamos a la
piscina de partos instalada en el salón.
Cuando entró en el agua caliente
su cara cambió pues, a pesar de la intensidad de las contracciones que ya no le
daban tregua, su semblante estaba radiante porque trascendía la felicidad que
llevaba dentro.
El ambiente en el salón era de calma, de respeto, de observación en silencio. Su marido abrazándola, Teresa observando hasta su respiración, las hijas, sobre todo la mayor, estaba con los ojos abiertos como platos, respirando, empapándose de cada gesto que su madre hacía. Y la pequeña, con sus 5 añitos, entraba y salía, gestionando como podía eso tan grande que estaba pasando. Mi alma de doula estaba rebosante de felicidad, mi ser doula estaba pendiente de los movimientos de Sandra. Sed, agua. Calor, abanico. Un poco de miel para recuperar energía. Más agua. Más aire. No puedo me voy a morir. Sí puedes, estás pariendo… pocas palabras de refuerzo, suaves, firmes…
Y así hasta que vimos coronar al
bebé ¡No! ¡No era el bebe! ¡Era la bolsa del líquido amniótico!
Mis ojos no daban crédito. El último
parto que iba a acompañar en casa me ofrecía un magnífico regalo: un nacimiento
velado.
Y así fue. Sin pujos, sin hacer
fuerza, simplemente dejando que su cuerpo junto al de su bebé lo hicieran todo.
El maravilloso reflejo de eyección que sólo se puede observan en un parto fisiológico,
tranquilo y consciente como éste estaba siendo. Eran las 18:34 h
Teniendo a su bebé en brazos,
Sandra y su marido vieron que era un niño, un varoncito como había dicho su
abuela, un niño después de dos niñas. Y lloraron de felicidad. Y lloraron sus
hijas de alegría. Y lloramos todos porque el momento lo requería…
Ésta es mi versión. Lo que yo
como doula y desde fuera, pude observar y sentir.
Ahora comparto el texto de Sandra
donde, de una forma preciosa y concisa, relata su vivencia y su emoción.
“Ethan
llegó en casa. Y yo me morí para nacer también.
Encontré
a Concha de “casualidad” en Instagram, en un directo.
Estaba
hablando de algo que en este mundo casi nadie se atreve a decir en voz alta:
que había parado su carrera profesional, en su momento, para criar a sus hijos,
y que había sido lo mejor que había hecho.
Me
quedé quieta escuchándola.
Vivimos
en un mundo que te exige producir, hacer, demostrar.
Un
mundo que ha disfrazado de empoderamiento femenino la idea de que una mujer
vale por lo que produce, no por lo que es.
Un
movimiento que, paradójicamente, te priva de vivir tu embarazo, de criar, de
estar presente en lo que más importa.
Yo
no quería eso. Yo quería una doula que entendiera que parar es prioridad.
Que
tu valor está en ser, no en lo que haces. Que tus hijos son tu mayor legado en
el mundo.
Y
ella lo vivió, lo vivía. No lo predicaba. Eso fue suficiente para elegirla.
El
trabajo previo con ella
Tengo
tres hijos. En los dos partos anteriores, el personal sanitario me decía lo
mismo: que yo no dilataba.
Esa
frase se quedó grabada en algún lugar de mí, como una verdad sobre mi cuerpo.
Como
si necesitara que alguien lo corrigiera, lo dirigiera, lo rescatara.
Pero
el miedo más profundo no solo era ese. El trabajo más profundo en este embarazo
era soltar el control. De verdad.
Sé
lo que cuesta rendirse a la verdad. De hecho, el control es una ilusión que la
mente construye para sentirse a salvo. Y parir en casa era enfrentarme a eso en
carne propia, dejarme sostener y confiar en una sabiduría que no pasa por la
mente.
De
hecho, decidí junto con mi marido no saber el sexo del bebé hasta el final.
No
porque fuera una tendencia, sino como práctica real de soltar. De aguantar la
incertidumbre. De confiar en que lo que llega es exactamente lo que tiene que
llegar, aunque no lo hayas podido anticipar ni controlar.
Concha, mi doula, me lo recordaba una y otra vez: tu cuerpo sabe parir, confía.
No
necesita que nadie lo fuerce. Solo necesita confianza, sostén y espacio.
Y
este ha sido el trabajo más honesto que he hecho en mucho tiempo.
El
jueves 21 de mayo por la mañana sentí una necesidad muy clara de descansar. Me
lo permití.
Las
noches anteriores ya me estaban preparando, algo se movía por dentro, aunque
todavía no tenía nombre.
A
las 14:15 h empezaron las contracciones seguidas. Y lo primero que sentí fue
alegría. Felicidad pura. Me puse a bailar sola en casa, jajajaja… porque ese
momento ya llegaba, y mi cuerpo lo sabía. Ese mismo cuerpo al que durante años
le dijeron que no sabía dilatar.
En
pocas horas estábamos todos: mis hijas, mi marido, Concha y mi matrona, Teresa.
A
las 18:34 h, Ethan nació en agua, en casa, rodeado de las personas que más
quiero en el mundo.
Fue
un parto velado. Nació con la bolsa intacta, dentro de ella. No hubo nada
brusco. Llegó al mundo con suavidad, como si él también eligiera ese modo de
entrar.
Lo
que viví por dentro
Fue
la experiencia más salvaje, heavy y bonita de mi vida.
Me
morí. Me resistí. Lloré. Me entregué. Entré en un estado alterado de conciencia
donde ya no era yo quien controlaba nada, y en algún momento una fuerza enorme,
como un rayo, entró en mi cuerpo. No puedo explicarlo con palabras. Solo sé que
era real, que era mío, y que era mucho más grande que yo.
Sentía
a Ethan en todo momento, abriéndose camino por mi cuerpo. No era yo pariendo a
él. Éramos los dos juntos.
Lo
que me sostuvo
Lo
que me sostuvo y me permitió vivir esta experiencia fue estar acompañada de
verdad. Sin ser invadida. Sin que nadie forzara ni dirigiera lo que era mío.
Concha
observaba, sostenía, guiaba sin invadir. Dejándome ser. Recordándome, incluso
en silencio, que mi cuerpo sabía lo que hacía.
Cuando
levantaba la mirada en medio de ese estado, veía a mis hijas. Y me sonreían. Y
en ese instante supe que podía morirme, que todo estaba bien, que todo iba a
salir bien.
Mi
marido fue el compañero que siempre quise tener a mi lado en un momento así.
Me
alegra profundamente que Ethan haya llegado al mundo desde una experiencia tan
amable y tan poderosa.
Y
me alegra que mis hijas hayan podido estar ahí, viviendo que un parto no tiene
por qué ser sufrimiento, ni incapacidad, ni es una enfermedad.
El
parto nos pertenece y pertenece a nuestra sexualidad.
Estoy
agradecida a la vida. A este cuerpo. A este bebé. Y a Concha, que me hizo
sentir que podía dejarme caer, porque estaba ahí para sostenerme"
Quiero agradecer infinitamente a
Sandra el haberme elegido para ser su doula, y a su marido y familia el
acogimiento.
A mi querida Teresa, la comadrona
con quien he acompañado cinco de los seis partos en casa. Agradezco, reconozco
y honro su profesionalidad, su saber hacer, su respeto, su cuidado y su
maravilloso trato hacia mí en todas y cada una de las circunstancias en que
hemos estado juntas.
Como siempre, doy gracias a la
Vida por seguir dándome tanto.



Comentarios
Publicar un comentario
Dime tu OPINIÓN, por favor, me interesa y mucho
Si no usas ninguna cuenta, ELIGE la opción Nombre/URL, luego ESCRIBE tu nombre o nick y deja en blanco URL.
Dale a continuar, escribe tu comentario, pincha en PUBLICAR un comentario...
Gracias.